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CONFERENCIAS Y DEBATES
La crítica del placer y el placer de la crítica

Reseña de Sergio Piacentini

El pasado 14 de agosto, se realizó en el Centro Descartes, la presentación del libro de José Fernández Vega Lo contrario de la infelicidad: promesas estéticas y mutaciones políticas en el arte actual (Prometeo Libros, 2007). Evento de interés para los que participamos del Módulo de Investigación Lecturas de Masotta, especialmente en lo referente a la posición de Adorno sobre el ‘goce artístico’, y en íntima relación con las líneas abiertas en el curso de Germán García, del pasado enero, El psicoanálisis, entre modernidad y vanguardia.

La presentación consistió en una conversación del autor con Germán García sobre el tercer capítulo del libro, titulado “La crítica del placer y el placer de la crítica”. Germán García comienza relatando que la elección de este capítulo, para comentar en la presentación, se debe a que permitiría una mayor articulación con el psicoanálisis, pero advierte que el libro en los otros apartados se entrama con textos publicados en los últimos años sobre las vanguardias en Argentina (Giunta, Longoni, Mestman), como así también que la obra está recorrida en su extensión por una reflexión política sobre el conflicto (constitutivo de las vanguardias, afirma Germán García) entre vanguardias políticas y estéticas.

A partir de la observación escrita por Fernández Vega, en los primeros párrafos del capitulo mencionado, sobre una omnipresencia del hedonismo en la cultura de masas, Germán García describe la actual expansión de la belleza fuera del marco del arte, en “una especie de ideal de masas a través de gimnasios, cremas (…) tendientes a crear imágenes fascinantes para los otros”.

Germán García explica a continuación que es el placer para Freud. Relaciona el principio primario con los primeros versos de El Golem de Borges (2), (que cita Cratilo de Platón) donde los dioses hablan en un lenguaje en que la palabra es su referente, sin diferencia entre palabra y cosa: “Lo que se dice, es”. Al perderse esta situación original, surgiría el lenguaje convencional, pacto necesario para organizar la ciudad. Es esta la razón por la cual Platón echaría a los poetas de su República (Libro X de República, mencionado por Fernández Vega en pág. 59) y Sade pasará la vida en la cárcel. “No soy feliz, pero me siento bien”, dice Sade desde su confinamiento. Germán García diferencia aquí con esta cita, los adaptadamente felices, de la cultura de masas (de sonrientes conductores televisivos) y los que se sienten bien sin necesitar pactar con el lenguaje convencional, que incluso por exigencias estéticas lo ponen en cuestión, como Sade hace, y los poetas de la República harían. Según Germán García, José Fernández Vega propone revisar la lectura de un Platón moralista. El problema aquí para Platón, sería en cambio, político y pedagógico.

Fernández Vega, siguiendo con el recorrido de la posición de los filósofos sobre el arte, cita a Mario Bunge (pág. 58, nota 5, Lo contrario…) para quien la estética sería una “actividad legítima, pero carente de criterios objetivos e incapaz de afirmaciones demostrables. Excepto la “estética científica” que se ocupa de la apreciación del arte mediante la psicología experimental”. De esta definición, Fernández Vega subraya la palabra legítima diciendo que “si tiene, digamos así, los mismos problemas que, para él, tiene el psicoanálisis”, se pregunta porque para este filósofo el psicoanálisis es ilegítimo y la estética sería legitima. La respuesta sería que incluso en Bunge, cientificista e hiperracionalista, el arte tiene un lugar tradicional y legítimo para la irracionalidad. Bunge o Platón, el problema es el mismo, dice Fernández Vega: “¿Que posición tiene el arte frente a una disciplina que cree en la razón, que cree en la verdad, y que cree en la bondad?”. Explica luego, que al hablar de placer, debía visitar al psicoanálisis ya que la filosofía “tuvo relaciones muy episódicas con el placer”; dice que el placer es algo marginal en filosofía.

Adorno, sigue Fernández Vega, intenta entonces equilibrar una crítica del hedonismo, con una crítica de la sociedad burguesa que quiere gozar. Sin renunciar al placer, intenta ver cuales son los límites políticos de éste. Adorno muestra que el placer puede encubrir algo profundamente conservador. Digno de mención aquí, es la propuesta de Adorno de eliminar el concepto de ‘goce artístico’ como constitutivo del arte: “la experiencia artística es autónoma sólo cuando deshecha el gusto placentero”, cita Fernández Vega a Adorno (pág. 71).

Germán García añade, en cambio, que la teoría de Freud es útil a la teoría del arte de masas ya que para Freud “el artista no es el que expresa lo que le pasa, sino es el que sabe dirigirse a la fantasía de su audiencia”, agrega ejemplificando con los votos electrónicos inmediatos en los reality shows, que “la cultura de masas es un registro inmediato del placer de su clientela”. En cambio para las vanguardias históricas se trata de provocar, asquear, violentar. Aquí, sigue, “si hay algún placer, está del lado del que realiza la acción, pero no del lado del que la recibe”, defraudando la promesa de felicidad a la masa espectadora. Sobre esto, Fernández Vega afirma que el único pilar sólido que todavía mantenía el arte en su sentido tradicional, el de procurar placer, ha sido lesionado, “y el placer es retomado por la cultura de masas”, se trataría de la omnipresencia, fuera del arte, de un hedonismo de espectadores. Germán García agrega un comentario a esto, sobre una recuperación utilitarista del placer del arte, donde no se lo reconoce como arte, pero donde muchos artistas contribuyen: en la publicidad, el packaging, celulares y demás objetos tecnológicos. .

Sobre el placer, Germán García agrega el ejemplo del witz, “la cuestión del placer no se sitúa en el universal, ni tampoco se sitúa en una especie de mónada cerrada sobre el sujeto, el placer es social”, “nadie festeja un chiste si no toca algo de lo reprimido, pero la represión vuelve a caer en el mismo lugar y deja todo como estaba”. Fernández Vega, comparte y agrega que “el placer por un lado coquetea con la subversión y por otro lado puede tener un resultado conservador”.

La charla concluye con una especulación, sugerida por Beatriz Gez, respecto de si la exhortación de Adorno, en Teoría Estética, de ‘demoler el concepto de goce artístico como constitutivo de la obra de arte’, más que una crítica dirigida al psicoanálisis, responde a su posición respecto de los movimientos de la época (1968), de una “estética freudomarxista” o “marxista”, cuyo caballito de batalla, como refiere Fernández Vega, era el uso de la cita de Marx en Crítica de la economía política (2), con la que en lugar de hacer del arte una política, politizaban el arte perdiendo su autonomía. El ímpetu de la crítica de Adorno se traduce en identificarlo como un defensor de la alta cultura (ver capítulo IV) al punto de que en Buenos Aires, como señaló Germán García, es a través de la revista Sur que se introduce el marxismo de la escuela de Frankfurt, usando la crítica de esta a la “industria cultural” contra la cultura de masas en nuestro país.

  • “Si (como el griego afirma en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”, (“El Golem”, J.L.Borges, El otro, el mismo, 1964).
  • “Pero la dificultad no consiste en comprender que el arte griego y la epopeya están vinculados a ciertas formas de desarrollo social. La dificultad reside en que ambos nos procuran todavía un placer estético y que aún tienen para nosotros, en ciertos sentidos, el valor de normas y modelos inaccesibles.” (Crítica de la economía política, C. Marx, 1857.)

 

 
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