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Drama y delirio en Daniel Paul Schreber

por Sergio Hinojosa Aguayo

El caso Schreber es un caso especialmente importante para el psicoanálisis. En primer lugar, porque las Memorias de un neurópata escritas por Daniel Paul Schreber se presentan como el documento sobre el que se han realizado más aclaraciones y aportaciones psicoanalíticas a las psicosis. Y en segundo lugar, porque se trata de un caso inaugural para esta disciplina.

Freud en su investigación se adentra en nuevos territorios. El inconsciente se presenta en Schreber “al descubierto”. Y esta falta de censura lleva a pensar al fundador del psicoanálisis en una nueva tópica del inconsciente. Además, en ese internamiento novedoso encuentra el mayor obstáculo que la clínica opone a la transferencia. El psicótico no parece ceder al terapeuta lugar alguno y parece escapar a toda influencia.

La historia del psicoanálisis en su relación con la psiquiatría ha estado muy mediatizada por los intentos de sortear este escollo, pues ante él mostraba los límites de su eficacia terapéutica cediendo terreno a la psiquiatría que no tenía tanto interés teórico en ese problema. Pero estos límites fueron más tarde cuestionados y reformulados desde el propio psicoanálisis por Lacan.

Desde las investigaciones de este psicoanalista francés, los análisis reiteran, una y otra vez, las apreciaciones que Lacan hace al respecto en su relectura de Freud. Freud, por su parte, a pesar de dicho obstáculo transferencial, dejó al descubierto un campo de observación bien delimitado por lo que él consideraba ya un “mecanismo” específico, aquél que explica lo que sucede en la psicosis delirante. Desde que Lacan retomara esta formulación freudiana, “el rechazo” (o forclusión en términos de Lacan) ha constituido la pieza clave de todo análisis de esta enfermedad mental para el psicoanálisis.

Freud comienza a interesarse por Schreber a partir de la lectura de Memorias de un neurópata, publicadas hacía algunos años. En esos momentos, Freud estaba un tanto preocupado por la actitud de su mejor discípulo. Jung iba afirmando tímidamente sus tesis en torno al narcisismo y a la psicosis, distanciándose en puntos demasiado sensibles para el maestro. No obstante, Freud, aún podía bromear con él usando el lenguaje de Schreber, para encauzar la difícil relación que mantenían con Bleuler.

 

“A Bleuler –ironizaba Freud- le he escrito asimismo hace unas dos semanas por cuestiones de la Zentralblatt, para mantener en buen funcionamiento la “conexión nerviosa” (Nervenanhang)”.

 

Jung, según confesaba él mismo, aún se mantenía con forzada modestia en el “papel de envidioso”. El discípulo pugnaba por derrocar imaginariamente al padre, pero aún no se habían abierto las hostilidades.

A finales de 1910, los estudios sobre Schreber estaban prácticamente concluidos. Freud le escribe a Ferenczi una carta en la que le da noticia de ellos:

 

Salvo unas pocas anotaciones, Schreber está terminado; ha costado un trabajo ímprobo. Burla o inmortalidad or both; el paso a la psiquiatría es ciertamente lo más audaz que hemos emprendido hasta ahora. El ensayo lo he hecho de prisa y corriendo, terminándolo en 10-11 horas de análisis –especialmente desagradables este año-, pero contiene los bellos pasajes que usted ya conoce. El domingo redactaré las breves explicaciones sobre el yo-placer y el yo-realidad. Quiero llevar los trabajos a Munich para dárselos a Jung. Bleuler aún no ha mandado ninguna sugerencia sobre nuestro encuentro. Seguro que a última hora dará problemas….Para satisfacer su curiosidad le diré que he superado la historia de Fliess. Adler es un pequeño Fliess redivivo, igual de paranoico. Por lo menos, Stekel, como apéndice suyo, se llama Wilhelm.

 

A comienzos del recién estrenado año 1911 Freud escribe a Jones: “...Le entregué a Jung en mano el artículo sobre la paranoia (Schreber) para el tercer volumen del Jahrbuch.” Y en esa primavera de 1911, el maestro también le anunciaba su trabajo acerca de los mecanismos diferenciadores de las psicosis y las neurosis. Trabajo que será la parte jugosa del Congreso de Weimer, celebrado en septiembre, y que aparecerá bajo el título “Formulaciones sobre los dos principios del acontecer psíquico.

Desde la psiquiatría, Kraepelin y Bleuler, cada uno desde una óptica distinta, intentaban ordenar el campo de las psicosis partiendo de una fenomenología sintomática. La diferencia entre estas investigaciones y la psicoanalítica radicaba en que los estudios psiquiátricos partían de los síntomas manifiestos, mientras que Freud, batiéndose con sus propios supuestos sobre la neurosis, estaba convencido de que lo importante para entender la psicosis no era el síntoma sino el mecanismo que lo genera. Por esta razón, recurre a un análisis genético y estructural de la psicosis, aislando las diferencias con las neurosis, y buscando -en un sentido muy preciso- qué es y de dónde procede esa realidad psíquica sustitutiva.

En el artículo sobre los dos principios planteaba la realidad psíquica no como algo que pueda considerarse filosóficamente -no es nada que se obtenga con el método reflexivo-, sino como un horizonte de experiencia en el que sujeto y lenguaje se encuentran de un modo particular. Esa realidad, tanto en la psicosis como en la neurosis, no es el producto del pensamiento, sino su condición. El encuentro del lenguaje con el cuerpo, y la realidad psíquica producida, sólo se manifiestan en su dimensión genética y estructural en la experiencia que abre la escucha analítica.

Freud propondrá como núcleo de la psicosis de Schreber un fragmento de lenguaje que incide sobre el cuerpo; una simple ocurrencia, un enunciado (producido en él mismo) que le sale al encuentro como fantasía y que, luego, en Schreber resonará “desde fuera”. Podríamos decir, “tomará cuerpo”. El efecto de lenguaje es silencioso. Al principio se presenta como seductora fantasía consciente, dejando en un segundo movimiento al sujeto fuera de campo, no incluyéndole y eyectándole de su propio discurso. De tal modo, que éste percibirá su propio lenguaje como una exterioridad alucinada.

Schreber dejará constancia de este peculiar modo de “fantasear”. El enunciado lo escribiría luego: “que bello debe ser, ser una mujer en el momento del coito”.

La enunciación aparece como una raya en el agua. Como algo que traza unos límites para borrarse luego. Pero, al contrario que el agua, la onda no se pierde en la lejanía, sino que retorna de un modo peculiar. Si hasta ahora toda la clínica de Freud había estado orientada a partir de una “realidad psíquica” instaurada que retorna desde lo reprimido (Unterdrücken), en la psicosis se trata ya de un retorno “desde fuera” (von aussen). Y “desde fuera” no quiere decir desde la realidad, sino desde un agujero, desde una falla que obliga al sujeto a crear un hiperespacio, a generar un cierto marco para sujetarse en el mundo delirante.

Podemos decir con Freud que todo el delirio no es más que una defensa creativa frente a la irrupción de un goce que, en este caso, cubre la realidad psíquica que enuncia: “Que bello debe ser, ser una mujer en el momento del coito.” Los avatares de este enunciado por el cuerpo y la vida del sujeto Schreber dependen del discurso y del goce que ha capturado este trozo, que hace de matriz del mismo.

Que alguien pueda tener esa fantasía no quiere decir que por ello se precipite en el delirio. Deben darse ciertas condiciones. Una primera condición es de cercanía, de proximidad identificatoria por la falla de la propia identificación. ¿Quién es Daniel Paul? Para él no es, como en los neuróticos, una pregunta problemática, sino abismal. Abre una falla fundamental. Sin embargo, esa falla puede encontrar en los agarraderos del delirio una salida postiza hacia la mujer.

Pero, además, debe existir otra condición, aquella que borra toda barrera frente al goce. Cuando se presenta la “fantasía” nada viene a hacer de tope, y el sujeto queda absolutamente capturado. Prendido, pero no en el juego imaginario simulador, sino eclipsado “realmente” en el goce de la mujer en el momento del coito. Su cuerpo sufrirá la mutación, él mismo lo percibirá y tendrá la certeza de convertirse en mujer. Es decir, una condición del goce que rompe las barreras y hace imposible la represión primaria. Una irrupción del lenguaje “una mujer en el momento del coito”, que antecede como acto, y que trasmutará toda la identidad del presidente Schreber. En esa irrupción, a la que el sujeto no puede poner freno sino rechazar, el significante que posicionaría al sujeto es forcluido, y su retorno desde el polo de la percepción constituirá, a partir a de entonces, su realidad psíquica. ¿Qué es lo que se forcluye? Aquello que lo representa para Otro, para otro que, a partir de ahí, no va a estar entre los vivos ni va a localizarse entre los semejantes. No va a ser una “mujer” para otro, a la manera de una fantasía homosexual, sino que se va a convertir primero en un objeto arrojado y entregado al goce de los hombres, luego, cuando el delirio se construya, en “la mujer de Dios”.

