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Zapatos en el cielo de diamantes

por Hada Mendoza

La energía te ayuda a llenar
más espacios. Andy Warhol

Como un tirano al acecho, lo impersonal del postmodernismo niega que el tiempo se acabe, por eso siempre tiene tiempo. Entre sombras y espejismos dicta lo que hay que ver, comprar, vestir, filmar, publicar, etc… Es el reino de la fama, la popularidad y el éxito veloz. Los saltos de temporada en las pasarelas buscan la novedad del presente para olvidarla mañana y procurase otra primicia para abandonarla nuevamente. Todo se exhibe, todo es lobby, marketing y fashion weeks. Todo se comprende, todo está decidido, sin embargo, nadie decide…

El genio del artista estadounidense Andy Warhol alimentó de imágenes al pop-modernismo. Sus serigrafías van desde reproducciones de sopas enlatadas hasta una Jackie Kennedy, pre ypost Dallas, pasando por los diseños de calzados femeninos navegando en el aire. Su talento desentraña la furia de las rotativas y “últimos momentos”; su arte sabe a tinta de periódicos, y a noticiarios que reflejan la tragicómica cotidianidad alternada con auspicios de artículos de consumo masivo. La notoriedad de los personajes de sus retratos sicodélicos lo oscurecen todo: Mickey Mouse, Lennon, Lennin, Imelda Marcos, el Shah de Irán Reza Palevi, Muhamad Alí, Judy Garland, Elvis, Pelé, la baronesa Thyssen, Truman Capote, Mao, Giorgio Armani, Nixon; y sus diosas Liz y Marylin.

Siete años antes de su muerte –de la que se cumplen, actualmente, veinte años-, Warhol creó sobre lienzo, la obra “Los zapatos de polvo diamantino”, con tinta serigráfica, pintura y purpurina extraída de piedras de uso industrial. Sus protagonistas son puntas y talones suspendidos en un negro universo, que cual dibujos animados en incesante travesía, reflejan a la multitud fugitiva de las apoteósicas e imponentes metrópolis. Cuenta la leyenda que el artista norteamericano tropezó con la inspiración en medio de un proyecto publicitario para el diseñador newyorkino Halston. Sucedió que Víctor Hugo, un modelo colombiano, amigo y asistente del célebre modisto, envió al estudio de Andy Warhol una enorme caja conteniendo varios estilos de calzados de mujer, que iban a ser fotografiados para el anuncio comercial de la campaña de Garalini, firma que representaba a los estiletos Halston por esa época. Ronnie –un ayudante de Andy-, volteó el container involuntariamente y los zapatos se diseminaron por el piso. Estupefacto ante el espectáculo y con los ojos incrustados en el suelo, Warhol tomó por asalto ese cielo a sus pies, y disparó a quemarropa a los tacones con su inseparable Polaroid; y Ronnie tuvo que traer más “impares” para sembrar la alfombra con otros pasos perdidos.

En “Los zapatos de polvo diamantino”, Andy juega con los colores de su niñez, si bien salpicados del brillo de la glamorosa Nueva York. El laberinto de sensuales capelladas atrapa el fucsia y verde limón que las acerías de Pittsburg ofrendaban al enorme y aniquilante firmamento fabril, así como la gama de las anaranjadas aguas de los ríos de aquella ciudad industrial, la más industrial de Estados Unidos. En el telón de fondo de la pintura, se aloja la sempiterna llovizna de hollín y azufre que, cotidianamente, inundara el hogar y el horizonte de su familia; smog proveniente de las minas de carbón mineral –el oro negro de los albores del siglo pasado-, en donde su padre Ondrej, se consumía la vida.

La violencia máxima de esta obra de Warhol se descubre en esos pies ausentes, que producen un efecto de suspensión en las bien contorneadas siluetas de “Los zapatos de polvo diamantino”. De la ceniza brumosa que se desplaza alrededor de los cóncavos y convexos zapatos flotantes, proviene una claridad que conmociona la totalidad del ser de su creador. La repetición de las huellas de mujer signa una acción inolvidable, que remite a una imposible y lejana boca sin luz, a lo más hondo de todo o lo más elevado de todo, boca a la que Andy queda pegado… donde su historia se detuvo.

El carácter de voluptuoso envoltorio del calzado –con su cintura cavada; curvas suaves, accesibles y armónicas; cueros reptilianos o lisos, napas, gamuzas, nobucs o sedas que estimulan al tacto-, encarna una parte fascinante del cuerpo femenino, el pie. La pantalla del cuadro, se convierte en el deseado y erótico pie desnudo que Andy ha borrado de su pintura. Ese opulento y encumbrado pie, se desplaza hasta el infinito abrazando zapatos-centauros, puntiagudos y boquiabiertos. Mientras Warhol, armado de calzados descalzados busca ponerle límites al gigante. Pero aunque le ofrezca mil tacones-joyas, no podrá acorralar la oscuridad de esa noche que excede hormas y medidas en su abundante energía. El mórbido pie, majestuoso y audaz se eleva desbordando la vista, atravesando y traspasando la barrera del marco del cuadro; y sale al mundo, desgarrando su envoltura.

 La lujuriosa e inquietante extremidad azabache lo ve todo, y Andy no tolera la libertad de esas obscenas curvas sinuosas, en donde a menudo se encierra una diosa. Warhol ingresa al cuadro y se pierde entre planetas con punteras largas y finas, cuadradas y redondas. Allá abajo-arriba de la noche-infierno, derrite senderos en el silencioso paraíso turbador, hueco e ilimitado de centelleantes zapatos de mujer, entre tacos, plataformas, fondos, plantas, clavos y hebillas. Cielo y tierra, tesoros ocultos, tesoros perdidos, el artista se vuelve invisible.

Cuán apagado se ha vuelto todo a su alrededor. Solo hay una cavidad infinita, que él se ilusiona mirar, pero en realidad es el pie enjundioso el que lo mira. Ahora, el agujero sombrío viene a llenar el ojo de Andy. El cielo palpitante, tenebroso, y abierto hace aparecer ante el artista toda la vida andada, y él se ve –en ese cosmos tapizado de calzados caricaturescos-, entre dos mitades. Y entonces, tiene ojos para no ver, gasta suelas por un mismo amor y contra-amor, en las tinieblas aromadas y secretas de los bajos de la falda de aquella cuyo recuerdo en su memoria quema: Julia, su madre.

Pero solo se extravía quien ha caminado. Tanta vida ha pasado por Andy Warhol desde su graduación en el Instituto Carnegie de su pueblo natal, hasta su triunfo en la Gran Manzana de las anchas avenidas. Tanta vida desde el carácter fijo de la fotografía de la pura imagen que no se desplazaba ni se relacionaba; hasta sus programas televisivos en MTV. Tanta vida la de aquel joven tímido, cuasi-autista decorador de escaparates y diseñador de calzados de dama para la prestigiosas Tiffany’s, I.Miller Shoes, Vogue o Harper’s Bazaar; hasta su consagración como ícono inmortal del Pop Art.

Y a fuerza de fatigar pisadas de diamantes, Andy, se pulveriza en el campo de zapatos femeninos…

 

 

 
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