Germán García - Archivo Virtual / Centro Descartes, Buenos Aires

"Plata quemada" o los nombres impropios

# (2000) . "Plata quemada"  o los nombres impropios. En Hispamérica, revista de literatura de la Universidad de Maryland, Nº 85. En (octubre 2000) Conceptual N°1 (pp.13-20 ), Buenos Aires; en (5 de abril 2001) Página/12 como “Plata quemada” y nombres impropios, Buenos Aires. En (abril 2001) Virtualia N°1, Buenos Aires.
Fragmentos disponibles del original

Plata Quemada, de Ricardo Piglia, mediante un epílogo sin firma, aclara: “Esta novela cuenta una historia real. Se trata de un caso menor y ya olvidado de la crónica policial que adquirió sin embargo para mí, a medida que investigaba, la luz y el pathos de una leyenda” (pág. 245). El narrador de este epílogo adopta la explicación de Renzi, el joven periodista que intenta encontrar la dimensión trágica de los acontecimientos: “He tratado de tener presente en todo el libro el registro estilístico y ‘el gesto metafórico’ (como lo llamaba Brecht), de los relatos sociales cuyo tema es la violencia ilegal”.

Los hechos ocurrieron en Buenos Aires y Montevideo entre el 27 de setiembre y el 6 de noviembre de 1965. Han pasado, hasta el momento en que se firma este epílogo, más de treinta años.

El epílogo nombra los diarios consultados, diarios de la época publicados en Buenos Aires y en Montevideo. Se habla también de la consulta de legajos judiciales y de la consulta de otras fuentes diversas. Pero se aclara: “El conjunto del material documental ha sido usado según las exigencias de la trama...” (pág. 246).

Es decir, existen inferencias exigidas por la trama. Por eso el epílogo advierte: “He respetado la continuidad de la acción y (en lo posible) el lenguaje de los protagonistas y los testigos de la historia. No siempre los diálogos o las opiniones transcriptas se corresponden con exactitud al lugar donde se enuncian...” (pág. 245).

Se trata de lo posible, como en Aristóteles, no de la exactitud: “... he reconstruido con materiales verdaderos los dichos y las acciones de los personajes” (pág. 245).

Como lo demostró Jacques Lacan la verdad no es la exactitud, la verdad es una dimensión que supone un sujeto que no siempre puedo inferir de la exactitud de los hechos. Por eso se trata de “reconstruir” con materiales “verdaderos”, de realizar un bricolage (para usar el término de LeviStrauss) que muestre la lógica sensible, el pathos de una leyenda, referido a la “violencia ilegal”.

¿Cómo explicar la pretensión de punir a Plata quemada por el uso de nombre propios, cuando esos nombres se hicieron públicos por los hechos que protagonizaron?

El señor Poubelle, prefecto de policía de París, impuso el uso de recipientes higiénicos en la ciudad. Esos recipientes se llaman ahora poubelle, lo que demuestra la gratitud de los habitantes de París. Pero poubelle es también la basura que contienen los recipientes. Es decir, que el señor Poubelle se ha convertido en el nombre común de la basura, por haber realizado la acción meritoria de regular la higiene de la ciudad.

¿El nombre propio, cuando realiza una acción que lo convierte en nombre común, no se demuestra como siendo impropio? Leemos en Plata quemada: “En Devoto había conocido a un cana que se llamaba Verdugo, eso es peor. Llamarse Verdugo, llamarse Esclavo, había uno que se llamaba Battilana, con esos apellidos mejor llamarse Malito” (págs. 14/15).

“Se trata de un caso menor”, dice el epílogo. No se trata del Mal, tan sólo de Malito, decimos. ¿No intenta el narrador Renzi elevar una “sórdida leyenda policial”, no intenta darle la dimensión de la tragedia?

“Hybris buscó en el diccionario el chico que hacía policiales en El Mundo: ‘la arrogancia de quién desafía a los dioses y busca su propia ruina’. Decidió preguntar si podía ponerle ese título a la crónica y empezó a escribir” (pág. 91).

El chico de El Mundo es Emilio Renzi, que aparece en otros libros de Ricardo Piglia. Su versión de los hechos, como veremos, choca con las versiones de múltiples narradores: “De todos modos el destino había empezado a armar su trama, a tejer su intriga, a anudar en un punto (yesto lo escribió el chico que hacía policiales en El Mundo) los hilos sueltos de aquello que los antiguos griegos han llamado el muthos” (pág. 106).

Cuando el comisario Silva dice “Son enfermos mentales”, Renzi le replica: “–Matar enfermos mentales no está bien visto por el periodismo .ironizó el cronista-.. Hay que llevarlos al manicomio, no ejecutarlos... Silva miró a Renzi con expresión cansada; otra vez ese pendejo irrespetuoso, de anteojitos y pelo enrulado, con cara de ganso, ajeno al ambiente real y al peligro de la situación, que parecía un paracaidista, el abogado de oficio o el hermano más chico de un convicto que se queja por el trato que los criminales sufren en las comisarías” (pág. 197).

Renzi entiende que el lenguaje de Silva, como el de los delincuentes, tiene una potencia real que sobrepasa sus elucubraciones: “Hablaban así, eran más sucios y más despiadados para hablar que esos canas curtidos en inventar insultos que rebajaban a los presos hasta convertirlos en muñecos sin forma. Tipos pesados, de la pesada pesada, que se quebraban en la parrilla, que se entregaban al final, después de oír a Silva insultarlos y darles máquina durante horas, para hacerlos hablar. Los restos muertos de las palabras que las mujeres y los hombres usan en el dormitorio y en los negocios y en los baños, porque la policía y los malandras (pensaba Renzi) son los únicos que saben hacer de las palabras objetos vivos, agujas que se entierran en la carne y te destruyen el alma como un huevo que se parte en el filo de la sartén” (pág. 186).