Por ser rechazo y no represión, el retorno llegará desde “afuera” con un goce desmesurado ante el cual, sólo le cabrá crear esa morada de lenguaje que ponga cierto orden y constriña el goce invasor. Un “lenguaje fundamental” -(Grundsprache) lo llama Schreber-, servirá para generar una lengua “propia” y restaurar un orden.

El caso Schreber puede construirse teniendo presente los momentos significativos que marcan las inflexiones y los virajes de la propia experiencia que Daniel Paul tiene de su cuerpo. En cada giro, el sujeto encuentra un modo distinto de asumir su posición por medio del delirio o, encontrando más alivio, mediante una actividad socialmente reconocida, que lo tranquiliza y estabiliza.

Tenemos noticia de un primer ingreso que tiene lugar en 1884. En esta ocasión, se le diagnostica "ataque de hipocondría muy severo". Freud, en el artículo que tiene dedicado al caso, afirma:

 

Haremos constar que sólo inspirará confianza una teoría de la paranoia que consiga interpolar en el cuadro clínico total los síntomas concomitantes hipocondríacos. A mi juicio, la hipocondría es, en cuanto a la paranoia, lo que la neurosis de angustia en cuanto a la histeria.

 

En efecto, en este caso hay síntomas hipocondríacos, pero, según Freud, sobre un fondo de paranoia que los determina.

Tal vez haya que pensar estos síntomas como el producto de una caída y de una regresión (anterior al espejo) a partir de la misma. Formarían así parte sustancial del derrumbe edípico de Schreber. El derrumbe de tan peculiar drama es consecuencia, pues, del encuentro con esa fantasía, pero también y ante todo, de un acontecimiento en la vida de este juez de Sajonia, que colocó en primer plano una carencia estructural.

El drama edípico, si se puede llamar así, no posee aquí el elemento fálico. Lacan escribe al respecto:

 

Aquí la identificación, cualquiera que sea, por la cual el sujeto ha asumido el deseo de la madre desencadena, si se tambalea, la disolución del trípode imaginario (notablemente es en el departamento de su madre en el que se ha refugiado, donde el sujeto tiene su primer acceso de confusión ansiosa como rapto suicida)

Sin duda la adivinación del inconsciente ha advertido muy pronto al sujeto de que, a falta de poder ser el falo que falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que falta a los hombres”.

 

El sujeto nunca ha sido para el deseo del Otro objeto de amor, objeto precioso de amor, sino cuerpo a moldear, materia informe sobre la que imprimir la forma de un narcisismo imbatible. El sujeto no puede ocupar el lugar de Edipo, sencillamente, porque Layo no admitía ley alguna de los hombres, sino el dictado del capricho narcisista de dar a su hijo la forma de una Pafo. Su padre, Daniel Gottlob, es como un Pigmalión que modela a su criatura negando absolutamente toda su existencia. Por otra parte, el deseo de su madre, como el de Yocasta, no se proponía ser objeto del amor de un hombre, sino dejar constancia de su completud: nada faltaba en su deseo. Es decir, Pauline Henriette, niega todo deseo que la deje en falta. Edipo no encuentra por eso el horror de la castración, tampoco la culpa ante la trasgresión. No encuentra siquiera el goce perverso de una complicidad incestuosa. Si hubiera encontrado esa salida habría identicación, aunque muy particular. Lacan escribe al respecto:

 

El perverso es aquél que ha eliminado el conflicto identificatorio sobre el plano que hemos elegido, el oral, diremos que en la perversión el sujeto se constituye como si la actividad de absorción no tuviera otro fin que hacer de él el objeto que permite al Otro un goce fálico. El perverso no tiene y no es el falo, es este objeto ambiguo que sirve a un deseo que no es el suyo; no puede extraer su goce sino en esta situación extraña donde la única identificación que le es posible es aquélla que lo hace identificarse, no al Otro ni al falo, sino a este objeto cuya actividad procura goce a un falo del que en definitiva ignora su pertenencia. Se podría decir que el deseo perverso es responder a la demanda fálica. Para tomar un ejemplo banal, diré que el goce del sádico para aparecer tiene necesidad de un Otro para que, haciéndose látigo surja el placer.

 

Pero Edipo encuentra en Schreber tan sólo un vacío identitario y, más allá, cuando resbala y sale de los cauces de esa manipulación a la que lo tienen esclavizado, un goce que no puede atar con ninguna ley de los hombres.

El primer ingreso psiquiátrico viene precedido de un fracaso electoral. Pero esta circunstancia sola no explica el desencadenamiento, tal como señala Han Israëls y el propio Lacan.

Hasta donde he podido indagar, no hay nada que aclare esta primera enfermedad, pues ni el fracaso, ni la supuesta frustración lo justificarían. Sin embargo, Freud entiende que el segundo ingreso es una reedición del primero.

Lo que sabemos es que Schreber se presenta al Reichtag por la ciudad de Chemnitz, y que lo había pretendido desde las filas liberales. El Reichtag era por entonces un poder, podríamos decir, de tercer nivel. Este organismo, un tanto ostentoso, parecía reunir muy poco poder efectivo. La gente que quería verdaderamente hacer algo, afirma Fulbrook, casi despreciaba al Reichtag porque no servía para nada. Formalmente se trataba en efecto de una cámara legislativa, pero el poder eficiente estaba realmente en el Reich.

Cuando Schreber se presentó por el Partido Nacional Liberal al Reichtag, podía aspirar pues, a un cargo de relativa resonancia social, pero de escaso poder efectivo. El caso es que pierde el escaño, y al poco tiempo, ingresa en la Clínica Universitaria de Leipzig, en donde después de otras consultas va a parar al Dr. Flechsig.

El tratamiento que recibe allí es suficiente para incorporarle a la vida activa. A finales de 1885 o btiene el alta, regresando a la vida activa en enero de 1886, para retomar sus funciones en el cargo al que lo habían trasladado en el ínterin: Presidente del Tribunal de 1ª Instancia en Leipzig. Él y su mujer guardarán el mejor recuerdo del doctor. Su mujer mantendrá durante años un retrato del eminente neurólogo sobre su mesa.

Un segundo ingreso, el más largo, y durante el cual escribirá “sus” Memorias, se produce en 1893. Para entonces, el señor Flechsig es ya un neurólogo de mucha fama. Un investigador reconocido en los medios médicos, que había profundizado en el funcionamiento del sistema nervioso.

O. Mannoni, hace una observación interesante acerca de este encuentro de Schreber con Flechsig con ocasión de este segundo ingreso. También Schreber es ya un personaje, nos dice. Ese año, en julio, ya le habían anunciado el nombramiento para el Tribunal Superior de la Corte de Dresde. Su carrera brillante y los méritos acumulados habían demostrado a sus superiores que él era el hombre idóneo para ese cargo. Schreber era, pues, cuando se presenta de nuevo ante Flechsig, un señor que tenía su prestigio ganado. A los ojos de un psicólogo actual no existiría mayor problema, pues tendría motivos suficientes para la “autoestima”.

En la visita -señala Mannoni- Flechsig trata de reconfortarle y le promete una curación rápida. Pero Schreber pone en duda las palabras de Flechsig. Y esta posición altiva y distante del “enfermo nervioso” no sienta nada bien al ilustre doctor. Tras estas observaciones impertinentes de Schreber comienza una larga rivalidad. Mannoni afirma que esta lucha de prestigio se constituirá en el leitmotiv de la dupla de rivalidad delirante con Dios. Rivalidad que no está sustentada en una relación edípica convencional.

Por otra parte, el nombramiento tal vez gratificara al propio Schreber, pero también lo sorprendió y lo precipitó al lugar psíquico desde el que no podía encontrar recursos (significantes) para hacer frente a tal requerimiento. Esto es clave, afirma Lacan, para entender lo que es el desencadenamiento de la psicosis. Lacan teoriza este aspecto al desarrollar la expresión “encuentro con un padre.

Daniel Paul pertenece a una larga saga Schreber. Sabemos que el padre, Daniel Gottlob Moritz, llegó a ser famoso en Alemania por los Schreber Garden, aunque a esta modalidad de cultivo de jardines y de vida sana, él tan sólo aportara el nombre y algunas bases ideológicas sobre la relación con el cuerpo. De hecho, este tipo de asociaciones, agrupadas en der Verband Leipziger Schreibervereine, -la federación que recogía a los asociados-, se dedicaron a vender los jardines-Schreber, abandonando el movimiento de reforma pedagógica que originariamente habían emprendido. El Doctor Schreber fue el creador de aquella pedagogía, más o menos militarizada, que hacía especial hincapié en la disciplina del cuerpo. Creó un espíritu que suscitaba la demanda social de orden y generó en la época de Bismark un movimiento paralelo de cohesión social. Las obras de Gottlob Moritz dejan traslucir una personalidad fuerte y controladora que siempre deja claro la posición del que sabe. Él sabe responder a las cuestiones morales, a las cuestiones educativas; sabe, en definitiva, responder al saber imposible. En este sentido es aplastante, no reconoce a nada ni a nadie sobre sí.

