Germán García - Archivo Virtual / Centro Descartes, Buenos Aires

No hay pastilla que responda sobre el sentido de la vida

# (3 de octubre 1999). No hay pastilla que responda sobre el sentido de la vida. Por Oscar Cardoso. En diario Clarín, Buenos Aires.

El psicoanálisis no puede ser postulado más como ideal social, advierte el psicoanalista Germán García. La creciente influencia de la cultura estadounidense, el resurgimiento de la confianza en la medicación, la crisis de las ideologías y, en especial, el cuestionamiento de la palabra están en la raíz de la nueva situación del psicoanálisis que, cree García, no implica una desventaja para el sistema en tanto herramienta individual. Además de ser autor de obras en su campo -como Psicoanálisis, política del síntoma-, García es novelista y entre sus títulos figuran Nanina, Cancha Rayada y Perdido. Formado de modo ecléctico -aquí y en Europa-, García es hoy analista de la Escuela de Orientación Lacaniana y presidente de la Fundación Descartes, donde enseña regularmente a profesionales.
- Como otras grandes concentraciones urbanas, Buenos Aires le dio un lugar especial a la capacidad de la palabra para sanar, esto es, al psicoanálisis. Pero el valor de la palabra está hoy puesto seriamente en duda. ¿Cómo afecta esto la práctica del psicoanálisis?
- Lo primero que hay que tener en cuenta es que Buenos Aires es una ciudad receptora, antes que productora de fenómenos culturales. De modo que recibe de aquí y de allá, y así recibió la posmodernidad. El prefijo pos es estadounidense. Se inició con el posestructuralismo que Buenos Aires -la Argentina- recibió como respuesta a la cultura europeísta. Se puede decir que Buenos Aires quedó en el medio de la tensión que viene de la confrontación de la cultura americana y la cultura europea. El psicoanálisis, como lo conocemos, es cultura europea, sobre todo el psicoanálisis de las últimas dos o tres décadas, que vino a sustituir lo que se llamó la psicología social. Para ubicar esto en un marco de tiempo podemos mirar hacia los comienzos del frondicismo; el auge de las carreras de sociología y de psicología social que era correlativo con las terapias de grupo. En aquel momento se decía que eran más sociales que el psicoanálisis individual. Hubo entonces, en los 60, un desplazamiento hacia la cultura europea.
Años de confianza
- Fue una época de gran ilusión colectiva con el cambio, ¿no es cierto?
- Basta pensar en el eco prestigioso de los acontecimientos de Mayo del 68 en Francia y los efectos que tuvo aquí sobre situaciones locales; el impacto de la revolución cubana y la enorme influencia de la izquierda intelectual europea. En suma, todo el paquete de ideas que llegó bajo el rótulo de estructuralismo. Dentro de ese paquete llegaron Claude Levi-Strauss -la antropología estructural- y Louis Althusser; dos autores cuyas obras se vendían no sólo en librerías especializadas, sino en la calle, en los quioscos de Eudeba. Ese fue un momento de una gran confianza en el poder del lenguaje, confianza que también se reflejó en un gran auge de la novela.
- ¿Se refiere al llamado boom de la literatura latinoamericana?
- Sí, al boom latinoamericano, que también muestra a la época como un importante mercado para la palabra. Hay que recordar que Gabriel García Márquez lanzó Cien años de soledad en Buenos Aires. Hoy sería suicida lanzar una novela desde Buenos Aires; alguien que quiere escribir tiene que lograr que su libro surja desde Barcelona o desde otra plaza central. Había aquí un mercado de la palabra. Yo creo que el psicoanálisis iba en eso, en especial con la influencia de Jacques Lacan, que es el que yo más conozco. Llegó en andas de un pequeño texto de Althusser que se llamaba Freud y Lacan que hizo que, para toda la gente progresista, adquiriera una autoridad especial.
- ¿Todo eso cambió ahora?
