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El psicoanálisis en la cultura

A propósito de

El Psicoanálisis y los debates culturales : ejemplos argentinos

de Germán García, Paidós 2005

 

¿Decimos verdad cuando describimos las cosas tal como son, sin ocuparnos de cómo el que nos oye interpretará nuestras palabras?

S.Freud, 1905.

 

Con esta singular investigación, Germán García confirma la agudeza que lo caracteriza en la lectura de la presencia del psicoanálisis en Argentina, y su ubicación en el contexto internacional. Su estilo da lugar a que la situación del psicoanálisis en medio de los debates culturales, se realice con humor y una sutil ironía, que tornan amena la lectura (la descripción de Joseph Wortis es un ejemplo). No se trata de un libro de historia, pero cumple con uno de los requisitos que consideraba Marc Bloch que debía tener una obra de ese ámbito, ser entretenida.

Una vez más el autor presenta un texto que vuelve a orientar la lectura sobre el fenómeno del psicoanálisis en la Argentina. Ya había entregado en el año 1978, en La entrada del psicoanálisis en la Argentina –recientemente reeditado- el primer libro sobre la historia del psicoanálisis en nuestro país, que señalaba de qué manera el discurso freudiano había conocido otros antecedentes que la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1942, desde 1910 con Germán Greve, antecedente que por diversas razones había sido silenciado, entre las cuales se podría mencionar la confrontación de Anibal Ponce y José Ingenieros con el discurso psicoanalítico. También luego, Thénon y Berman. De igual modo, la fundación de la APA no producía el retorno del lenguaje freudiano sino un cierto desplazamiento hacia la lengua inglesa.

Si bien él mismo realiza cierta crítica de aquel texto, un exceso de platonismo, sus argumentaciones fueron copiadas sin ser citadas, por la bibliografía secundaria, en algún caso por un libro de historia de una institución, en otro, como el caso del saludo de Jones, es tomado en un reciente libro sobre la historia de la salud mental como una originalidad, sin mencionar que ya había sido señalado. En el aludido texto, se llega a mencionar a Pizarro Crespo como quien cita a Lacan en 1936 por primera vez, y se dice en la nota al pie de página que “también” es citado por Germán García. Pero ello no ocurre ahora, de manera simultánea, sino 26 años antes. Por otra parte en La entrada se puede leer que la primera referencia a Jacques Lacan se encuentra en la revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal dirigida por Osvaldo Loudet en el número 117 de 1933. Datos para la historiografía. La importancia de aquel libro radica en que mostraba que no podía ser pensado el psicoanálisis sólo desde el aspecto institucional formal, sino en todo caso que la configuración de ese espacio formal era una consecuencia de un cierto discurrir del psicoanálisis por diversos ámbitos, desde la medicina, pasando por la psiquiatría, para culminar en los buenos oficios de la psicología. El psicoanálisis, se mostraba ya, no podía ser pensado sin la cultura. Hay cierta coincidencia con lo que afirmaba Risieri Frondizi en su libro sobre la universidad, cuando decía que no tendrían destino los profesionales que se aferraran a la educación enciclopédica, sin tomar en cuenta la formación cultural. Criticando a quienes piensan que se puede tener cultura como se tienen trajes elegantes, y advirtiendo que la enciclopedia andante puede dar información sobre cualquier cosa, pero es incapaz de emitir juicio fundado. No se trata la cultura, entonces, de la mera información. Algo más que eso es lo que se encuentra en la multiplicidad de referencias de esta nueva investigación.