El padre de Schreber aplicaba sus ideas sobre la disciplina del cuerpo y las experimentaba con sus propios hijos. Aparatos correctores, correas de sujeción, baños fríos, etc. Elementos combinados todos, que entrarán luego a formar parte como materia prima del delirio de Schreber; y que, curiosamente, aparecen en manifestaciones del delirio que pueden clasificarse dentro de lo que Lacan llama “fenómenos de franja” . Se trata de fenómenos alucinados más o menos dispersos que entran en juego cuando Schreber no consigue unificar dramáticamente el delirio, cuando se hunde en la experiencia del cuerpo despedazado. Todas estas alucinaciones se ceban en su cuerpo. Por ejemplo, carece de estómago, de pulmones, etc. También, en esta fase, aparecen unos hombrecillos en posición de sentarse alrededor del cráneo, le abren y le cierran los ojos y otra serie de intervenciones que no lo dejan en paz. Esta última alucinación de los hombrecillos sentados alrededor de su cráneo se corresponde, por ejemplo, con el cerco de una correa que le sujetaba el cráneo para mantener firme y derecha la espalda cuando se sentaba a la mesa. Schatzman interpreta estas alucinaciones en el contexto de un conflicto real:

 

Toda la locura de Schreber es una imagen de la guerra de su padre contra su propia independencia. Nunca está libre de una coacción por parte de lo que él cree que son poderes espirituales externos. Sin embargo, nunca conecta la coacción con su padre. No puede, posiblemente, porque su padre disfrazó (probablemente sin darse cuenta) la fuente del control definiendo ese estado de hallarse bajo el control de los padres como auto-control.

Pero, no parece que se pueda establecer una relación causal entre las manipulaciones ortopédicas del padre y la experiencia alucinada. La alucinación no viene provocada por el recuerdo de la experiencia, sino más bien es la imposibilidad de elaborar simbólicamente la experiencia, lo que permitió dejar material disponible para la formación del contenido de las alucinaciones.

Este padre rayano en la omnipotencia tuvo con Paulina Hasse cinco hijos. Daniel Gustav, tres años mayor que nuestro Daniel Paul, estudió derecho siguiendo una de las vocaciones de la familia. En estos estudios siguió Daniel Paul a su hermano mayor de manera mimética, especular. El siguiente de los hermanos era Anna (Anna Jung de casada) quien, al parecer, sufría de histeria. Luego vino al mundo Daniel Paul, a quien llamaban en su familia Paul, nombre compartido por su madre Pauline. Después nació otra hermana, Sidonie (1846-1924); y por último, Klara nacida en 1848.

En 1877, el mayor de los hermanos, Gustav, tras escribir una postal extraña a su madre se suicidó descerrajándose un tiro. Paul tenía entonces treinta y cinco años. Los datos familiares son significativos y abundantes, pero aquí sólo traeré a colación aquellos que me parecen pertinentes para situar biográficamente los aspectos más significativos de la locura de Schreber.

Freud sitúa la génesis de esta psicosis en la emergencia de una pulsión de carácter homosexual, ante la cual, el sujeto debe defenderse. Freud cree que esa homosexualidad tiene que ver con el padre o el hermano. Es significativo que, en Memorias, cuando Schreber se propone aclarar el asesinato del alma y la cuestión de sus familiares muertos, se interrumpa y deje en blanco este capitulo. Se trata del capítulo tercero que no publicó porque podía herir el honor de estos familiares. Ante este silencio, Freud sospecha que ha habido un incesto. Un acto que no pudo encajar, un montante de libido imposible de canalizar con las armas significantes de que disponía, un acto invasivo, un incesto con el padre o el hermano. Tal vez apunte a este imposible encaje “el asesinato del alma” a que se refiere Daniel Paul.

La interpretación -por otro lado plausible-, no está alejada, sin embargo, de la situación personal del propio intérprete. Freud está influenciado en esos momentos por la relación que sostenía con C. Jung. La crisis no se abierto aún, pero Jung, que es su discípulo más brillante, parece interesarle más la especulación mitológica y la creación de sus propias teorías que seguir el camino riguroso del maestro. Las relaciones transferenciales de Jung con Freud se están tornando problemáticas. Y Freud se muestra inquieto ante esta posible pérdida.

Freud lleva ocupado con el caso Schreber desde antes del verano del Congreso de Nurenberg (1910). Mantiene correspondencia con Jung al respecto. En su análisis, cada vez más divergente del que hace Jung, propone como la base de la paranoia una erotización de las relaciones sociales, que a su vez constituyen una sublimación de la homosexualidad latente. En definitiva, un fracaso en esa sublimación. Por otra parte, Jung ya piensa en una sola energía psíquica asexuada, capaz de explicar todos los procesos.

Tiempo antes, en una de aquellas sesiones de los miércoles, en que se reunía la Asociación vienesa, Freud hacía una afirmación interesante. El paranoico cuando habla y oscila con su palabra está creando la palabra, está creando con esa palabra lo que se ha roto que es el yo, está reconstruyendo el yo. De esta suposición, luego, deducirá que tras la hecatombe en esas posiciones yoicas, toda la libido que se retrae del objeto, irá a parar al yo para intentar reconstruir a la manera del delirio esa escena yoica donde poder situarse el sujeto. Su análisis pues, no niega, sino enfatiza el compromiso sexual de la pulsión en la psicosis.

En el caso Schreber se pueden señalar una serie de puntos de inflexión. Uno de ellos, el fundamental, se introduce con una fantasía sobre el ser mujer y el goce de la mujer. Dicha fantasía se produce cuando le anuncian a Daniel Paul que va a ser presidente del Tribunal de la Corte de Dresde. En ese punto de ensoñación se inicia la nueva posición del sujeto, pero sus efectos se precipitarán luego, cuando, efectivamente, lo nombren presidente. Presidente entre otros miembros del tribunal mayores que él, con más experiencia y ante quienes no sabe, no posee significantes qué le sitúen en tan omnipotente deseo. Estos miembros del tribunal harán presente a Schreber un otro opaco del deseo, tan amenazante como una gran mantis religiosa dispuesta a devorar lo que sobresalga. Nada familiar, nada reconocible en el deseo del Otro. Esa alteridad inquietante está a punto de volverle loco. Con el acto de su nombramiento queda “arrojado” a esos otros. Entonces, la amenaza se cumple y la fantasía cobrará todo su valor de “reconstrucción” delirante de la realidad perdida.

La fantasía sorprende a Schreber en el verano de 1893 cuando le anuncian el nombramiento. En octubre de ese año recibe efectivamente el nombramiento y a finales de octubre o principios de noviembre Schreber se encuentra ya realmente mal. Daniel Paul comienza a tener insomnios pertinaces, a oír ruidos inquietantes, a tener ideas de muerte y suicidio.

Cuando esta segunda vez va a ver a Flechsig lo hace con su mujer, Sabina Behr. Tras un periplo, en el que visita a su madre -precisamente allí entra en confusión- , se dirigen a la clínica de Flechsig. Lo internan y allí pasa un tiempo extremadamente duro para él. “Los días transcurrían, pues, en medio de una tristeza infinita; mi mente abrigaba casi exclusivamente pensamientos de muerte”. Él se encuentra muy mal y Flechsig, como recuerda Mannoni, le dice que no se preocupe, que la neurología ha avanzado mucho y que hay nuevas drogas mejores y más eficaces. Schreber no queda en absoluto convencido y se muestra reticente, sin embargo toma esas drogas. Ya trastornado, delirará con que le quieren envenenar, pidiendo repetidamente el veneno que le está destinado. Es una forma de leer el deseo de ese Otro.

Toma, pues, esas drogas, y no sólo no mejora sino que rápidamente empeora. En Navidad pasea con su mujer, pese al estado “mísero” de sus fuerzas. La depresión no obstante se agrava aún más.

