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Gombrowicz en otra lengua, sin otra música

 por Germán García

Witold Gombrowicz (Polonia, 1904 – Francia, 1969) vivió en Argentina entre 1939 y 1963, años en los que escribe algunas de sus obras fundamentales en la periferia de la cultura de Buenos Aires, que por aquellos años tenía como insignia una revista de proyección internacional, dirigida por Victoria Ocampo, llamada Sur.

Durante más de una década se entrevera con la bohemia porteña formada por grupos de izquierda y habitantes de la noche que llenan los bares y profesan diversos credos estéticos.

En este ambiente encuentra sus primeros amigos, extranjeros como Virgilio Piñera y solitarios, como el poeta Carlos Mastronardi.

Tiene algunas intervenciones al estilo Dadá. Recita un poema que es la repetición de un estribillo infantil, publica con seudónimos diversos artículos en La Nación y otras publicaciones.

La revista que dirige Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio Fernández, anticipa una parte de la traducción de Ferdydurke. Una amiga, en una editorial dedicada a las partituras musicales, le publica la obra de teatro El matrimonio, etcétera.

Witold Gombrowicz circula dentro de la cultura de Buenos Aires, pero por fuera de la cultura de Sur, cuyo grupo será el blanco de sus ataques.

Intenta convertir en legendaria una comida en casa de Adolfo Bioy Casares, pero los anfitriones no se dan por enterados. El diario de Bioy Casares lo nombra una vez en una frase desdeñosa: Gombrowicz no vale el esfuerzo de estirar un brazo para tomar el libro de la biblioteca, escribe. En cuanto a Borges, me aseguró una vez que Gombrowicz era “un invento de Mastronardi”. Es decir, que no existía.

Así las cosas, la Editorial Argos (prestigiosa en su época) publica en 1947 Ferdydurke y, ese mismo año, Gombrowicz dicta su conferencia “Contra la Poesía” ( Ricardo Piglia me sugiere que el antagonista es Carlos Mastronardi, admirador de la poesía “pura” de Paul Válery, de quien se había distanciado).

 

Futuro anterior

 

Ferdydurke (1937) incluye un poema que celebra el amor ideal, sin nombrar una sola vez el muslo. El narrador, adulto vuelto puber y atrapado por la escuela, había descubierto el erotismo en los muslos – a contraluz del sol, enmarcado en una ventana – de la colegiala moderna. Traduce el poema: muslos, muslos, muslos... y así de seguido.

Luego experimenta un fenómeno de hastío y rechazo al comprobar que los poemas que celebran a los héroes de la patria y que tanto emocionan…. no emocionan. Que esos héroes amados…. no son amados: “ Por qué los amamos, si no los amamos nada”. Por último, en el “Prefacio al Filimor forrado de niño”, de la misma novela, se expone un verdadero manifiesto sobre la génesis del libro. Extraordinario, cualquier cita diría poco: hay que leerlo.

La antipoesía de Gombrowicz se opone a la belleza y lo sublime – lo siento por Lyotard - : los muslos no entran en las categorías de Kant.

La estrategia.

En 1947 la publicación de Ferdydurke en castellano es una transcripción original lograda por la mediación de la lengua francesa. Los amigos sudamericanos no leen el polaco, el castellano de Gombrowicz – según dice – es el de un niño de pocos años. Pero, como un niño, Gombrowicz importa palabras que su capricho sonoro le dictan como provistas de las resonancias que quiere. Es decir, hace poesía de otro tipo.

La aparición del libro será acompañada de la conferencia “Contra la poesía”, pronunciada en el centro cultural Fray Mocho de Buenos Aires el 28 de agosto de 1947.

Virgilio Piñera, escritor cubano y parte del equipo de traducción de Ferdyurke, publica con Gombrowicz Victrola (Revista de la insistencia) y acto seguido Aurora (Revista de la resistencia). La dirección es la misma; el departamento de Carlos Coldaroli en la calle Junín 1381, de Buenos Aires.

La victrola, el instrumento musical, vuelve con la misma música: la insistencia. La aurora, metáfora de la juventud de la que se burla en Ferdydurke, da nombre a la resistencia (palabra que en aquel momento designa actividades clandestinas contra el nazismo). Aurora, en su artículo de fondo, dice: “Es verdad que todos funcionan y se sabe que Borges publicará un nuevo libro de altos quilates, Capdevila un volumen de romances y Larreta una manzana. Pero no hay vida.” Una vez más, faltan muslos. Por eso la cantinela de la Victrola, cuando declara sus cuatro amores: “Uno: La Francia Inmortal con París el Eterno. Dos: Inglaterra de Shakespiere, de la Bronté y de Lawrence. Tres: La revista Sur. Cuatro: La poesía, los poetas, los libros de versos, las conferencias sobre la esencia y presencia de la poesía”. Una solicitada aclara: “Yo, hace ya bastante tiempo que dejé de ser yo para ser Marcel Proust (siempre me encantó Proust)”.

