Germán García - Archivo Virtual / Centro Descartes, Buenos Aires

El llamado a la autoridad

# (6 de enero 2002). El llamado a la autoridad. En Página 12, Buenos Aires.

El amor, según Platón, supone el encuentro entre los recursos (Poros) y la falta de recursos (Penía). De la misma manera, la fiesta se produce por el encuentro entre el exceso y la carencia, entre los productos que se ofrecen de manera tentadora y los llamados carenciados. Basta romper algún cristal, alguna puerta. Pero de esa manera se “viola” la propiedad privada y la fiesta, según los medios, es un saqueo. Se discute si la fiesta surgió de manera espontánea o fue inducida por algunos animadores contratados por otros que habrían calculado los beneficios de la fiesta. Y, como se sabe, nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte. La fiesta termina mal, algunas familias entierran a sus muertos.

Discépolo, tan querido por tantos, se quejó por la falta de jerarquías, convirtió un himno popular en un llamado a la autoridad que ordenara el siglo “problemático y febril”. Esa autoridad vistió por la propagación de los “memes” de las anteriores guerras mundiales uniformes y, una y otra vez, se desautorizó a sí misma. Entonces la autoridad vistió el traje del ciudadano y la legitimidad de la democracia “representativa”, proclive a la creencia universitaria en las virtudes doctorales (sin descuidar las “creencias” populares tuteladas por nuestra religión, llamada por Hegel “la única verdadera”).

Concluida la fiesta, que los medios llaman saqueo porque se saltea la mediación de la propiedad y se apropia de manera inmediata de lo que desea, en otra zona de la ciudad que no suele ser periferia, comienza el ruido. La gente, que es brutal cuando se ensaña, “hace ruido con lo que encuentra” de manera pacífica.

Pero, en el bosque de la paz se ocultan fuerzas extrañas que harán “estallar” la violencia. La gente, que cuando quiere entiende, se retira a su casa y en el desierto consecuente se revela la identidad “política” de los violentos.

No se trata de la “gente”, dice un medio, sino de militantes políticos de diferentes signos que se enfrentan con otros que tampoco son la “gente” y que, por los uniformes, parecen policías.

En simultáneo pero no en sincronía se tejen acuerdos, se desplazan nombres y se presentan (nuevas) soluciones. Lo hecho, hecho está. Los radicales no pueden, los peronistas no quieren.

Concluidas las consultas privadas la televisión difunde la Asamblea y algún canal Crónica, por caso se atreve a burlarse de las diversas y disparatadas posturas de los que deberían escuchar al que habla.

Restablecida la autoridad, concluida la fiesta, se llama al sacrificio.

La “gente”, que se movilizó por sus ahorros y no por el exceso y la carencia, es informada de que ha causado un cambio radical. Es decir, que volvieron los radicales que pueden, y están en el gobierno de los peronistas que quieren. “No hay progreso, decía Lacan, lo que se gana por un lado se pierde por el otro.”

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