 

Una nueva depresión nerviosa, y que marcó un periodo importante de mi vida, se produjo alrededor del 15 de febrero de 1894, cuando mi mujer, que hasta ese momento pasaba varias horas por día en la clínica e incluso almorzaba conmigo, emprendió un viaje de cuatro días a Berlín, a casa de su padre, para tomarse unos días de descanso que necesitaba sobremanera. Me sentí tan deprimido durante esos cuatro días que cuando mi mujer retornó sólo quise verla una vez; la explicación que me daba a mí mismo era que quería evitar que me viera cada vez peor. Desde entonces cesaron sus visitas; cuando la volvía a ver de tanto en tanto y después de mucho tiempo, en la ventana de una habitación de enfrente, se habían producido cambios tan importantes en mi entorno y en mí mismo que ya no creí ver en ella a un ser vivo, sino solamente a una de esas formas humanas enviadas allí por milagro, “imagen humana construida a la ligera”. Una noche en particular fue decisiva para mi derrumbe espiritual; durante esa sola noche tuve un número inusitado de poluciones (sin duda media docena).

 

En esta situación, pues, bajo la observación y los cuidados de Flechsig, su mujer decide ausentarse y cuando vuelve lo encuentra ya loco. El mundo se ha hundido, los semejantes no existen sino como sombras, como figuras hechas a la ligera (hingemachtene Männer). Desde entonces las voces le hablarán sin cesar.

Si ocupar la posición fantasmática anunciada por la fantasía -cuando el nombramiento se hace efectivo- tiene sus efectos en la construcción imaginaria de la paranoia, ese abandono al Otro, ese liegen lassen (dejar tirado), también tiene los suyos por cuanto no deja salida a lo previamente anunciado. El único sostén que lo mantiene a salvo desaparece, lo “deja tirado”. Y, al “dejarle tirado”, como dice Freud -y como el propio Schreber delira- lo deja entregado a otro informe para que éste goce de él. Ese hombre, padre terrible, que es Flechsig -“Dios” magnificado por el delirio-, constituirá el personaje fundamental en el drama delirante.

Entre febrero y marzo de 1893 Schreber comienza a percibir que el mundo se hunde. Hay un cataclismo a partir del cual el mundo va perdiendo consistencia, la realidad se vuelve crepuscular. De viaje a Pirna contempla el paisaje y lo percibe como un escenario de cartón piedra, los hombres ya no son hombres sino “hombres hechos a la ligera”. Con este crepúsculo se abre un tiempo en el que aparecerán fenómenos muy diversos y milagrosos. Durante ese tiempo, todos los movimientos que él se sorprende haciendo, sea ver, oír, o sea que algo se mueva a su lado, todo esto que acontece en torno a él, provendrá de una misteriosa intencionalidad. Las cosas y los seres que le rodean serán movidos ante sus ojos por fuerzas extrañas.

El profundo sentimiento depresivo ante el hundimiento del mundo va dando paso progresivamente a un estado de suma perplejidad, a un estado catatónico. Schreber no habla palabra, hace gestos extraños mirando al sol, se queda inmóvil durante horas. De este tiempo, dirá luego “fue un tiempo sagrado”. En ese periodo los milagros abundan y las voces le hablan continuamente.

Cuando lo trasladan a la clínica de Lindenhof en el verano, en junio de 1894, donde permanece apenas medio mes, ya sabe que hay un complot contra él. Flechsig se ha confabulado con lo que, según la “Lengua Fundamental” (Grundsprache), se denominan “almas examinadas. Hay ya toda una cohorte de demonios que van detrás de él, que le van persiguen e intentan por todos los medios prostituirle y entregarlo a un hombre para que goce de él. Siente que su cuerpo se está feminizando, los nervios de Flechsig vibran en su propio cuerpo. Y nota que hay una cierta “nerviosidad”, que la siente como una voluptuosidad femenina.

La paranoia comienza aquí de una manera que no tiene solución, es un conflicto absolutamente demoledor. Pero esa paranoia que comienza aquí va a experimentar un giro cuando, a finales de 1895, en noviembre, encuentre -Freud lo ve así - un sentido nuevo. Esa feminización, esa emasculación (Entmanung), esa castración real que aparece en su cuerpo como cuerpo de mujer, y que es efecto de la fantasía que lo sorprendió en el verano de 1893, va a ligarse a otra fantasía para ganar un nuevo sentido.

Ya no se trata simplemente de la fantasía “que bello sería ser una mujer en el momento del coito”, sino que a ésta, se le añade otra: “ser la mujer de Dios, para engendrar hombres espíritu Schreber.” Él debe ser mujer, pero no siendo entregado como un desecho al goce mortífero de otro, sino por la causa más sublime. Debe ofrecer una voluptuosidad, no para entregarse como una puta a un hombre, sino para ofrecer a Dios su cuerpo y generar nuevos hombres de espíritu Schreber. Su misión regeneradora se dirige a la recuperación de nuevo del orden perdido en el universo y hacia la generación de una nueva especie de hombres. Idea delirante no lejana, por cierto, a lo que ya entonces se estaba gestando en Alemania.

En esos momentos ya se ha dado cuenta de que esa “conexión de nervios” (Nervenanhang) procede de algo que ha sucedido y que ha roto el “orden del mundo” (Weltordnung). Esa “ruptura del orden del mundo” (Riss del Weltordnung), tiene que ver –nos dice- con el “asesinato del alma”.

¿Qué es lo que ha pasado entonces? Bueno, de momento, que Flechsig ha seducido al propio Dios, que lo ha metido en la confabulación y que ha conseguido lo que, en condiciones normales, no hubiera podido hacer ningún mortal. Pues Dios, en su fantasía metafísica, sólo se relaciona con los nervios de las almas muertas y, por eso, no tiene relación ni conoce a los vivos por dentro.

Su delirio está construyendo un sistema perfectamente elaborado de teología. Elementos de la religión judía, combinados con la religión persa de Zoroastro y la mitología germánica, van configurando un recorrido coherente, aunque delirante, que nada tiene que envidiar a teología alguna.

Cuando una persona muere los nervios no se destruyen, simplemente, quedan a la espera de su purificación para reintegrarse de nuevo a la unidad originaria. Esta idea, no tan original, la usa Schreber no sólo en un contexto de producción directa del delirio. También escribe, basándose en ella, un artículo relacionado con la pervivencia de las almas en los nervios. En efecto, en una disquisición que nos ofrece el propio Schreber medrando en un debate de su tiempo, se postula que ni aún en los antiguos casos de quema de brujas las almas se perderían completamente. Por más que ardieran, conservarían algunos nervios albergados en el cráneo que el fuego no habría podido destruir (Coincide esta disquisición con una polémica social de la época, suscitada por movimientos a favor de la incineración en Alemania).

En esta particular metafísica, lo normal es que la gente muera y que los nervios queden integrados de nuevo en la unidad de Dios. Para ello es necesario que antes sean purificados. Ordenadas a este fin hay una serie de pruebas, tras las cuales, las almas se integran como “antesalas del cielo” (Vorhofe des Himmels), como cavidades que están en la parte frontal de Dios. Y es en los “Reinos Posteriores” en donde sitúa a Dios.

Así pues, hay todo un ciclo en el que la vida y la muerte se suceden sin pérdida real alguna. Ahora bien, si se incineran los cuerpos como pretenden algunos modernos de su tiempo ¿se integrarían sus almas?, ¿no se impediría con ello que las almas se reintegraran de nuevo a Dios? Esta polémica no va más allá en Schreber y tan sólo ronda un problema que le acucia: el asesinato del alma como inicio incierto de un largo recorrido en su vida.

Sea como sea, el caso es que Flechsig ha conseguido que Dios haga una “conexión nerviosa” contra natura, en contra del orden cósmico y con alguien que estaba vivo, que es él mismo. Desde ese momento parece pender del horizonte la certeza de que se ha cometido el asesinato del alma. Flechsig ha realizado esa conexión, para que Dios consiga alcanzar la “voluptuosidad” que necesita para purificar las almas.

Schreber da al término “voluptuosidad” (Wollust) el sentido de una forma fenoménica de la “bienaventuranza” (Seligkeit). La bienaventuranza que deben alcanzar las almas es posible sólo a través de esa purificación, y ésta la alcanzarán gracias a él, que presta su cuerpo de mujer para que los rayos vengan a ese cuerpo transfigurado y cojan la voluptuosidad que necesitan. De tal manera que Dios en ese momento, precisamente porque no conoce a los seres humanos por dentro, se ensaña ignorante con el propio Schreber instigado por Flechsig.

Cuando se instale la fantasía de ser la mujer de Dios, para engendrar hombres de espíritu Schreber, el delirio tomará otro sentido muy diferente. La eviración (Entmannung) ya no abocará al goce desmesurado de otro que persigue ominosamente, sino que adquirirá un sentido salvífico, dejando de ser algo denigrante y manifestándose como ofrenda ideal. Y justamente, por tomar un valor ideal, es decir, por existir ahí un significante que articula una identidad y estabiliza la psicosis (ser la mujer de Dios) se orientará todo su quehacer hacia ese mantenimiento de la voluptuosidad del cuerpo (goce contenido, anudado).

