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INFORME PARA EL PSICOANÁLISIS

por Beatriz Gez

A propósito del libro de Marcelo Izaguirre
Jacques Lacan: el anclaje de su enseñanza en la Argentina,
Editorial Catálogos, 2009

Hacer la historia para despertar de las profesiones que sirven de opio a los analistas.
Germán García, septiembre 1989

La frase del epígrafe era, por ese entonces, la propuesta de quien, en 1978, había publicado La entrada del psicoanálisis en la Argentina y, al regreso de España desde su columna en Babel, revista de libros, anunciaba que el tercer Coloquio de la revista Descartes trataría sobre los Treinta años de Lacan en la Argentina (1959-1989): ¿Qué pasó con Jacques Lacan, me refiero a los treinta años de su arribo a la Argentina? Aquí será necesario estudiar –tema también para una escuela- la función de las instituciones, los programas y los nombres propios. Oscar Masotta hizo un programa, hizo una escuela. ¿Qué efectos actuales tuvo eso? ¿Qué otros programas, qué otras instituciones, qué otros nombres propios?
Marcelo Izaguirre -quien en 1999 compiló y prologó el libro Oscar Masotta: el revés de la trama y, en el 2003, en colaboración, el libro Fragmentos de la historia del psicoanálisis en la Argentina- ahora en Jacques Lacan: el anclaje de su enseñanza en la Argentina considera central retomar la hipótesis de la irrupción del lacanismo antes de 1976 y documenta en forma exhaustiva y crítica que su anclaje respondió a que quienes lo impulsaban decidieron subordinar sus posiciones políticas a una política psicoanalítica con el interés de modificar el psicoanálisis imperante.
La pretensión explícita del autor es que el lector alcance una cierta perspectiva respecto de los tópicos establecidos en ese campo y -dadas las diferentes prácticas que el término psicoanálisis cubrió (y cubre) disputado por diversas profesiones- advierte, desde la introducción del libro, que su posición (respecto del ideal de objetividad detentado por quienes critican “las historias construidas por practicantes de la misma disciplina que historizan…”) se orienta, para hacer la historia, en el relato de Adolfo Saldías, quien luego de consultar a Mitre y Sarmiento respecto de la verdad histórica acerca de lo escrito sobre Rosas encuentra más interesante la posición del segundo. Jovencito: –le respondió Sarmiento al autor de la Historia de la Confederación- no tome como oro de buena ley todo lo que hemos escrito contra Rosas. Nosotros éramos sus enemigos políticos.
En síntesis, Izaguirre sin idealizar la historia, a la que considera -siguiendo a Carlo Guinzburg- que jamás puede ser una ciencia galileana, ni al psicoanálisis, que como cualquier otra práctica se ha desarrollado entre encuentros, peleas, apropiaciones, intereses de grupos, exilios, amores y odios, nos ofrece un texto vivo que sigue en su desarrollo los avatares de las instituciones, los programas, los nombres propios, los proyectos culturales y políticos que jugaron sus partidas en el anclaje del lacanismo en la Argentina tanto desde el interior como desde el exterior del país. El libro contiene un capítulo, escrito por Alicia Alonso, dedicado a “La propagación del psicoanálisis en lengua castellana”.
La expansión del fenómeno del psicoanálisis lacaniano, fundamentalmente en países como España, Venezuela y México, a partir del exilio forzado al que se vieron obligados los psicoanalistas argentinos (aunque algunos de ellos no hayan sido lacanianos al momento del exilio) es un aspecto ineludible cuando en el capítulo titulado “El psicoanálisis durante el proceso” se propone responder -al menos respecto del psicoanálisis lacaniano- a la pregunta que Hugo Vezzetti realizó en un artículo publicado en el suplemento cultural del diario Clarín en el verano de 2004: ¿Qué pasó con el psicoanálisis durante la dictadura? Para ello, sin ceñirse solamente al Proceso, considera e investiga también otros aspectos de ese período: 1. De qué manera los lacanianos se habían insertado, o no, en el ámbito de la Universidad. 2. Las críticas al lacanismo realizadas por diferentes psicoanalistas en los medios y también por algunas personalidades del ámbito académico. 3. Lo innegable de que dicha corriente ya se había establecido. 4. Las incidencias de la expansión del lacanismo en la Asociación Psicoanalítica Argentina. 5. La aparición de una profusa bibliografía sobre Lacan. 6. La realización del primer Encuentro del Campo freudiano en Caracas en 1980, al que concurrieron varios argentinos. 7. Los sucesivos Encuentros en los cuales participaron psicoanalistas que luego fueron tomando distancia del denominado Campo freudiano.