Puede decirse que aquel texto ha sido un excelente antecedente para el estudio que hoy habla del psicoanálisis y los debates culturales. El que a pesar del título no debe ser ubicado en la línea de los estudios culturales, sino cercano a la tensión de campos de Bordieu. Y si el “debate con la cultura” no debe reducirse al “debate con la política”, pues como afirma G. García, el psicoanálisis “es constituyente de la política al proponer al síntoma como inmanente a los lazos sociales”; no hay que olvidar otro texto, Psicoanálisis, una política del síntoma, en el cual ubicaba el tema específico del psicoanálisis, que también había sido dejado de lado por el discurso oficial hasta los ’70. Hay que decir hasta entonces, ya que los ’70 mostraron esa suerte de vocación lacaniana de la que hablaba Masotta y que transformaron el psicoanálisis en la Argentina (aunque en el capítulo sobre B. Verbitsky hace saber que no todo era “vocación lacaniana”). Transformación de la cual G. García fue uno de sus responsables directos, tanto en nuestro país, como en Barcelona a fines de los ’70, y comienzos de los ‘80. Otro antecedente importante en el caso de una investigación de quien hoy nos ocupa, es lo que ha hecho en otros ámbitos ligados justamente a los debates culturales: instalar la lectura de un autor como Macedonio Fernández, desde un reportaje que hiciera a diferentes personas que lo habían conocido, hasta un estudio sobre su escritura. También destacar la originalidad y el humor de la obra de Gombrowicz. Ese aire vanguardista no ha sido abandonado. Quien llegue a la lectura de esta obra con la expectativa de encontrar alguna originalidad no se verá defraudado.

No es una historia contada por un historiador, sino desde la perspectiva del psicoanálisis, lo que implica dar la palabra a los actores. Es decir, dejar hablar a Ramos Mejía (quien hace saber que Rosas “hace prosa” a sabiendas), antes que describir una vez más el positivismo argentino de comienzos del siglo XX. Dejar hablar –de manera sorprendente- al psicoanalista B. Székeley, conocido en otra época en los ámbitos académicos por ser el autor de los famosos tomos sobre los tests, antes que por su sensibilidad por la audiencia y su producción psicoanalítica. No falta por supuesto, el análisis que se merece el positivismo, pero a ello se agrega un excelente recorrido sobre el papel del romanticismo. Muestra la vinculación de Echeverría con el movimiento romántico de Sturm und Drang aunque él no lo supiera, de igual modo que Freud se vinculara con la misma corriente aunque hiciera “ciencia de los sueños”.

En la diferenciación que realiza Germán García entre J.M. Gutiérrez y su compañero de ruta E. Echeverría, se perfila la tesis que recorre el libro: “La literatura es particular pero la ciencia es universal”. Si Echeverría quería olvidar –como Descartes- todo lo aprendido para llegar a la verdad, Gutiérrez intentaba rescatar la universalidad de la ciencia. Fue la posición de éste la que se impuso entre Ramos Mejía, Ingenieros y otros positivistas. Desde el hombre de las multitudes junto con el positivismo ambiente, tuvo lugar el movimiento de eugenesia, que tendría en Bernardo de Quirós su principal representante. La tesis muestra que el psicoanálisis es un retorno del romanticismo de mediados del siglo XIX, desplazado por el positivismo de comienzos del siglo XX. Aquella sensibilidad del romanticismo desplazada por el positivismo, encuentra nuevas vías de expresión con la emergencia del psicoanálisis, en particular a partir de la década del treinta. Una preocupación por la palabra más allá de la exactitud, presente en la frase del epígrafe de Freud. El psicoanálisis hará su ingreso considerando la particularidad, como hiciera el romanticismo con la literatura, con una cierta preocupación por la audiencia, desplazando la falta de sensibilidad del positivismo y su gusto por la teratología (la afición de Ingenieros por ésta resulta caracterizada por sus contactos jurídicos-policiales). Asimismo, vuelve a mostrar las dificultades de transferencia de Thénon con el psicoanálisis, y su elección por la psiquiatría científica.