Esa voluptuosidad purificadora sólo acontece en su cuerpo de mujer. Y ser mujer es lo que le exige Dios, para lograr una regeneración del género humano.

 

En los momentos del acercamiento (de Dios), mi pecho puede convencer a cualquiera de la presencia de senos femeninos relativamente bien desarrollados; todos los que quieran venir a mirarme podrán ver con sus propios ojos el fenómeno. (…) Cultivar emociones femeninas, como me es posible gracias a los nervios de la voluptuosidad, para mí es ya un derecho, y en cierto sentido, un deber. (…) Lo que me anima en estos momentos no debe considerarse baja sensualidad; si aún me fuera posible satisfacer mi orgullo viril, sería naturalmente preferible en mucho mayor grado; por lo tanto, no permitiré que nadie tenga la más mínima sospecha de que pueda haber por mi parte cualquier lubricidad. Pero, ni bien estoy a solas con Dios –si puedo expresarme así- necesito esforzarme con todos mis medios, con toda la fuerza de mi inteligencia, para dar a los rayos divinos de manera continua (en la medida de lo posible, porque el ser humano es impotente para que eso se mantenga de manera continua, y entonces, por lo menos en ciertos momentos del día) la imagen de mujer sumida en el rapto de la voluptuosidad.

 

No es extraño que Schreber se ocupe de su aspecto de mujer y de su semblante de mujer frente a ese Dios que se lo exige para purificar las almas. Schreber estará así frente a la misión más importante que haya tenido jamás hombre alguno. No sólo se servirá Dios de él para purificar las almas, también será el objeto de sus ataques. Él soportará sobre su espalda el sufrimiento de su incomprensión y la responsabilidad inaudita de generar nuevos hombres espíritu Schreber a partir de haber sido elegido por Dios para inseminarle.

Este giro que toma el caso sucede en noviembre de 1895. Freud lo señala y Lacan puntualiza:

 

Él mismo articuló su solución bajo el nombre de Versöhnung: la palabra tiene sentido de expiación, de propiciación, y, en vista de los caracteres de la lengua fundamental, debe empujarse aún más hacia el sentido primitivo de la Sühne, es decir hacia el sacrificio, mientras que se le acentúa en el sentido del compromiso (compromiso de razón, con que el sujeto motiva la aceptación de su destino).

Y justo por este tiempo es cuando Schreber comienza a tomar notas. Él ya no está simplemente entregado a la vorágine del goce del Otro, él está entregado pero armado de una cierta mediación: un drama que sitúa una pareja excepcional formada por un Dios que le exige voluptuosidad y que le promete la regeneración de la humanidad hundida, y él mismo, sometido a la más extenuante y dolorosa prueba.

Desde luego, esta promesa no está exenta de riesgos. El propio Dios, con su cohorte malintencionada, procura destruir su razón impidiendo su misión. Pero él no cejará en su esfuerzo titánico y no consentirá esa destrucción, perseguida con mil argucias, ni abandonará la idea de esa regeneración a base de hombres espíritu Schreber. Su escritura pondrá orden en todo este proceso.

Primero escribe en hojas sueltas de calendario, en pedazos de papel. Confiesa que necesita escribir para aclarar “lo que me está pasando”. Ahora no es la palabra que sale oscilante la que crea realidad remedada, sino la escritura la que la deja fija. Luego escribe en cuadernos ordenados. Pretende con la escritura comunicar su experiencia a los otros, a la familia, a la comunidad científica, etc. Cuando pasen dos años, en 1897, la escritura habrá alcanzado una amplitud inusitada, permitiéndole una salida más potente al delirio. Esa salida tiene que ver –así lo ha visto una cierta tradición psicoanalítica- con el cuarto nudo que Lacan propone en su seminario sobre Joyce. En Joyce, -nos dice Lacan- la escritura anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario, de tal modo que si uno de estos lazos se desatara, los cuatro se desencadenarían y el desorden cundiría en todos los niveles de la realidad psíquica.

Schreber comienza, pues, a ordenar esa escritura en cuadernos, alcanzando en ese orden un cierto proyecto, un proyecto para dar a conocer al mundo - sobre todo a los científicos y desde luego a Flechsig- cómo su cuerpo, y él mismo, se han convertido en un campo de intervención divina. Realmente, se trata de una experiencia sagrada que tiene un sentido muy profundo, pues afecta a toda la humanidad y, por ende, a todo el orden cósmico.

Pese al complot, la razón de Schreber se conserva intacta. Y, aunque loco, razona impecablemente. Si alguien accediera a una experiencia tan elevada se sentiría igualmente un elegido y, tal como lo hizo él, pretendería también que todo el mundo conociera ese destino. Pues Schreber no es sólo importante, es vital para la existencia de Dios.

Y es a partir de este remedo fálico, (ser la mujer que falta a los hombres) de este posicionamiento idealizado en su existencia delirante, que comienza una demanda distinta. Él no va a constituir un peligro para nadie. Si se comporta de manera excéntrica y se ve forzado a actuar de ese modo, mirándose al espejo con tocados de mujer -dando de vez en cuando alaridos o haciendo gestos extraños- es porque tiene poderosas razones para ello. Por eso pide a los demás que toleren esas pequeñas molestias a cambio de la gran promesa que entraña su misión. Su aparente locura no debe acallarse y confinarse en solitaria reclusión. Bajo esa apariencia distorsionada sufre la existencia que le ha tocado en suerte, desde la posición más digna.

Esta es la razón por la que no debe permanecer por más tiempo internado. Él se debe a su misión, y sus pequeñas excentricidades están justificadas por las más altas razones. De hecho, los otros, algo captan de esta nueva contención, pues lo van dejando salir solo del Sanatorio, para hacer una vida un poco más libre.

En 1899 Weber, director del asilo de Sonnenstein, en donde pasa la mayor parte del tiempo de ingreso durante esa crisis, escribe un primer informe detallado en el que expone la necesidad de prolongar el encierro. Es interesante leer este informe, pues espolea el tesón de Schreber empeñado en su misión. El perito considera en el informe que pese a su comportamiento, aparentemente normal, aún subsisten las ideas delirantes y que, por lo tanto, no se le puede devolver la capacidad de la que le había privado la inhabilitación.

Esta incapacitación se remonta algunos años atrás cuando, a instancias de su mujer, se le había declarado no apto para gestionar sus propiedades, bienes y asuntos personales.

Él se rebela contra esta situación desde el momento en que se ve provisto de una alta misión que cumplir. A partir de ahí, su escritura va a ser instrumento para demostrar –aquí es interesante señalar que no se trata sólo de escribir por remedar delirantemente la realidad perdida, pues esta escritura se dirige al tribunal- para demostrarle que no ha perdido el juicio (como la confabulación pretende) y que está en condiciones de ejercer sus facultades perfectamente. Esto es ya compartible por los otros, por tanto no es sólo una fantasía delirante.

Además es importante, porque no se trata ya de las notas sueltas que escribía durante el periodo testimonial, sino una estrategia sistemática y obligada, que lo estabiliza mucho más y le posibilita mantener relaciones más acordes con cierta “realidad exterior”. Por ejemplo, comienza a escribir a su mujer, y a un familiar. El mundo, o al menos las exigencias que de él le llegan tamizadas por las del delirio, comienza a contar otra vez, facilitándole la relación con los demás. Un psiquiatra bienintencionado y comprensivo podría afirmar que lo que hace Schreber es una crítica a su propio delirio. Pero, esto no sería totalmente cierto, pues él cree profundamente en ese destino y en las voces que se lo marcan. A veces, cuando dice que los hombres hechos a la ligera ya no existen, parece distanciarse del delirio. Los considera como parte de la experiencia pasada. Pero existieron y la lógica que volatilizó a los vivos y que lo sumergió en la experiencia con las almas de los difuntos sigue tan viva como al principio. Y él sigue convencido de su exclusiva y privilegiada relación y de su papel en tan insoslayable misión.

Podríamos convenir con esta bienintencionada mirada que la realidad ha ganado consistencia otra vez. Para ello habría argumentos de peso. Por ejemplo que, efectivamente, consigue en 1902 el levantamiento de la interdicción y la propia libertad, y que un año después consigue publicar las Memorias de un neurópata. Pero con suponer que la crítica del delirio lo devuelve a la realidad, no entenderíamos qué sucede en esa latencia que va de 1902 a 1907, ni tampoco por qué retorna, esta vez de manera irreversible y trágica, la alienación y la locura.