- Sí, pero para el psicoanálisis en una medida y en tiempos distintos. Es obvio que la crisis de las ideologías, en especial del marxismo, cambió las cosas. Es lo que se alude cuando se habla, o se escribe, sobre el hundimiento de los grandes relatos, de las visiones de la vida que lo incluían todo, o que pretendían incluir respuestas a todos los interrogantes. Esto no arrastró, en lo inmediato al menos, al psicoanálisis, porque el psicoanálisis tenía ya, dentro de sí, una cierta ruptura con esta idea del gran relato. El mismo Lacan había puesto en cuestión la idea de totalidad. Había puesto en cuestión la idea con su famosa frase no hay metalenguaje. No había metarrelatos omniexplicativos, funcionales, teleológicos, etcétera. Esto ya estaba implícito en el psicoanálisis. Entonces, me parece que el intento de desplazamiento del psicoanálisis de la escena se debe a otros motivos más sutiles de política.
- ¿Cuáles fueron?
- No olvidemos que en la Argentina se quiso identificar al psicoanálisis con los años de la última dictadura. Hubo un intento de organización institucional que naufragó en la época de la dictadura y fue a partir de 1984, con el Tercer Encuentro del Campo Freudiano -recuerdo que vino gente de todo el mundo; más de mil personas se dieron cita en el Teatro San Martín-, que se abrió en la Argentina la posibilidad de reorganizar el psicoanálisis que había sobrevivido en la nebulosa, mediante un lenguaje un poco metafórico, incomprensible. Ese no poder decir la cosas en forma directa de los años de la dictadura fue un primer golpe para el psicoanálisis.
- ¿Esa etapa contribuyó al descrédito de la palabra?
- Sí, pero hay otra cuestión más amplia: es la tensión entre la cultura estadounidense y la cultura europea, en especial la cultura francesa, que tiene una aspiración universal. Las particularidades de la cultura estadounidense son importantes, como por ejemplo que la medicación sea obligatoria en el tratamiento psicoanalítico. Si un terapeuta atiende a una persona que tiene, como se dice, entre comillas, un brote psicótico, puede ser llevado a los tribunales, que le preguntan cuál fue la medicación que le dio. Y si no lo medicó puede ser juzgado porque la medicación es obligatoria. Son, digamos, particularidades de la organización estadounidense, que ya venían de una discusión con Freud cuando sus interlocutores en Estados Unidos -cuando Freud dio allí su famosa conferencia- le dijeron: Ustedes hagan lo que quieran en Viena. pero aquí, si no son médicos, no pueden ser psicoanalistas.
- Pero el psicoanálisis tuvo que vivir toda su vida con imputaciones, a veces veladas, otras abiertas, de charlatanería...
- En la historia del psicoanálisis, esto se llama el conflicto del análisis laico. Laico se suele traducir como profano, pero su significado real es un hijo del siglo; un laico es alguien que no tiene tradición religiosa, pero no profana nada. Hoy resume el conflicto de los analistas laicos versus los médicos, importante en las leyes estadounidenses contra la charlatanería, contra la estafa, que condenaron a Wilhelm Reich y le crearon un problema cuando fue a practicar a Estados Unidos. Freud escribió un texto -El análisis de los laicos- en 1926, defendiendo la posición laica frente a los médicos. Ironizó diciendo: Sí, hay que cuidar al psicoanálisis de lo profano, de lo silvestre, especialmente de los médicos. Sí, es una polémica vieja, no saldada tampoco en la Argentina, donde hasta hoy está vedado crear una universidad de psicoanálisis en la estructura académica tradicional. Se puede armar una universidad de psicología, de antropología, de cualquier otra cosa, y enseñar psicoanálisis. Pero si uno quiere hacer un instituto -un instituto es una universidad de una sola disciplina- puede hacer un contrato con una universidad que ya existe y alojar la disciplina allí como posgrado.
Nada es inocente
- ¿No es sólo una tensión académica, verdad? ¿Hay un regreso del valor de la medicación, de la química, de soluciones rápidas para problemas que también cambian velozmente?
