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Van Gogh, ese caminante

 “Si no podemos ver claro, al menos
veamos mejor, las oscuridades”. Sigmund Freud

 

La tempestad desataba huracanes en torno a Marburgo esa tarde de febrero, la lluvia estallaba feroz. La muchacha que venía de otras tierras, preguntaba al cielo estruendoso: -“¿Por qué?. ¡Justo hoy!”. Aquel día tenía que acercarse a él por primera vez.

¡Pero llegó a la audiencia!. Dejando tras de sí las huellas de sus botas en el diluvio. Ella tan alejada de todo, tan llena de esperanza, venía de Königsberg, y ahí estaba, mojada y temblorosa frente al rey oculto de la filosofía. Su genio era radiante, y ella demasiado melancólica para contenerlo. La derribó el resplandor que emanaba ese hombre, como derriba el huracán los árboles nuevos. Él la contemplaba con una mirada tierna y salvaje al mismo tiempo. Bajo el chaparrón, era aún más bella, con su impermeable, y su sombrero encasquetado sobre los grandes ojos quietos. Cuando él le preguntó su nombre, ella apenas pudo balbucir: “Johanna..., pero me dicen Hannah”. Su respuesta, por unos segundos hizo enmudecer en él todo sonido.

La tormenta, como si algo grande presintiera, iba uniendo sus almas, hasta confluirlas en un solo torrente agitado. Y entonces, el gran maestro elevó hacia sí a su discípula, con un mágico poder. ¡Cómo no caerían el uno abrazado con el otro, con prisa ciega e inclemente!. Martin voló hacia ella en un abrazo y sus besos le llegaron hasta el corazón. Mientras tanto tierra y mar callaban; las nubes tempestuosas se balanceaban sobre el lecho. ¡El volcán había estallado!. Y así, comenzaba el camino hacia el instante; al que eternamente regresarían.

-“¡Que el amor no muera por mucho que vivamos!”, bramaban afuera ráfagas heladas.

A continuación, un concierto campanudo tañería: “¿Dónde te alojas?; “¿Y cuándo vienes?”; “El aire está espléndido”; “¿Nos veremos por la noche?”; “Si la lámpara de mi habitación está encendida, ven el miércoles después de las 9.00. Pero ¡ven!”.

Al semestre siguiente, Hannah ávida de día, rechazó ser una manzana descomponiéndose en las sombras. A Martin lo ahogó el terrible abrazo de despedida. ¡Ojalá hubiera tenido en ese momento los mil brazos de Buda! Pero no fue capaz de agarrar la luz de la luna; y así la luz siguió resignadamente su camino. Entonces, él subió a la cabaña de Todtnauberg junto a su Thea.

Entre tanto en el país, la brillante multitud formaba eufóricas columnas para escuchar los discursos. Grandiosos fuegos artificiales, manifestaciones, fiestas, cerveza, coros eclesiales, camaradería y comunidad. Conmoción y delirio hacían signo de resurgimiento. Bajo banderas de cruz gamada marchaban juntos artesanos y filósofos; patrones y obreros. Todos erguidos, con los brazos en alto mirando al águila llegar al poder. Martin, como un niño, hechizado y electrizado, participaba de aquel ambiente violento y amenazante. Asumió el Rectorado con la pretensión ingenua y audaz de transfomar las universidades. ¡Quería reinar con los dueños del mundo!

¡Adiós!. Gritó al fin Hannah, indefensa y desesperada. De milagro cruzó el océano. Y el corazón de Martin quería hundirse, o volar hacia ella, pero pronto, como caído del cielo descendió sobre él, el espíritu del último dios: la hora de los Privatdozenten en Friburgo.

Martin pensó que finalmente, extendería sus ramas hacia arriba. ¡Quería un laurel!.... Solo que sobre un fondo de nubarrones que presagiaban tormenta. Súbitos relámpagos liberaron un rayo que cayó en su corona, rasgándolo de arriba abajo, hasta el corazón. Y al trueno le siguieron el apagón y el silencio... ¡Esos rabiosos rivales intrigantes!...¡No pudo imponerse a los demás!.... ¡Ya no era Rector!.... Expulsado del paraíso académico, afligido y con su tempestad interior desciende a las tinieblas del infierno.