El análisis de Freud llega hasta la liberación del presidente y la publicación de sus memorias. Freud no conoce la recaída de 1907 ni sabrá que acabó su vida demenciado en un asilo. En mayo de ese año de 1907 moría Pauline Henriette Schreber Hasse, madre de Daniel Paul, y en noviembre Sabine, su esposa, sufre el ataque de una afasia pasajera. Él, desasistido imaginariamente por esa pérdida real de la madre, expulsado del frágil remedo de drama edípico que lo sostiene, no podrá soportar ya la ausencia pasajera de su mujer y se ve arrojado de nuevo fuera de la escena, cayendo en la psicosis. Esta vez, nadie quiere saber nada de Flechsig e ingresa no en la clínica de Flechsig, sino en el asilo de Dösen, donde acabará sus días.

Existe, entre los documentos rescatados por Han Israëls, un poema que le dedica su mujer con motivo de su cumpleaños y que le envía cuando se va a Berlín y lo “deja plantado” ante las Furias. Detrás de la aparente piedad de la esposa, se esconde el sadismo. El poema reza así:

 

Antes de que la verdadera paz se apodere de ti

-la apacible paz de Dios-

La paz que ninguna vida otorga,

Ningún placer en este mundo,

Será necesario que el brazo de Dios

Te hiera/ y que clames: “Ten piedad, oh Dios,

Ten piedad de mis días.”

Será necesario entonces/ que tu alma profiera un grito

Y que en ti se haga la noche/ como antes del día de las cosas.

Será necesario entonces que, total y pesado,

El dolor te derribe.

Que ninguna lágrima más/ brote de tu alma.

Que cuando haya cesado tu llanto

Y estés cansado, tan cansado,

Un huésped fiel se acerque a ti,

La apacible paz de Dios.

 

Uno se puede preguntar qué tipo de relación está implícita en este “regalo”, pues pese a que Schreber y su mujer intentaron, con cierta insistencia, tener hijos -de hecho, ella tuvo varios abortos-, e incluso valorando el deseo que traduce la adopción de una hija cuando él salió de Sonnenstein, permanece la impresión de que el poema cumple una gran venganza.

El deseo de muerte que pesa sobre él, queda velado, tras esa piedad de Sabine. Pero este deseo no sólo lo recibe de otro, él mismo, está poniéndose continuamente en jaque mate. Son las voces y las visiones las que le acosan y buscan su aniquilación.

 

Imagínese solamente a un individuo que se comportara frente a otro individuo, en el curso corriente del lenguaje humano, de la misma manera como se comportaron los rayos conmigo desde hace años y aún hasta el día de hoy, y se podrá vislumbrar débilmente la enormidad del daño contra los derechos más fundamentales del hombre que constituye el juego forzado del pensamiento, y hasta qué grado extremo, inconcebible humanamente, mi paciencia fue puesta a prueba. Imagínese a un hombre que se fuera a plantar ante su vecino y que lo abrumara días enteros con frases incoherentes como hacen los rayos (“Ojala mis”, “Era en efecto”, “En cuanto a usted, debe”, etc.) (…) no estoy en condiciones de oponerme a una acción sobre mis nervios que participa del poder milagroso divino. Sin embargo, no puede recurrirse sin cesar a la palabra humana (en voz alta) que sigue siendo el último refugio de la garantía del derecho de ser el amo de uno mismo; primero por gentileza para con los que nos rodean, luego porque hablar en voz alta impediría cualquier ocupación racional, y finalmente porque la noche excluiría toda posibilidad de dormir. Es precisamente por esto que tratan continuamente de obligarme a hablar en voz alta por medio de la pregunta: “¿Por qué no lo dice? (en voz alta)”, o por medio de términos injuriosos (ver capítulo IX).

 

Las voces lo torturan y tratan de aniquilarlo, pero también nombran los elementos de su universo delirante. Uno puede preguntarse dónde va a parar toda la fuerza de esa pulsión de muerte durante la estabilización de la psicosis. Dónde va a parar esa otra cara de la realidad psíquica que lo conduce, que lo lleva y lo trae y que no sólo lo tortura o precipita su delirio “ser una mujer en el momento del coito” sino que, de alguna manera, funciona como límite y contorno de su fantasma.

En su caso parece que la relación con los hombres lo descoloca siempre que haya algo que la erotice, siempre que haya algo que lo “deje plantado” quitando el velo a la relación imaginaria y haciendo aparecer la castración real. Esa castración que no ha habido más que en forma de rechazo. Por tanto la pulsión adquiere esa forma del rechazo cuando no alcanza un elemento imaginario del delirio que la represente.

Con el tema del rechazo se introducen el criterio diferenciador de la psicosis con relación a la neurosis y la estrategia específica a seguir. Para Freud y para Lacan en este mecanismo de defensa está la clave, sólo que éste último lo desarrolla teóricamente y lo aclara al introducir el término “forclusión”. Esa forclusión es el rechazo de la afirmación primordial (Bejahung), el rechazo del significante del nombre del padre, cuya expulsión tiene consecuencias catastróficas en la organización psíquica. Para Lacan queda claro que ese rechazo no es sin el concurso de los deseos de los padres e, incluso, de la anterior generación.

Si esa realidad psíquica estuviera reprimida, el entregarse a alguien, el ponerse al servicio de alguien, de una causa, etc., pertenecería a la serie de fenómenos humanos más comunes. Se trataría entonces de tomar un padre imaginario que nos conduzca, ya se encuentre en el seno de un grupo con su causa, o de manera más diluida y aparentemente individualizada formando parte del ideal.

Ahora bien, si esa realidad queda rechazada, ese padre imaginario forma una barrera total, pero frágil, ante un agujero por donde todo lo terrible viene a tomar cuerpo en forma de alucinación. Dios hace de freno a la vorágine del cuerpo despedazado y a la situación de precariedad tan dramática introducida por el “dejarle tirado”. Pero también, la escritura crea esa realidad postiza como freno a la debacle y, tal vez, de manera más benéfica por ordenar y fijar la defensa.

Schreber, cuando comienza a escribir durante este prolongado internamiento, llama “sistema de notas” a todo aquello que escribe en hojas de calendario y papeles sueltos que encuentra. En este “sistema” las voces, las almas –una vez establecida la conexión de nervios (Anhangnerven)- se convierten en nervios. Y, estos, cuando tienen función creadora, son “rayos” (Strahle). De tal manera que cuando los nervios comienzan a hacer milagros los denomina rayos. Aparecen milagrosamente los “pájaros cantores”, por ejemplo, y toda una serie de fenómenos alucinatorios, insectos que vuelan a su alrededor etc., porque, en realidad los están guiando estos rayos para decirle cosas. Pues bien, uno de los fenómenos milagrosos que aparecen, consiste en que esos rayos le mueven la mano para que escriba, mientras otros rayos van a leerle las notas, para probarlo a ver si se ha vuelto imbécil. Porque, en el fondo, de lo que se trata es de destruirlo, en el sentido de destruir su virilidad, que en cierto modo ya lo han conseguido, pero ahora tiene un sentido nuevo, aniquilar su razón. Pues hay algo que estorba a Dios. Dios quisiera dirigir los rayos con absoluto dominio, y el pensamiento de Schreber le estorba. Entonces quiere aniquilar esa razón, para que pasen sin ningún tipo de obstáculo. En esa escritura no aparece nada tranquilizador, contiene por el contrario una construcción fantasiosa que tiene que ver con el poder omnipotente y terrible del padre.

Él escribe porque le mueven la mano, y le mueven los ojos, para que las almas lean lo que escribe. La escritura, por tanto, no siempre cumple ese papel de estabilización en la psicosis. Es estabilizadora cuando forma parte de una relación transferencial con “alguien”. La escritura comienza a tomar sentido, y con ello a disminuir esos fenómenos de franja, cuando Schreber escribe para mostrar al mundo su experiencia y, sobre todo, cuando se pone en juego su voluntad de demostrar al tribunal que él puede y debe salir del asilo y sobre él debe dejar de pesar la inhabilitación.

No obstante, los fenómenos psicóticos no desaparecen totalmente. El fenómeno del alarido sigue ahí, pero él, Schreber, tiene ya un armazón articulado, un “almohadillado” –dice Lacan-, a partir del cual puede moverse, -con cierto cuidado, es verdad- por entre los demás mortales.

Parece que es justamente cuando la escritura tiene un destinatario localizable entre los mortales, que se estabiliza y alcanza a cumplir una función de organización de la experiencia subjetiva. Ello puede permitir al sujeto una posición frente a esa “realidad”. Cuando los informes de Weber desaconsejaron su salida del asilo, se vio alentado a seguir esa senda reivindicativa. Fue ese obstáculo a su entera y terrible libertad lo que le forzó a centrar mucho más su acción, a disciplinar su escritura y a adquirir una consistencia en ese almohadillado que lo soportaba. Este resultado no se produjo a partir de una intencionalidad terapéutica del médico, surgió de los acontecimientos. Tal vez si no hubiera encontrado ningún tipo de leitmotiv, la propia paranoia se hubiera hundido antes en la demencia.

