Germán García - Archivo Virtual / Centro Descartes, Buenos Aires

 Carne de diván

# (4 de septiembre 2009). Carne de diván. Por Patricio Lennard. En Página/12, Suplemento SOY, Buenos Aires.  Recuperado de link.
- Extractos de la nota - 

Aunque Sigmund Freud jamás consideró a la homosexualidad como enfermedad o como perversión, muchos de sus herederos no sólo negaron el derecho de las personas homosexuales a ejercer el psicoanálisis, sino que también las señalaron como carne obligada de diván y de posible “cura”. A pesar de que han transcurrido casi 40 años desde que la Asociación Psiquiátrica Americana quitó a la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales, aún hoy ronda el fantasma de la desviación en algunos consultorios. Y, sin dudas, el tema de las familias “homoparentales” vuelve a dividir las aguas y a poner en jaque la concepción de la normalidad, del modelo moral y correcto del que esta disciplina suele colocarse como fiel guardián.

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La Argentina, por supuesto, no está al margen de ello. “Yo quisiera separar la posición del psicoanálisis de la posición de los psicoanalistas, porque los psicoanalistas no son un todo homogéneo. Hay tantas maneras de leer a Freud como de leer a Faulkner. Y lo que hace tal o cual grupo psicoanalítico puede estar más ligado a qué tipo de clientela consigue y a cuáles son las demandas de esa clientela. Si no, no existirían los líos que existen: Lacan por un lado, Freud por el otro, Melanie Klein, etcétera, etcétera”, opina Germán García, director de la Fundación Descartes y uno de los psicoanalistas más prestigiosos de la Argentina. “Más que hablar de los psicoanalistas, habría que atender un poco al origen social que compone un colectivo profesional. Dentro del psicoanálisis, hay personas de clase media alta que cuando se divorcian lo ocultan porque es como en el ejército: queda mal, no está bien visto. Un psicoanalista tiene que estar casado, tener hijos. Y si bien entre los psicoanalistas argentinos de clase media hay una actitud menos prejuiciosa, no veo que haya psicoanalistas gays y lesbianas que construyan un discurso desde su sexualidad. No se animan o tratan de ser discretos. Y en algunos casos hasta optan directamente por no hacer clínica, evitando tener su consultorio y sus pacientes. Pero más allá de que la comunidad psicoanalítica tenga, de manera silenciosa, prejuicios sobre el tema, parte del error reside en que todavía haya analistas gays y lesbianas que transigen ante esos prejuicios.”

Pequeña aclaración

Se sabe que la categoría de perversión jugó un papel no menor en el asunto. “No es que el psicoanálisis haya considerado la homosexualidad como una perversión durante mucho tiempo sino que hay que ver qué significa en psicoanálisis el concepto de perversión”, dice García. “La idea de que hay una identidad homosexual es posterior a Freud, y para él el psicoanálisis mismo consiste en cuestionar que alguien tenga identidad. Mi identidad es producto de múltiples identificaciones, incluso contradictorias entre sí. Freud decía que ‘el niño es perverso polimorfo’, y ahí ya queda claro que la palabra perversión no tiene el mismo sentido que podía tener, por ejemplo, en el discurso psiquiátrico o en el código policial.” En efecto, Freud no clasificaba la homosexualidad como tal en la categoría de las prácticas sexuales perversas (zoofilia, fetichismo, coprofilia, exhibicionismo, etcétera) y distinguía la perversión de los actos sexuales perversos que tanto hombres como mujeres podían realizar, fueran homosexuales o no.

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Germán García, en este sentido, aclara que Freud nunca se propuso intervenir sobre la conducta de la gente sino sobre el sufrimiento que una conducta determinada provoca. “A Freud le interesa ver qué es lo que uno rechaza de su propio ser”, precisa García. De lo que se desprende que en nada cambia para un analista que un paciente sea gay, lesbiana, bisexual o trans. “Al menos en análisis, he visto personas neuróticas atormentarse por el tema de la homosexualidad sin ser homosexuales (tipos casados con hijos que por ahí no van a tener nunca una experiencia gay, pero que tienen fantasías que los atormentan; algo que Freud llamaba ‘masoquismo moral’), pero no he visto gente que una vez asumida su posición homosexual se plantee cambiarla. Alguien que viene con un problema amoroso lo plantea en los mismos términos, ya se trate de una pareja heterosexual u homosexual.”

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Amparado igualmente en su inexperiencia clínica, a Germán García tampoco le resulta del todo sencillo teorizar sobre las llamadas familias “homoparentales”. “En lo que a mí respecta, no he atendido a ningún hijo de padres gays o de madres lesbianas. Sí he escuchado casos de mujeres lesbianas que, bordeando los 40, empiezan a pensar que deberían tener hijos porque la edad después se los impide. Pero también las mujeres que andan con hombres se plantean a esa edad lo mismo. Sí me parece más equívoca la cuestión de tener hijos si nos vamos del lado de los hombres. No me parece que haya un deseo puro de parte de los hombres de ser padres sino que es un deseo que surge de una mezcla de identificaciones y de cómo el deseo de ser madre de una mujer los toca de una determinada manera. Yo he ironizado al respecto diciendo que las reivindicaciones de gays y lesbianas muestran la potencia que la familia occidental tiene todavía. Ellos reivindican un tipo de familia que está siendo abandonado por el resto de la población heterosexual, que no quiere saber nada con casarse y que insisten cada vez más en vivir cada uno en su casa. Hoy en día las mujeres que no tienen necesidades económicas lo piensan tres veces antes de irse a vivir con un hombre. En esas cosas pareciera que todavía somos muy conservadores en el siglo XXI.”

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