 Cual heredero de Platón, en medio de su caverna griega y ya en Siracusa, Martin, deshecho, cae rendido en un sueño en el que clarea la imagen de los zapatos vacíos de un cuadro de Van Gogh. En el delirio se oye diciendo: “Un par de botas de campesino y nada más. Y sin embargo...En la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado. En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo. Bajo las suelas se despliega toda la soledad del camino del campo cuando cae la tarde. En el zapato tiembla la callada llamada de la tierra, su silencioso regalo del trigo maduro, su enigmática renuncia de sí misma en el yermo barbecho del campo invernal. A través de este utensilio pasa todo el callado temor por tener seguro el pan, toda la silenciosa alegría por haber vuelto a vencer la miseria, toda la angustia ante el nacimiento próximo y el escalofrío ante la amenaza de la muerte. Este utensilio pertenece a la tierra y su refugio es el mundo de la labradora. Pero tal vez todas estas cosas sólo las vemos en los zapatos del cuadro, mientras que la campesina se limita sencillamente a llevar puestas sus botas. ¡Si fuera tan sencillo como parece! Cada vez que la labradora se quita sus botas al llegar la noche, llena de una dura pero sana fatiga, y se las vuelve a poner apenas empieza a clarear el alba, o cada vez que pasa al lado de ellas sin ponérselas los días de fiesta, sabe muy bien todo esto sin necesidad de mirarlas ni de reflexionar en nada”. De pronto, la pintura se vuelve hacia el soñador y le pregunta: “¿Qué quieres?”.

Desprendido del sueño, somnoliento Martin ruega: “La piedad del pensamiento no es el responder, sino el preguntar”. Pero abierta la grieta, liberado el caos, queda fijado al tenebroso hueco del calzado femenino. Allí puede ver los desfiladeros, en donde la campesina esconde ese reino palpitante de sombra y calor. Un ardor de presencia y ausencia, de reposo y urgencia, de profundidad y pliegue, sacude al filósofo. En el desocultamiento del par de botas de labradora, está la callada llamada del misterio, la cercanía y lejanía del Olimpo. ¡Aun en la intemperie, sin los inmortales, el abismo hace precipicio!. Por tanto tiempo, Martin había rehuido ese instante, había apartado la mirada como un niño ante los relámpagos. ¡Es increíble cómo el hombre teme a lo más hermoso!

Ahora, Martin, el gladiador, tiene que vencer el poder misterioso de la oscuridad, ¡tiene que seducirla!. Entonces, la noche se convierte en su elemento. Cuando todo está tranquilo, con la claridad que acontece en la tela de Van Gogh, y tras los surcos fatigados por el zapato de la campesina; el filósofo, angustiado, le suplica al calzado de mujer: “¡deja que me hunda en ti, deja que me hunda... y volveré a mis raíces!”. En el fondo inseguro del negror de ese par de botas de la labradora, Martin, se arroja al centro de sí mismo. Y allá en lo hondo, mojado de rocío, aprisiona poderosamente, el dorado amanecer.

Un Martin Heidegger encandilado, vuelve a las regiones abandonadas de su vida, mudo de fiebre y placer se encuentra frente al luminoso altar barroco de la iglesia de San Martin. El éxtasis estremece su corazón. Se acerca a un anciano de apariencia suave y le muestra los borceguíes. El hombre al mirarlos, con un brillo singular en los ojos, exclama: -“¡Son de mi mujer!”.

Al oírle decir aquello, el pensador siente que un escalofrío recorre sus fibras.

-“Ella procede de una buena familia de labradores, ella es del pueblo de Goggingen, de donde viene silbando el viento helado”, añade el viejo.

El filósofo todavía embriagado, le pregunta su nombre, y el campesino responde orgulloso: -“Soy Friedrich Heidegger, sacristán y tonelero de Messkirch”.

Entonces, Martin insatisfecho, insiste: -“¿Y su esposa?” .

-“¡Ah, ella!”, dice Friedrich y agrega: -“Su nombre es ... Johanna”.

Y de Martin se apodera un dulce y tierno pavor.

 

 

 
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