La poesía sublime, entonces, tiene su musa en una Victoria Ocampo implícita en la declaración de los cuatro amores.

Gombrowicz y sus amigos afirman que por más que intenten elevarse, se hunden por el peso de semejante ideales de cultura. Consecuente, la conferencia “contra la poesía” propone un antídoto.

 

Exiliado de su lengua

“Soy un forastero totalmente desconocido – dice en la conferencia contra la poesía - carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quien sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud?. A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar que quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental”.

Elemental aquí, si la dieta obligatoria es buena, significa que sin ornamentos ni filigranas se llega a los elementos que componen el poema: al barrer esa proliferación de naderías poéticas aparecen los muslos que sostienen en secreto la actividad poética. Gombrowicz acepta que su tesis parecerá “desesperadamente infantil”, pero la subraya: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado.

La cláusula restrictiva (“la poesía versificada”) cumple la función de situar a la poesía fuera de sí, en cualquier otra parte: “...y cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostoievski, de Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano, tiemblo como cualquier mortal”. Mezclada con otros elementos, por arriba y por abajo de la “poesía pura”, la poesía multiplica su presencia en la vida sin que siempre haga falta un poeta conciente de su “misión”, cuya mistificación Gombrowicz ataca.

Gombrowicz, ayuno de su lengua natal, encuentra en su castellano de niño los elementos que le permiten situar la poesía fuera de lo que llamará el mundo profesional de los poetas, mediante una apelación de vanguardia:” El poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta...”. Se instituye así el polo de la vida, del hombre común, para descolocar la empresa intrapoética: “¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar ‘puro’. El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado”.

 

Cambio de frente.

La conferencia “Contra la poesía” dictada en Buenos Aires en 1947 se publica con el título “Contra los poetas” en Kultura (1951), la revista polaca que se edita en París. Aquí se nombran poetas, se varían algunas frases, se toma la palabra en otra posición: “Habría sido más prudente por mi parte no remover uno de los escasos ámbitos de tipo religioso que nos queda”. Ya no se trata de temas “drásticos”, tampoco se declara en desventaja. Como sabemos, por la respuesta de Czeslaw Milosz, era adecuado cambiar el ataque a la poesía (1947) por el ataque a los poetas (1951).

Gombrowicz está entre los suyos, sabe de quienes habla y para quienes habla: “¿Acaso no he dado, y con éxito, dos conciertos de piano, yo que no se tocar ni el Claro de luna? Dos conciertos en los que, tras asegurarme el aplauso de varios expertos advertidos de mi jugada y tras anunciar que tocaría música contemporánea, me puse a aporrear sin ton ni son el teclado”. Siguen otros ejemplos para demostrar que la poesía se adora porque no se entiende, como la misa que se escucha en latín.

Pero los límites de esta posición es que nadie puede sostenerla en la vida: “En efecto, ningún poeta es exclusivamente poeta, sino que en cada uno de ellos existe también el no-poeta, el que ni canta ni ama el canto...ser hombre es algo más amplio que ser poeta. El estilo nacido de entre los seguidores de una misma religión, sin embargo, muere al entrar en contacto con los infieles: no sabe defenderse, no sabe luchar, no sabe lidiar con la vida, su estilo es demasiado angosto”.

La demolición sigue y recupera el tono de las declaraciones de Ferdydurke, donde una lógica es puesta en contacto con el absurdo mediante secuencias de paradojas: “Otro aspecto, igualmente comprometedor, es el de la cantidad de poetas. A los excesos mencionados hay que añadir el exceso de vates. Una abundancia ultra democrática que mina desde dentro la orgullosa y aristocrática fortaleza de la poesía”.

“No deja de ser divertido verlos agolparse en los congresos de poesía: ¡qué muchedumbre de seres excepcionales! El Arte, que se recrea en el vacío, ¿no es, acaso el terreno ideal para aquellos que no son nada?”

El conjunto de los textos sobre el tema, reunidos ahora en un pequeño volumen de la editorial Sequitur (Buenos Aires, 2006) muestra que Gombrowicz practica lo que propone en la presentación de su novela Cosmos (1965), cuando escribe: por la repetición, por la repetición, se llega a la mitología.

“Contra la poesía” (1947), “Contra los poetas” (1951), “El maldito empequeñecimiento” (1952) y “A propósito de Dante” (1968) siguen la misma línea de ataque que se inicia en Ferdydurke (1937).

Se repite, se amplifica y se llega a tocar al otro (el texto sobre Dante enfureció a Ungaretti). Es un acierto de la editorial incluir, además de la carta de Czeslaw Milosz, el texto “A propósito de Ferdydurke” , escrito por Witold Gombrowicz en 1957 con la finalidad, una vez más, de repetir consignas que – por la repetición – adquirieron entre sus lectores el valor de tesis que se presentan como elementales y también como ineludibles.

 

 

 
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