Los fenómenos que se manifiestan en la psicosis de Schreber son, entre otros, las ideas hipocondríacas de muerte, de envenenamiento, oye ruidos “perturbaciones” (Störungen), todos ellos retornando desde el polo de la percepción. Todo lo que le sorprende lo interpreta como si las cosas que se presentan inesperadamente estuvieran dirigidas por otros. Por otros en el mejor de los casos. Pues, la mayor parte de las veces, se mueven solas produciendo un efecto de extrañamiento inquietante, un efecto siniestro (unheimlich). Pero ese sentimiento siniestro acaba teniendo un nombre y, por tanto, encajando en un registro subjetivo. Son fenómenos en dispersión que acaban encontrando una cierta coherencia cuando la fantasía empieza a componerlos dramáticamente. Podíamos decir que Schreber se arma como una especie de falso Edipo, de estructura imaginaria del Edipo que sirve de soporte a todos estos fenómenos. Y cuando esto ocurre, entonces, van desapareciendo y centrándose el asunto en una rivalidad, en una confrontación agónica, que es lo que se entiende como paranoia. Aquí, en este caso, frente a la dispersión en franja de fenómenos subjetivos, podemos observar el poder y la profunda significación del drama como dispositivo humanizador.

Las voces no sólo las oye, también son luego registradas en su escritura. Oír las voces en la psicosis no ocurre de una sola manera. Hay voces que no dicen nada, voces parlanchinas e insustanciales. Sin embargo, hay otras voces que son temibles, pero verdaderas y menos angustiosas que las que no dicen nada. Cuando se produce lo que Schreber denomina el “amarre a tierras” (Anbinden an Erden), los astros comienzan a tener nervios y se forma como una gigantesca masa inervada, como una unidad del universo, una sola unidad inervada toda, donde hay aparentes separaciones que no son tales, pues luego se reintegran de nuevo al todo. La unidad amenaza el colapso total.

Cuando se produce ese “amarre a tierras”, que es contra el orden universal, y que tiene que ver con ese Nervenanhangen, -esa conexión nerviosa que establece Dios gracias a Flechsig-, comienza el asedio contra la fortaleza de Schreber. Se produce un fenómeno de voces, pero multitudinarias; de murmullos constantes, que no lo dejan en paz, que le recriminan y atosigan con tonterías. Las voces no dicen nada, pero no son ruidos. Son almas que van perdiendo la subjetividad. Lo que él tiene ante el espejo es una duplicación continua de las almas. Multiplicación de almas, que van perdiendo entidad, características peculiares sobre las cuales asentar un “esto digo”, un “esto quiero”. Esas voces que van multiplicándose lo están poniendo en jaque continuamente. Entonces tiene que reaccionar contra eso con el milagro del alarido, dando gritos, tocando el piano de forma desaforada, para intentar poner freno a ese sonsonete.

Todos los personajes que aparecen en el delirio tienen una misma característica: no conservan una identidad, sino que se duplican como todo lo imaginario. Hay, por ejemplo, un Dios superior, Ormuz, y otro dios inferior, Ariman. Entonces, cuando habla el dios inferior él escucha una voz “grave”, que truena, que hace vibrar las ventanas, que le impone un miedo horroroso, pero que está hablando de verdad. Le dice cosas tales como que él es una mujer, etc. Digamos que hay unas voces que son más humanas que otras, unas que son más dramáticas que otras, que lo capturan más, para componer un drama sobre el que sostenerse. También hay una escritura que da pie al drama, -y que, por tanto, humaniza- más que otra.

O. Mannoni señala que la escritura es más reconfortante para Schreber que la palabra, pues las voces continuamente le sobresaltan y le obligan a cambiar de ideas en una ebullición donde el sujeto no se puede situar. Mientras que la escritura, él mismo lo dice, “cuando escribo no me pueden desdecir”, le crea una referencia más constante para situar-se. Pero esto sucede tan sólo cuando escribe los cuadernos y no cuando está tomando notas (sistema de notas). Es decir cuando ya tiene en perspectiva algo, cuando ya hay un ideal que centra eso. Cuando orienta la escritura un ideal que hace suplencia de ese nombre del padre. Para que exista ese ideal ha de existir alguien en la tierra que lo soporte, aunque sea negándole su estatuto jurídico de persona.

El elemento más fundamental del caso, la fantasía que arma todo el delirio, Freud lo sintetiza en las conocidos enunciados de “Yo, un hombre, amo a un hombre” con sus correspondientes permutaciones, para decir que la realidad psíquica no se encuentra en las entrañas de lo biológico (en un intercambio químico en el espacio intersináptico, podríamos actualizar), sino que hay que buscarla en el lenguaje, en lo que “se dice” en el sujeto. No tenemos noticia del sujeto si no habla. Y en eso que se dice está el sujeto y su devenir. El núcleo fundamental no es “Yo, un hombre amo a otro hombre”, sino “un hombre se ama”. El término “amor” es harto engañoso, no es que él ame, es que hay un goce sin nombre, que lo desborda, que lo expulsa del discurso y ante el cual debe construir algo para hacerle frente. De manera que toda la enfermedad es una reacción a una realidad psíquica que no ha sido reprimida, sino rechazada y por ello mismo retorna como un goce invasivo.

Habría que preguntarse qué es el rechazo, porque decir “no”, desde el punto de vista que Freud lo observaba en la neurosis, no se corresponde con un rechazo, sino con una represión. Y la represión posee su modo particular de aflorar a la superficie. Por ejemplo, cuando un paciente decía “no es en mi madre en quien estoy pensando…”. Pero el rechazo no es una manera de decir lo inconsciente, el rechazo es algo anterior a esa posibilidad. El rechazo afecta a la posibilidad de que algo sea acogido o no en primera instancia. Freud entiende que se produce aquí una fijación entre el autorerotismo y el narcisismo. Como si el paso a la formación de la imagen en el espejo no estuviera dado. Como si se tuviera que reconstruir un escenario narcisista porque, precisamente, la imagen en el espejo que habría de sustentarlo ha sido rechazada. Algo en esa mirada del espejo, algo del deseo del Otro, ha sido totalmente rechazado. El goce pulsional no queda fijado tampoco por lo imaginario del Edipo, no queda amortiguado y moldeado por el amor y el drama, por eso queda fluctuando y amenazante.

Hemos de suponer una imposibilidad en la asunción del deseo que pesa sobre el sujeto. Nada hay primordialmente reprimido para que desde ahí, desde ese núcleo, se produzca. Un posible indicio de ello nos conduce al padre. ¿Qué es el padre en el discurso de la madre? ¿qué significa su palabra como depósito del deseo del Otro? El padre no era amable, tampoco consentía que nada contraviniera sus expectativas. Cuando a una de las sirvientas se le ocurrió dar un trozo de pera al niño en horario no previsto, fue inmediatamente expulsada de la casa. Los hijos debían despertarse muy temprano y ducharse con agua muy fría. Debían usar toda suerte de aparatos para mantener una posición correcta en todo momento. Los obligaba a realizar los ejercicios y a cumplimentar todo aquello que servía para regenerar y crear nuevos “hombres espíritu Schreber”.

¿No constituyen toda esta serie de actos del padre la causa de la enfermedad del hijo? Pero si a este deseo del padre, demoledor y sin resquicio para el hijo, nada lo frena, nadie le contesta y simplemente se consiente con él, acaba siendo imposible encontrar un lugar para ser más allá de esta palabra del Otro que lo reduce a objeto de goce. La mirada que todo lo escruta, el saber que no deja hueco, la profunda ignorancia del otro que existe, son atributos de Dios y de ese padre. Si nadie corta esta palabra que se desliza de goce narcisista en goce narcisista, si nadie desdice al goce fálico, no hay más que eso.

El tercero en la formación del estadio del espejo es muy importante, pues es la mirada que sostiene a eso que somos de pie, a esos seres hablantes que somos queriendo, hablando, diciéndonos, más allá de la imagen en la que nos petrificamos. Por más que seamos animales, lo somos dentro de un lenguaje humanizado, y todos nuestros movimientos, nuestros afectos, nuestros intereses, deseos, objetivos, etc., tienen que estar soportados inauguralmente por ese consentimiento del ser que somos, por ese deseo que nos acoge, esa mirada del tercero en liza que nos sostiene.

El rechazo es ese no admitir que alguien esté de pie por su propio pie, ese no consentir con la alteridad que supone un bebé, con la exigencia a veces caprichosa, heterodoxa, o simplemente un tanto diferente, que procede de ese lugar, a poco que se le haga existir. Si quien está en vías de existir no es sostenido por el deseo, no cabe recepción alguna de ese nombre que lo nombra, que lo puede unificar en su experiencia, que lo ata de algún modo a la vida. El lugar que encuentra es un lugar inestable, resbaladizo, incandescente para sus pies. La demanda del psicótico, de Schreber en este caso, no es que le quiten las ideas extrañas o el delirio, sino que, realmente, lo desalojen de ese lugar infernal de ser objeto de goce para el Otro, de ser objeto de desecho.