Si algunos dejan de lado el psicoanálisis por razones científicas o políticas, otros lo harán por una cuestión de gusto, como V. Ocampo a través de la difusión de Jung en Sur. Si la historia aludida en La entrada del psicoanálisis mostraba la manera en que se había desplazado la producción psicoanalítica, de la lengua alemana a la inglesa, y de allí a la psicosomática y otros derivados; en el presente ensayo damos con los modos en que fue presentándose el psicoanálisis en el campo de la literatura en diversos momentos: con Victoria Ocampo y el lenguaje junguiano, acorde a las familias distinguidas, frente al procaz Freud. Merece ser leída la simpática intervención de Jung en la respuesta al conde Keyserling sobre las características de Ocampo (sin conocer mucho de ella) y la diferente interpretación que hubiera tenido la posición de la dama en el rudo lenguaje de Freud. No falta la libre interpretación de Freud por parte de Martinez Estrada, quien en sus análisis de Tótem y Tabú se acerca –curiosamente- a Ramos Mejía más que a Freud.

Ambigüedad es lo que se encuentra en la relación de M. Puig con el psicoanálisis, a través de su asesora analítica (quien como se puede leer en otro sitio, estaba preocupada por la locura de Masotta). Aunque en el caso de la obra de Puig el psicoanálisis es explícito, así como su relación con los grupos psicoanalíticos, su vinculación con el mismo no deja de ser equívoca, ya que hace lo opuesto del psicoanálisis: paga por un relato en vez de cobrar. Algo en lo que –se señala- Henry Miller no se equivocaba. Asimismo, compartió las ideas de Jung, y se acercó a autores como Reich y Marcuse entre otros. El inconsciente estructurado como un lenguaje de Lacan, se transforma en el inconsciente estructurado como un folletín según la descripción de R. Piglia. Por su parte, la confrontación de E. Castelnuovo con R. Arlt, ubica al primero del lado de la psicología, interpelando a los personajes como expresión del autor. Algo prefreudiano dirá el autor. En lugar de ello, la propuesta de G. García es tomar la obra de R. Arlt para un estudio del lenguaje. Pero en el terreno de la literatura, es el rescate de la obra de Leonor Picchetti –Los pájaros del bosque- lo peculiar, pues presenta una confluencia del psicoanálisis y Joyce, algunos años antes que Lacan se ocupara del tema. Quizás el punto donde los aires vanguardistas son más claros, ¿dónde se puede leer algo sobre esta autora sino en este texto? Búsquese en la biblioteca global que no se encontrará.

Los avatares de A. Garma entre España, Berlín y Argentina, lo convierten en figura del psicoanálisis oficial. El autor lo ubica como el representante legítimo, que pasa de ser el analizante laico de Theodor Reik, a plantearse como discípulo de los ilustres Santiago Cajal y Gregorio Marañon, mostrando preferencia por los aspectos psiquiátricos del psicoanálisis, que lo conduce a elegir el programa de Nueva York para la práctica del psicoanálisis, que dejaba fuera de la misma a los no médicos (Caroline Newton fue el caso paradigmático). La presencia de Garma, junto con Cárcamo y otros, dará lugar a la creación de APA y al desplazamiento de una figura como Bela Székely. De destacada actuación en nuestro país, con algunas charlas y libros sobre psicoanálisis, pero reconocido hasta hoy por ser el autor de los 3 tomos de tests, con los cuales se formaran en otra época los psicólogos en nuestro país. Rescata del olvido la producción en el campo del psicoanálisis de Székeley desde el Colegio Libre de Estudios Superiores, hasta tomar sus conferencias como un programa y confrontarlo con el de Garma. Hay que destacar como G. García indica, el trabajo previo de Federico Neiburg sobre el papel del Colegio Libre de Estudios Superiores. Aunque finalmente propusiera dejar de lado la metapsicología freudiana, para conciliar psicoanálisis y marxismo, Székeley hace hablar al psicoanálisis en la institución de la que fuera excluido por la acción de A. Ponce. Por ello, destacar el papel de Székeley como un analista a la deriva, es propio de esta investigación y no deja de resultar audaz la comparación de su figura con la de Oscar Masotta, las similitudes en cuanto a sus preocupaciones por la audiencia y la posición de ambos en cuanto al psicoanálisis “oficial”. La audiencia me intimida, decía Masotta. Ya leeremos, siguiendo lo que Steiner denominaba el acomodo universitario, la bibliografía secundaria de las monografías, sobre el papel de Székeley en el psicoanálisis argentino, y sus influencias y contactos en Brasil y Chile. O quizás, porque este libro - como afirma G.García- es el proyecto de varios libros.

