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El reino de las mujeres

por Graciela Musachi

Un titulo como este parece referirse a últimas noticias ya que se ha dicho que el siglo XXI será el siglo de las mujeres y precisamente las últimas noticias de todos los ámbitos parecen confirmar esos dichos.

Pero no son últimas noticias. El reino de las mujeres es el título del libro de Ricardo Coler cuyo subtítulo aclara casi todo: El último matriarcado. Es el producto de su fascinante viaje a la muy antigua comunidad Mosuo, en China, donde ha encontrado no sólo, al parecer, el último matriarcado sino el más puro, ya que en él las mujeres dan el nombre a la familia, tienen los niños y los crian sin más hombres que los consanguineos, tienen el dinero y las propiedades. Una familia consiste en este lazo consanguíneo. La comunidad parece especificarse por el ámbito de los hombres a tal punto que es un hombre el que la encarna como jefe, aunque su autoridad se refiera a ¡asuntos importantes que no tienen ninguna importancia!.

En lo que se refiere a las relaciones siempre en impasse entre hombres y mujeres (por lo menos en Occidente) , el autor encuentra particularidades para subrayar. Aclaremos que no sabemos si las ha encontrado porque las buscaba o si ellas han salido a su encuentro sin más: dado que los lazos son sólo consanguíneos, las relaciones entre hombres y mujeres parecen limitarse al gusto de cada uno. A tal punto que sería casi imposible decidir quien ha sido el genitor de un niño y tampoco interesa. En ocasiones algo parecido a esa cosa que llamamos amor puede producirse pero eso no implica un lazo ni demasiado estrecho ni de tanto valor como para llorarlo cuando ya no está. Aún así, aún así...

Aun así, su investigación podría hacernos conclúir que en las relaciones entre hombres y mujeres no hay progreso. Para dar la perspectiva tomaremos un testimonio citado por Germán García en El psicoanálisis y los debates culturales. Ejemplos argentinos (pág.113). Al referirse a la posición sexual de Manuel Puig en una época que aún no conocía el orgullo gay, G.García dice “Pero Manuel Puig no es un psicótico, su ser mujer se detiene en la metamorfosis estética, puesto que descubre en ella un defecto (Gladys) por donde volver al propio sexo: ´Me interesaba un personaje femenino que creyese todavía en la existencia del macho superior, y lo primero que se me ocurrió fue que hoy ese personaje no podía ser una mujer, porque una mujer de hoy día, de alguna manera, ya duda; a estas alturas ya duda de que exista ese partener que la va a guiar en todo. En cambio, un homosexual, con fijación femenina, sí, todavía, puede defender esa ideología, porque como desea ser mujer pero no puede realizar la experiencia de una mujer, no puede llegar a desengañarse y sigue en el engaño, en el sueño...´Yo siempre con la heroína´, dice el personaje de El beso de la mujer araña”.

Veamos lo que les sucede a las Mosuo (pag.171): “Se abstienen de intentar ser comprendidas (...), Las Mosuo profesan una sabiduría de lo que no hay, de lo que no puede encontrarse. (...) Es como si no esperaran hallar, en un hombre, otra cosa que lo que encuentran.”

O la transformación que se opera en la matriarca que, durante el día eleva la voz ante su interlocutor y “Cuando llega el momento de la seducción, los roles se invierten. El galanteo, la presencia, la manera de acercarse del varón es más cercana al estereotipo de las viejas costumbres de Occidente. (...) Aquí la mujer tiene toda la autoridad en sus manos pero con gusto la deja caer para poder ofrecerse con una imagen frágil, desprotegida y carente, al deseo de un hombre. Ellas esperan, se embellecen, se muestran apetecibles, ellos bailan haciendo alarde de virilidad para cautivarlas. (...) Por las noches (ellas) salen de su rol de matriarcas para seducir y durante el día lo retoman para trabajar. Pueden moverse, acomodarse a una u otra imagen sin quedar pegadas a ninguna de ellas (...) las jefas de la aldea entienden que tanto privilegio no es funcional al deseo del hombre.” (págs.183-4).

No sólo no hay progreso sino que ciertos rasgos del semblante femenino parecen atravesar las culturas. Además del gusto por ser atractivas y mantener la capacidad de seducción, hay un detalle notable en una cultura donde la liberalidad sexual conoce, sin embargo, un límite: “La rama masculina de la familia, bajo ningún aspecto, debe tener la menor referencia, alusión o indicio de la sexualidad de las mujeres de la propiedad.”. El pudor tiene su lugar de regulador. El deseo de la mater no debe mostrarse.

Por otra parte, dos referencias (que gustosamente llamaríamos lacanianas) a la particularidad del goce femenino: por un lado, el relato del status de las amigas en esta comunidad. ¿Qué las une? Hablar y gozar de los equívocos del lenguaje. Por el otro, el modo en que esta sociedad budista concibe el goce sexual Se trata de una experiencia mística. “Cuanto mayor la experiencia mística, mejor el goce erótico. (...) Consiste en alcanzar un grado de concentración que permitirá mantenerse en los umbrales del clímax. Intenta dar lugar a que el placer de la mujer, necesitado de tiempo y cuidado, alcance su plenitud. De esta manera, los amantes pueden compartir un éxtasis más proclive al orgasmo femenino que al de la eyaculación. Ellos consideran que la sexualidad de la mujer está más emparentada con lo místico, con lo espiritual. (...) ambos disfrutan de la sexualidad de ella.”