 

SCHREBER, D. P. Denwürdigkeiten eines Nervenkranken. Taschenbücher Syndikat. Frankfurt am Main, 1985. Para facilitar la comprensión, se usará conjuntamente la traducción en castellano. Memorias de una neurópata. Ed. Argot. Barcelona, 1985.

FREUD, S. Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (“Dementia paranoides”) Autobiográficamente descrito. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid, 1972. Traducción de Luís López- Ballesteros y de Torres, O.C. t. IV, p. 1487.

Sobre todo a partir de la publicación de Wandlungen und symbole der libido. Jhb. Band 3-4 Rascher &Cie. Zürich, 1912. Hay traducción en castellano. Símbolos de transformación. Ed. Paidós. Barcelona 1982.

Correspondencia S. Freud /C. G. Jung. Carta 240F, de 14 de marzo de 1911. Ed. Taurus, Madrid. 1979. p. 465. Se trata de una expresión de Schreber que apunta al nódulo paranoico.

Ibidem. Carta 243J de 19 de marzo de 1911. p. 469.

FERENCZI, S. Sigmun Freud, Sandor Ferenczi, Correspondencia completa 1908-1911. Vol I.1. Carta de Freud a Ferenczi, Viena, 16 de diciembre de 1910.

Correspondencia completa (1908-1939) Sigmund Freud, Ernest Jones. Ed. Síntesis. Madrid, 2001. Carta 22 de enero de 1911, Viena. P. 134.

Este artículo aparecería en el verano de 1911, incluido en la primera parte del Jahrbuch, tomo III, seguido de “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso, autobiográficamente descrito, de paranoia (Dementia paranoides)”

En la edición original citada, p.- 30: Es war die Vorstellung, dass es doch eigentlich recht schön sein müsse, ein Weib zu sein, das dem Beischlaf unterliege

Pensemos en los dos años, del 1900 a 1902, en que establece un proceso judicial, durante el cual trata por todos los medios que se le reconozcan los derechos y se le retire la inhabilitación.

FREUD, S. Observaciones psicoanalíticas… nota 914, p. 1514.

LACAN, J. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. Escritos II. Ed. Siglo XXI. Madrid, 1983. p. 251.

 

LACAN, J. Seminario 9, La Identificación, inédito. Clase 18, 2 de mayo de 1962.

DEVREESE,D., ISRAËL,H., QUACKELBEEN, J. Schreber inédit. Ed. Seuil. París, 1986. p. 153.

FULBROOK, M. Historia de Alemania. Ed. Cambridge University Press, 1995.

MANNONI, O., La otra escena. Claves de lo imaginario. Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1973. p. 70.

En De una cuestión preliminar a todo tratamiento… , Lacan afirma:

Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre-del-Padre, verworfen, recusado (forclos), es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en posición simbólica al sujeto.

Es la falta del Nombre-del-Padre en ese lugar la que, por el agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante.

Pero ¿cómo puede el Nombre-del-Padre ser llamado por el sujeto al único lugar de donde ha podido advenirle y donde nunca ha estado? Por ninguna otra cosa sino por un padre real, no en absoluto necesariamente por el padre del sujeto, por Un-padre.

Aún así es preciso que Un-padre venga a ese lugar adonde el sujeto no ha podido llamrlo antes. Basta para ello que ese Un-padre se sitúe en posición tercera en alguna relación que tenga por base la pareja imaginaria a-a’, es decir yo-objeto o ideal-realidad, interesando al sujeto en el campo de la agresión erotizado que induce.” Ibidem. p.263.

Literalmente “alabanza, elogio de Dios”.

LACAN, J. De una cuestión preliminar… p. 246.

SCHATMAN, M. El asesinato del alma: la persecución del niño en la familia autoritaria. Ed. Siglo XXI. Madrid, 1977. pp. 45 y ss.

Ibidem. p. 30.

A pesar de la coincidencia, nada tiene que ver C. Jung, su marido, con quien contrajo matrimonio a los 23 años en 1864, con el psicoanalista C. G. Jung, discípulo de Freud.

Behr, es prácticamente homófono de Bähr, que significa oso. En el delirio aparecerán ciertos osos que le miran con ojos de fuego, con una mirada insoportable.

SCHREBER, D. P. Denkwürdigkeiten… p. 33. En la edición en castellano p. 57.

Schreber tomó yoduro de potasio, supuestamente para regular la glándula tiroides. También tomó hidrato cloral, prescripción que se hacía en ese tiempo, para calmar la ansiedad y evitar el insomnio. Esta sustancia, sintetizada por Liebig en 1832, la introdujo en medicina Liebreich por sus propiedades hipnóticas y anestésicas. Otra sustancia con la que fue medicado, el sulfonal, presentaba igualmente propiedades hipnóticas .

SCHREBER, D. P. Denkwürdigkeiten… p. 35-36. En la edición en castellano p. 60

SCHREBER, D. P. Denkwürdigkeiten… p. 193 y ss. En la edición en castellano, p. 286 y ss.

SCHREBER, D. P. Denkwürdigkeiten… p 192-193 En la edición en castellano pp. 277-278

LACAN, J. De una cuestión preliminar… p. 252.

Ver nota 12.

SCHREBER, D.P. Denkwürdigkeiten…En la versión alemana se lee: “Eh’ Dich der rechte Friede liebt- / Der stille Gottesfriede- / Der Frieden, den kein Leben giebt / Und keine Lust hienden, / Da thut es Noth, dass Gottes Arm / Dir eine Wunde schlage, / Dass Du musst rufen: Gott erbarm’,/ Erbarm’ Dich meiner Tage, / Da thut es Noth, dass sich ein Schrei / Aus Deiner Seele ringe, / Und dass es dunkel in Dir sei / Wie vor dem Tag der Dinge, / Da thut es Noth, dass ganz und schwer / Der Schmerz Dich überwinde. / Dass sich nicht eine Träne mehr / In Deiner Seele finde, / Und wenn Du ausgeweint Dich hast / Und müde bist, so müde, / Da kommt zu Dir ein treuer Gast / Der stille Gottesfriede.” p. 87. En la edición en castellano p. 132

SCHREBER, D. P. Denkwürdigkeiten… nota 96, p. 153. En la edición en castellano, nota 96, p. 222-223.

En 1963, en el Seminario de la Angustia, Lacan afirma: “Antes del estadio del espejo, lo que será i(a) s encuentra en el desorden de los a minúsculas que todavía es cuestión de tenerlos o no tenerlos. Éste es el verdadero sentido, el sentido más profundo a darle el término de autoerotismo – le falta a uno el sí mismo, por así decir, por completo. No es el mundo exterior lo que le falta a uno, como se suele decir impropiamente, sino uno mismo.

Aquí se inscribe la posibilidad de este fantasma del cuerpo despedazado que algunos de ustedes han encontrado en los esquizofrénicos”. El Seminario 10: La Angustia. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2006. p. 132.

En 1956, Lacan introduce este término en el análisis de la psicosis: “¿Por qué este esquema mínimo de la experiencia humana, que Freud nos dio en el complejo de Edipo, conserva para nosotros su valor irreducible y sin embargo enigmático? ¿Por qué quiere siempre Freud, con tanta insistencia, encontrarlo por doquier? ¿Por qué es ese un nudo que le parece tan esencial que no puede abandonarlo en la más mínima observación particular? Porque la noción del padre, muy cercana a la del temor de Dios, le da el electo más sensible de la experiencia de lo que llamé el punto de almohadillado entre el significante y el significado.” El Seminario 3: La Psicosis . Ed. Paidós. Barcelona, 1984.

Octave Mannoni en 1969 afirma: “Entre la época en la cual, en el patio del Hospital de Sonnenstein, insultaba violentamente al sol y vociferaba sembrando la confusión entre el resto de los internados (para reducir los “Nervios” al silencio), y el momento en que lo relata por escrito, hay sin duda lo que podríamos llamar un espacio de “tiempo terapéutico” y el distanciamiento de la enfermedad en su recuerdo. Pero esto no es del todo exacto, puesto que el mismo Schreber nos asegura, en lo que escribió para los jueces después de haber terminado su libro, que seguía siendo víctima de accesos de aullidos que no dependían de su voluntad. Incluso teniendo en cuenta una mejoría, indudable, de su estado, hay sobre todo otra distancia, entre la posición de autor y la posición de sujeto –inmediato y sin protección- de la palabra”. La otra escena… p. 62

Schatzman hace un inventario minucioso de estos procedimientos ideados por el padre en la obra ya citada.

 

 
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