Los nombres propios de los personajes, vueltos impropios en el espacio social de la delincuencia, están sujetos a un cruce de lenguajes que les dará un nuevo sentido: ¿Esos nombres designan el cúmulo de negatividades que propone el comisario Silva o los sujetos trágicos que supone Renzi? Depende del valor del acontecimiento que, como dice Alain Badiou, siempre está situado y es suplementario de una situación. El acontecimiento es una dimensión de la verdad de un discurso .-no de la exactitud de unos hechos-. que se opone al mal del simulacro, la traición y el desastre. ¿Malito es sólo un malito, para eso fue nombrado, a eso lo reduce su apellido?

Renzi no acepta esta transformación del nombre propio en nombre común: “La esencia táctica de la banda de Malito, su brillo trágico (escribiría más tarde Renzi en su crónica de los hechos para la página policial del diario El Mundo) se alimenta con la certidumbre de que cada victoria lograda en estas condiciones imposibles aumenta la capacidad de resistencia, los vuelve más veloces y más fuertes. Por eso siguió lo que siguió, la ceremonia trágica que cualquiera que haya estado ahí esa noche no olvidará jamás” (pág. 189).

El tema del nombre impropio, del nombre que el otro social sanciona, cambiará de sentido por esta ceremonia. Quemar la plata es refutar, por ese acontecimiento mismo, la significación del asalto al banco. Por este acto la versión de Renzi cobra un nuevo relieve contra las exclamaciones desconcertadas de quienes nunca habían dudado de que se trata de conseguir el máximo con el mínimo esfuerzo. Aparece, entonces, un filósofo uruguayo que recuerda la noción de potlatch: “... un gesto de puro gasto y de puro derroche que en otras sociedades ha sido considerado un sacrificio que se ofrece a los dioses porque sólo lo más valioso merece ser sacrificado y no hay nada más valioso entre nosotros que el dinero, dijo el profesor Andrada y de inmediato fue citado por el juez” (pág. 193).

A pesar de la ironía, la interpretación por el sacrificio se le aparece a Renzi cuando ve el cadáver de Dorda: “Un Cristo, anotó el chico de El Mundo, el chivo expiatorio, el idiota que sufre el dolor de todos” (pág. 240).

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Plata quemada es, me parece, una doble sorpresa. Una sorpresa en relación con los anteriores libros de Piglia. Y una sorpresa dentro de nuestra literatura. Y cuando digo “nuestra” es para localizar una serie de resonancias que es posible que se pierdan para un lector de la misma lengua, que habite otras referencias literarias.

La sorpresa fue amortiguada, para los comentaristas, por el revuelo creado en torno del premio otorgado a Plata quemada por editorial Planeta. Como en Macedonio Fernández, el tema del libro parecía continuar fuera de éste. Porque la plata, en el libro, es la causa que ordena las subjetividades .-tanto de quienes la custodian, como de quienes la roban-. y que resulta ser inocente, según la opinión de algunos periodistas y del coro que comenta los pormenores del tiroteo final.

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“Lo más divertido era que la plata estaba amontonada en una especie de bargueño con un espejo que la duplicaba, una parva de guita sobre un hule blanco repetida, como una ilusión, en el agua pura de un espejo” (pág. 61). El dinero disuelve unos lazos sociales, pero también establece otros. La banda cruza la frontera, escapa de un territorio donde son agentes del crimen, el parricidio, el incesto, etcétera. Un territorio donde quienes lo persiguen, otros agentes sociales, están inmersos en la misma disolución de esos lazos sociales. Una comunidad cínica .-el cinismo conoce el precio de todas las cosas, pero no conoce el valor de ninguna-. donde la violencia se mueve en una ambigua ausencia de categorías.

La pregunta de Brecht (“¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”) obtiene como respuesta la novela.

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El nombre es del otro. Nunca es propio. Es un nombre impropio, en tanto cada uno se llama como lo llamaron. Cambiar de vida, como se dice, es cambiar el valor del nombre. Algunas veces ocurre, entonces el sujeto ya no depende del valor que su padre dio a ese apellido, más bien será quién termina por nominar a los suyos. Como el prefecto Poubelle, pero también como James Joyce (cuyo padre interesa por eso, porque es su padre). La tragedia, según la versión Renzi, es que los nombres no salgan más de la crónica policial, que la “selva de voces” pierda la singularidad de cada uno, que las voces que constituyen la absoluta soledad de Dorda jamás sean escuchadas por ningún otro, que no se pueda atravesar el oráculo materno: “Mi madre siempre supo que yo estaba destinado a no ser entendido y nadie me entendió nunca, pero a veces he logrado que algunos me quisieran. Oh, padre, dijo como un eco lejano, el caballo tobiano me va a sacar de aquí” (pág. 243).

Plata quemada hizo posible que los nombres de la crónica policial, borrados por el silencio de la vergüenza y el desprecio, se convirtieran en un signo de interrogación sobre acontecimientos que, a partir de una línea de bifurcación imperceptible, trazan vórtices que consumen vidas disueltas en “la banalidad del mal”.

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