Felizmente

En la presentación de este libro en el Centro Descartes he afirmado que, felizmente, el libro habla del último matriarcado sin ceder a la tentación a la que sucumbió Bachofen con su libro El derecho materno. Allí sostenía que, originalmente, la humanidad se congregaba alrededor de la hetaira, fuente de goce no regulado por ninguna ley que, por la incidencia porgresiva de la institución religiosa, dio paso a la monogamia, al mismo tiempo paso del derecho materno al paterno. Como se comprobaría más tarde, las especulaciones de Bachofen sólo habían construído un mito que, sin embargo, alimentaría muchos otros mitos contemporáneos.

Freud, tantas veces imputado de misógino, se ocupó del matriarcado según Bachofen. Pero, para situar su posición al respecto, es necesario tambien deslindar que, respecto de las mujeres, encontramos en él tres tipos distintos de afirmaciones:

Su doxa, opiniones sin duda conservadoras respecto de las mujeres.

Su doctrina de la mujer como síntoma de la cultura (Weiblichkeit).

Su doctrina acerca de la sexualidad femenina como posición de una mujer respecto de su deseo y de su goce (weibliche Sexualitat)

Paul-Laurent Assoun, quien hace este deslinde, no hace más que “repetir” a Oscar Masotta: “Freud tal vez era bastante misógino a nivel de sus opiniones pero no lo era en absoluto a nivel de la teoría”. Verdaderamente fue su posición “conservadora” en su doxa la que le permitió de entrada, a Freud, no reducir una mujer ni a su destino social de síntoma ni a su destino “natural” de madre tanto como le permitió rchazar cualquier exaltación de la feminidad que significara nuevos ideales. Es este rechazo el que fundamenta su discrepancia fundamental con el mito-Bachofen. En una carta (14.5.1912) a Carl Jung, un discípulo que se había tragado todo ese cuento, Freud le dice que prefiere a Darwin y no a Bachofen. Y agrega “El matriarcado no ha de ser confundido con el dominio por parte de las mujeres. Este último no tiene gran importancia. El matriarcado resulta especialmente compatible con el rebajamiento poligámico de las mujeres.” ¿Debemos imputar estas afirmaciones a la doxa freudiana?.

¿Había conocido Freud a las Mosuo?. En todo caso, la palabra “dominio” para especificar las relaciones entre los sexos yerra por completo el blanco...

Sabemos que Freud contruye su propio mito para imaginar el origen de la cultura y es el mito del padre de la horda primitiva que gozaba de todas las mujers e imponía su ley a los hijos. El matriarcado aparece luego de que los hijos matan al padre y que, en un tercer tiempo, se organizan como patriarcas de su propia familia dando origen a la cultura tal como la conocemos. Al concebirla así, Freud no alimenta ninguna utopía de liberación sexual o retorno a la naturaleza de un goce que, de entrada, aparece como limitado por una ley que –aunque insensata- no está en la “naturaleza”.

Pulsación

Volvamos a los Mosuo. El autor llega a preguntarse si las diferencias entre ellos y nosotros son tantas. En su contabilidad sólo encuenttra una “Creo que hay una. La mujer Mosuo vive en las condiciones que vive y siente que ése es si sitio. Ella no anhela conocer al hombre de su vida con el que podrá sentirse completa y alcanzar un estado de felicidad que, supuestamente sólo él puede llegar a dale. Ni ella ni su comunidad validan la pareja como un ideal.”

Los Mosuo se sostienen con las leyes que le son propias y ellas organizan a su manera las relaciones entre hombres y mujeres pero ¿debemos concluír, a partir de estos testimonios, que se trata de una cultura sin puntos de impasse, sin imposibilidades, sin algo real que funcione como obstáculo a esas relaciones?. Aquí es donde se plantea el límite del antropólogo tal como lo hizo Levy-Strauss, o el límite del cuestionario del médico de la prepaga o del sociólogo que hace su estadístic ya que la mentira es una respuesta posible cuya verdad sólo podría descifrarse en un dispositivo analítico.

Pero ningún límite tiene tanto peso, en este caso, como el que cada lengua le impone al ser que habla por lo que, con más razón, es un límite infranqueable para el visitante en un grado difícil de medir y del que el autor da testimonio. La estructura lingüística china carece, por ejemplo, del verbo ser; además organiza, por esa estructura, un pensamiento monista centrado en el vacío que produce sus propios imposibles.

En definitiva, al cerrar el libro, el misterio de los Mosuo se vuelve patente pero tambien, al cerrarlo, sigue palpitando el modo en que se había abierto.

Al abrirse: la pregunta del Otro (“¿Qué estás buscando?”. “¿Qué me trajo hasta aquí?”).

Al cerrarse: ¡Click! (un pellizco...una mirada).

 

 
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