Otra originalidad del texto es la confrontación, también audaz, de A. Racovsky con Bioy Casares y Borges, contraponiendo el filicidio del primero -quien en la ocasión se anticipa a un trabajo similar realizado por Leclaire en Francia- con una novela del segundo donde la situación es la inversa, los jóvenes matan a los viejos. Mediando entre ambos, la obra conjunta de Bioy con Borges, donde el monstruo estaba fuera de la familia. En dicha confrontación los acontecimientos, y la posición de los escritores frente a los mismos (Tlatelolco, México, 1968), parecen dar la razón al psicoanalista. La introducción de Masotta en la discusión es para indicar la difusión de J. Lacan en Buenos Aires y que otra interpretación era posible. Como la aparición del niño de Lamborghini. A su vez, la opinión del historiador de la ciencia M. Serres, parecería convalidar la posición de A. Rascovsky.

A. Garma, B. Székeley y Oscar Masotta, son tres nombres por los cuales circulará el psicoanálisis. Pero el destino de éste último no sería la deriva, pues a partir de una “operación” política, y ante el asombro de sus viejos amigos se convertiría “en la cabeza visible de una pandilla que polemiza con la izquierda y pretende discutir la ‘natural’ pertenencia del psicoanálisis al campo de la medicina”. Es que los psicólogos, siempre subordinados a los miembros médicos de APA –desde la ley Carrillo de 1954 a la ley 17132 de 1967- en el encuentro con Masotta, daban con la posibilidad de pasar de la retaguardia del kleinismo a ser la vanguardia del lacanismo.

Sobre el final G.García toma una temática de Eric Laurent, ciudades analíticas, donde las multitudes que confrontan no son las de R. Mejía, sino las de Canetti, hombres y mujeres que lo hacen en oposición y colaboración, y ha hablado antes de la novela del mexicano J.Volpi, una sátira contra el psicoanálisis, que muestra “la distancia de México con el psicoanálisis francés” que circula entre los argentinos. Ello permite pensar el tema de la recepción, que produjo fenómenos curiosos, como que E. Fromm fuera un “clínico” para los mexicanos, mientras en Buenos Aires resultaba un liberal con aires progresistas, es decir, usado políticamente. Para fijar luego su posición, haciendo referencia a un psicoanalista al que le imputa su renovado interés por el psicoanálisis, y que ha intervenido de manera “decisiva en la configuración del psicoanálisis en la Argentina”, Jacques – Alain Miller, quien por su preocupación por la audiencia entra en la serie Székeley- Masotta. Sus argumentaciones referidas a J.Lacan, en el que nunca sus enunciados dejan olvidar su enunciación, permiten concluir que la audiencia no “constituye un interlocutor imparcial sino que forma parte de la demostración que se le dirige”.

Desde aquella primera obra referida, G. García introducía algo que no es frecuente encontrar en los ensayos: el modo en que se puede escribir la historia a partir de la introducción de la figura del psicoanalista en el relato. Aunque por cierto, como fue dicho, no es éste un libro de historia, sino que utiliza elementos de la historia para escribir un ensayo. En tal sentido es inevitable relacionar el trabajo llevado adelante en esta investigación, con lo mencionado por Michel de Certeau cuando contaba qué hacía Freud con la historia, quien tomando por su cuenta los productos fabricados por la etnología o la historia de su tiempo, los organizaba en función de “otro tipo de unidad o de objeto científico”, planteando otro problema. Por eso, si la cultura interviene desplazando las representaciones, creyendo que al borrar lo imaginario únicamente se dedica a cuidar o a suprimir, lo que en realidad hace es ocultar mejor y de otro modo. A pesar de los modos, la lectura de este libro permite descubrir qué es lo que se ha ocultado en los debates culturales.

Marcelo Izaguirre

 

 
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