Sobre este tópico, mientras que Jacques Alain Miller, en Buenos Aires en julio de 1988, reconocía ante un público internacional –cito- ese mundo que viniendo de París, habríamos descubierto en Caracas, en 1980 no somos nosotros, de París, quienes lo hemos creado. Es la obra de un asombroso argentino, Oscar Masotta, gracias al que la enseñanza de Lacan conoció una difusión que se extendió a todo el mundo hispánico, durante los años sesenta, sin que Lacan interviniera en ello más que haciendo de Masotta un Miembro de la Escuela freudiana de París; Fernando Uribarri, director de Zona erógena, en un artículo publicado en Radar promediando el siglo XX, declaraba que el lacanismo se impuso sobre el imperialismo kleiniano en la Argentina durante la dictadura militar de 1976, pero en contradicción con lo dicho en el mismo artículo critica a aquellos que sostienen el mito de que Oscar Masotta introdujo a Lacan pues les recuerda que olvidan que Willy Baranger introdujo el poslacanismo invitando a Serge Leclaire, Andre Green, Piera Aulagnier. Usando esos argumentos -concluye Izaguirre- resulta insostenible la idea de que el lacanismo se hubiera instaurado en 1976.
Una cierta perspectiva, entonces, es que las alianzas con los psicoanalistas franceses que se habían distanciado de Lacan (La opinión del 9 de julio de 1978 titulaba “Contra Lacan” una entrevista realizada a Andre Green) fueron usadas para promover un poslacanismo porteño que al tiempo que desmentía la institucionalización del psicoanálisis lacaniano en Buenos Aires, en 1974, instalaba la idea que asocia lacanismo a dictadura ninguneando que la explosión del lacanismo en la década del ochenta, con la vuelta de la democracia, se debía a la propagación realizada en el exilio (exterior e interior) de quienes impulsaron dicho movimiento desde los tempranos sesenta.
Al respecto, el autor también señala la extraña omisión de la polémica “Psicoanálisis y política en la Argentina”, publicada en los números 25 y 27 (de marzo y julio de 1972) de Los libros, en el libro La batalla de las ideas (1943-1973), realizado con la colaboración de Carlos Altamirano por Beatriz Sarlo (ambos eran miembros del Consejo de dirección de Los libros cuando se publica la polémica), que cita la proclama de los grupos Plataforma y Documento pero no las respuestas, ante la creciente represión del campo intelectual argentino, que dieron lugar a una nueva configuración dividida entre quienes en nombre del psicoanálisis se dedicaron a llevar adelante las políticas gremiales de la salud mental y quienes apostaron a la política del psicoanálisis. En Los libros el tratamiento del campo psi comienza en 1969 con una clara demarcación de las controversias que sucedían en el interior del psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría -como también entre sí- hasta desembocar en un número (el 34 de marzo/abril 1974) completamente dedicado “a la politización del campo de la salud mental”, en el que las tres prácticas quedarán englobadas “como efecto de la radicalización de la luchas políticas y la protesta social” con el objeto de “promover una nueva organización institucional de la salud mental” centrada en el problema de la legislación de la salud así como en las movilizaciones gremiales. Este número, desde el editorial, está puesto en tensión con la citada polémica surgida a partir del comentario de Germán García (quien fue parte del consejo de dirección hasta el número 28) del libro Cuestionamos: 1971, Plataforma-documento. Ruptura con la APA -publicado por Granica, compilado y dirigido por Marie Langer- y de la posición crítica de Miriam Chorne y Juan Carlos Torre respecto de la proclama publicada, en el mismo número 25, por los grupos Plataforma y Documento, a quienes responderá, en el número 27, Gregorio Baremblitt, en su carácter “de miembro del grupo Plataforma argentino y de autor de dos de los artículos publicados en Cuestionamos”.
La “nueva perspectiva” que se plantea en el editorial de 1974 respecto de 1972 crea una falsa dicotomía entre “cientificistas” o “modernizadores” versus “populistas” o “revolucionarios” -que llega hasta nuestros días- analizada por Diego Peller, en “Pasiones teóricas en la revista Los libros”, respecto de otros campos de la cultura.
En el terreno del psicoanálisis, por ejemplo, la respuesta política de Oscar Masotta y de dieciocho personas más en junio de ese mismo año (1974) fue la institucionalización del lacanismo (¿”cientificistas/modernizadores” o “populistas /revolucionarios”?).

Beatriz Gez
Asociación Amigos de la Fundación Descartes

 

 
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