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Traiciones*

La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión

Comentado por Gisèle Ringuelet

 

Vivimos en una época que se supone libre de prejuicios sobre la sexualidad, pero: ¿por qué ciertos temas que atraviesan la sexualidad de las mujeres, como el aborto, se tiñen de apreciaciones morales?

En momentos donde las mujeres ocupan lugares de poder en la política y se destacan como directoras de películas o como escritoras, no deja de sorprender los discursos misóginos que circulan en relación a la sexualidad de las mujeres.

En el libroTraiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, específicamente en el capítulo cuatro titulado Las traidoras como putas, su autora, Ana Longoni, a partir de una investigación minuciosa y aguda, ubica como las sobrevivientes de la dictadura no sólo son consideradas traidoras por el sólo hecho de no haber sido muertas luego de ser apresadas, sino que: aquellas que mantuvieron relaciones sexuales o amorosas con sus captores son consideradas putas, término que se pegotea con el de traidora, transformándose ambos términos en sinónimos.

Si bien esta asociación de la figura de “puta” con el de traidora está arraigada en el imaginario social argentino y esta palabra está atribuida exclusivamente a las mujeres. La utilización de estos calificativos en los libros citados por Longoni (1), obstaculizan una reflexión sobre la década del setenta que escape a juicios preconcebidos.

Es sabido que tanto los hombres como las mujeres que fueron apresados en la dictadura no sólo sufrieron torturas y vejámenes en sus cuerpos sino que además perdieron sus nombres.

Pérdida que aquellos que militaban en la clandestinidad ya habían perpetrado y que Maria Negroni (2) recrea cuando escribe: “Con el tiempo hasta los alias que usábamos dejaron de servirnos. Tuvimos que inventarnos otros nuevos, escondernos aun más de nosotros mismos. Algunos lograban llevarse al nuevo nombre algún recuerdo de sí mismos: una pipa, un deseo de agradar, una falta de percepción del cuerpo, una sencilla fe en el mundo, unas alergias, cosas así. Casi enseguida, hubo que concentrarse en sobrevivir”.

Sobrevivir, ¿pero cómo hacerlo?, ¿quién puede saber cuál va a ser su respuesta frente a situaciones donde el horror se convierte en el instrumento habitual de existencia? Ahí los conocimientos establecidos no alcanzan y emergen experiencias inéditas con respuestas disímiles, en donde el trauma agujerea de manera singular a cada persona. Entonces ¿Cómo es posible, juzgar de putas y traidoras a las mujeres que entregaron su cuerpo y/o su corazón a sus captores pero no delataron ni brindaron información a los represores? ¿Por qué ese mote no fue otorgado a los hombres que tuvieron relaciones amorosas y/o sexuales con mujeres que pertenecían a las fuerzas de seguridad? ¿Por qué sólo a las mujeres se las considera culpables de acceder a este tipo de vínculos?

Si bien podemos afirmar que la sexualidad en los seres hablantes no tiene nada de natural, como puede suceder en los animales, ya que está atravesada por el lenguaje y comandada por lalengua de cada individuo; no termina de sorprender que los discursos amos que circulan, intenten apresar específicamente la sexualidad de las mujeres en categorías estándares. ¿Será que atender a la singularidad de los cuerpos femeninos puede trastocar estos discursos?

Paradójicamente al protagonismo inédito de las mujeres en la acción política de esos años, Ana Longoni recuerda el caso de una militante que fue “despromovida de su cargo de dirección por reconocer su infidelidad” (3) sanción que no fue del mismo tenor para el otro involucrado en el asunto.

¿Qué hace que persistan lo valores tradicionales de esposa fiel en detrimento de sus cualidades como dirigente? ¿Por qué son juzgadas las militantes citadas en el libro de Longoni por entregar su cuerpo y su corazón como si éstos pertenecieran a la causa de un ideal?

Tenemos entonces que a la dicotomía (4) héroes/mártires asignada a aquellos que murieron, versus traidores a los que sobrevivieron a los campos clandestinos de detención y que conforma la hipótesis principal de Longoni extraída de discursos que circulan, se agrega en el caso de las mujeres, el calificativo de puta-traidora, valor agregado que embarra y desoye aun más los relatos y experiencias singulares.

Quizás continué aún vigente, pero con algunas variantes, la hipótesis de Horst Kurnitzky, cuando plantea que fue primordialmente el sacrificio de la sexualidad femenina la que permitió la organización social y política de una época (en su libro La estructura libidinal del dinero. Contribución a la teoría de la feminidad).

Ahora que la producción de las mujeres no es sólo el alumbramiento de un ser sino también la producción literaria, artística o la actividad política, se mantiene no obstante, un rechazo a la singular “decisión” de cada mujer de gozar (amar y desear). Rechazo que no sólo proviene de los hombres sino que involucra también a las mujeres. En este punto nos confrontamos a lo real del sexo, que como señala Graciela Musachi, es la respuesta del sujeto, respuesta que lo nombra como lo más singular a partir del goce uno, “que casi siempre es el fantasma de lo peor” (5).

De esta manera, si consideramos el goce como lo que no se reduce a la escena sexual, sino que nos remite a los acontecimientos de la vida de las mujeres y principalmente al testimonio de sus palabras; será atendiendo a sus experiencias narradas por aquellas que han decidido tomar la palabra que podremos extraer algún saber que nos aproxime a verdades relativas.

Cada una con su estilo, como Actis Munú, Cristina Aldini, Liliana Gardella, Miriam Lewis, y Elisa Tokar, en Ese infierno. Conversaciones de cinco Mujeres sobrevivientes de la Esma o la novela de Maria Negroni La Anunciación que relata en forma irónica, onírica y fragmentaria la experiencia crítica de su militancia política; son ejemplos de voces que sostiene una lectura despojada de simplificaciones reduccionistas y que nos sumergen en una compleja y enmarañada idiosincrasia argentina.

Quedará entonces intentar cernir a partir de sus dichos y sus silencios què ideas de cuerpo tenían y como era experimentada la sexualidad. Cuestiones poco abordadas y que merecen ser investigadas para que salgan del ostracismo en las que están sumergidas.

 

* Ana Longoni Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión. Grupo editorial Norma. Año 2.007.

 

Notas:

(1) Ana Longoni analiza tres novelas publicadas en contextos políticos diferentes pero que tienen en común el uso de testimonios de sobrevivientes como materia prima de reelaboración ficcional: el de Miguel Bonasso Recuerdo de la muerte (1984), el de Rolo Diez Los compañeros, publicado en México en los años 80 y reeditado en la ciudad de La Plata en el 2.000 y por último el libro de Liliana Hecker El fin de la historia de 1996

(2) Maria Negroni La Anunciación. Seis Barral Biblioteca breve. Año 2.007. Pág.134

(3) Ana Longoni Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión. Grupo editorial Norma. Año 2.007. Pág. 149.

(4) Ana Longoni idem 3. “Ambas construcciones (la de la victimización, la de la heroicidad), aun en su diferencia, coinciden en despolitizar lo ocurrido en tanto la primera evita reconocer o esconde la condición política, la militancia muchas veces armada de muchos de los desaparecidos, mientras la segunda sortea cualquier fisura que pueda permitir el análisis y la crítica de lo actuado, y de las ideas y concepciones que sostuvieron esos actos” Pág. 27

(5) Graciela MusachiMujeres en movimiento. Eróticas de un siglo a otro. Fondo de cultura económica. Año 2.000. Pág. 94

 

 

 
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