- Sí, y también eso es poco científico. El Prozac, la droga antidepresiva, es un ejemplo. Tiene efectos secundarios y, como todas las medicaciones, tiene contraindicaciones. Eso, en Platón, se llamaba el pharmacon. El pharmacon quiere decir que no hay nada que cure y que no enferme a la vez. Es la teoría del justo medio, después, en Aristóteles. El problema es que no hay soluciones que no tengan contraindicaciones. En la pugna de los discursos, el científico y el psicoanalítico leen, cada uno, las contraindicaciones del discurso del otro. Yo leo las contraindicaciones del discurso de la psiquiatría y la psiquiatría lee las contraindicaciones del discurso del psicoanálisis, que es presentado como un largo proceso de resultado incierto. Es como tomar todas las comedias burguesas sobre el matrimonio para demostrar que el matrimonio no funciona. Se juntan las comedias burguesas y se demuestra que, como decía Bernard Shaw, el matrimonio es una cuestión de dos que sólo funciona entre tres. Pero esto no evita que la gente se siga casando. El cuestionamiento al psicoanálisis no evita que la gente siga preguntándose angustiadamente sobre el sentido de sus vidas y no hay respuesta para ese interrogante en ninguna pastilla.
- Esto remite a otra puja, o tensión, casi eterna del psicoanálisis, esta vez con la religión. ¿No están siendo revalorizadas hoy también esas respuestas religiosas?
- En el año 73, Lacan afirmó en Roma: Si la religión triunfa, el psicoanálisis fracasa. Y agregó: Y la religión triunfa. Se está viendo hoy en día, en los llamados fundamentalismos, el retorno de la religión por todos lados. Incluso entre intelectuales europeos, que reflexionan sobre la religión. Es como decir: Renunciamos al famoso debate de las luces. Está vigente la pregunta de Kant: ¿Por qué somos culpables de vivir en una minoría de edad? En el sentido que Kant lo dice es no guiarse por la propia razón.
- En su práctica como terapeuta, ¿percibe la declinación de la confianza en el psicoanálisis como sistema, paralela a la declinación de la palabra?
- En algunos casos sí, en otros no tanto. Lo que sí es cierto es que el psicoanálisis no puede ser postulado como antes como ideal social y no sé si esto es necesariamente malo para el psicoanálisis. Además, la verdad es que aquí muchas personas han practicado o practican el psicoanálisis un poco frívolamente.
- ¿Cómo se practica el psicoanálisis frívolamente?
- Es un problema de formación, lo que nos remite otra vez a la tensión con lo académico. Alguien estudia psicología y en esa carrera el psicoanálisis es apenas algunas materias. Con esas materias que estudió ahí, y a lo mejor fue y se analizó uno o dos años en algún lado, comienza a trabajar. Así es como si alguien decidiera empezar a construir una casa para estudiar arquitectura. Comienza a trabajar, ve que no puede, fracasa una o dos veces y ni siquiera ese fracaso es vivido como algo demasiado grave, sino es simplemente que los pacientes dejan de venir. Y las facultades colaboran con esto, desacreditando el psicoanálisis.
- Usted es un terapeuta de formación autodidacta, ¿no podría imputársele algo de esa misma frivolidad?
- ¿Formación de autodidacta? No, formación de príncipe, porque yo elegí a mis maestros, quería estudiar y estudiaba con ellos. Comencé con Oscar Massota y estudié muy sistemáticamente. Había que estudiar lingüística, antropología... Iba a clases libres a la facultad. Me acuerdo de haber estudiado con un tal Buca, que enseñaba a Martiné; después fui a cursos de Gregorio Klimovsky sobre modelos hipotéticos deductivos. Después seguí en Europa, en Francia -donde me analicé e ingresé en la Asociación Mundial de Psicoanálisis- y también en España. Mi formación puede ser extrauniversitaria, pero me llevó una vida.

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