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Reseña del libro

Intersección psiquiátrica – psicoanálisis
La clínica de la sospecha

por Elena Levy Yeyati

 

El Dr. Enrique Rivas, médico psiquiatra y psicoanalista español publicó Intersección psiquiatría<>psicoanálisis. La clínica de la sospecha en el año 20001. El marco que brinda la discusión actual sobre el tema de la evaluación- tema que se debate dentro y fuera de la comunidad analítica, como quedó señalado recientemente2-, nos ha dado ocasión para presentar aquí una breve reseña de su libro.
El texto del Dr. Rivas, que consiste en la recopilación de artículos y trabajos suyos realizados entre 1985 y 1999, se inscribe en el campo del psicoanálisis aplicado a la salud mental y las instituciones- escenario donde se da, desde hace tiempo, un importante desafío a la teoría y la práctica de los analistas3. Tanto por su práctica profesional como por su participación política, el autor ha tenido ocasión de analizar críticamente los distintos modelos sanitarios propuestos, identificando en ellos los cambios de paradigmas e intereses producidos a lo largo de estos años en las instituciones públicas. Al respecto Rivas tiene una posición tomada: sólo un modelo asistencial comunitario podría dar cabida a un tratamiento ético de la demanda de los pacientes en las instituciones dedicadas a la salud mental. Sólo dicho modelo podría ser compatible con la tesis de Jacques Lacan acerca de la estabilización de la psicosis por lo simbólico. Su posición ético-política no le impide advertir, sin embargo, que el modelo asistencial actualmente imperante es otro. Se trata de la aplicación del modelo gerencial en salud, efecto de los recortes impuestos por una política estatal neoliberal. Un modelo tal, sostiene Rivas, es partenaire del paradigma biomédico para la comprensión y explicación ya no sólo de las enfermedades mentales sino del comportamiento humano en su totalidad.
La clínica de la sospecha, bajada del título del libro y título a su vez de uno de los artículos allí incluidos, me parece un interesante punto de anudamiento de las ideas superestructurales recién expuestas con la práctica misma- más allá del hospital-, donde un entrecruzamiento de discursos de actualidad se constituye como encrucijada o como obstáculo. Entiendo el sintagma clínica de la sospecha de dos maneras. Por un lado, el paradigma biomédico de la psiquiatría actual suscita tanto en los practicantes del psicoanálisis como en algunos psiquiatras4 la sospecha de que se trata de una nueva impostura. Una promoción de salud equivalente al acceso a la felicidad obtenida de manera rápida, farmacológica y basada en la evidencia- “evidencia” que hasta algunos investigadores del campo mismo de la psicofarmacología comienzan a considerar débil5- es una posición menos racional de lo que muchos pueden creer. ¿Hasta dónde este “nuevo paradigma” representa el progreso intrínseco de una saber sobre la neurobiología?, ¿hasta dónde es el resultado del marketing de la industria farmacéutica?. En este contexto una promesa de felicidad semejante sólo puede sostenerse por el consentimiento brindado de manera acrítica por los profesionales, agentes de la misma.
Por el otro lado, debemos considerar la sospecha que dicha oferta despierta en los pacientes de la cuál son, sin embargo, potenciales consumidores ¿Cómo explicarlo? Enrique. Rivas afirma que la sospecha en la clínica, la sospecha del paciente, está estructuralmente determinada por la transferencia en tanto ésta se constituye como dimensión supuesta y no cierta de saber. La fenomenología negativa de la transferencia encuentra allí parte de su génesis. La falta en los profesionales de la salud para manejar la emergencia de la sospecha, entendida como transferencia negativa, engendra a su vez, y en forma casi especular, una práctica que tapona la demanda con respuestas fundadas en el dictado de algoritmos farmacológicos que inevitablemente terminan en polimedicación, psicoterapias cognitivas ultrabreves, abordajes de dudoso altruismo, etc. Se crea así un circuito infernal de sospecha generalizada con finales a veces catastróficos, tanto para pacientes como para profesionales. La reacción terapéutica negativa se torna más virulenta que nunca. En el horizonte, la industria de los juicios por mala praxis espera obtener su parte.
Pero ¿se trata sólo de falta de método o, más gravemente, de falta de autoridad? ¿Se puede sostener que cierta destreza individual del practicante para manejar la transferencia es suficiente para superar un problema a todas luces colectivo? Si, como recordaba Graciela Musachi6, “no hay clínica del sujeto sin clínica de la cultura”, es evidente que la respuesta es no. Mucho menos en un contexto laboral en el que se da una práctica, tanto para psicólogos como para psiquiatras, degradada por la tercerización, como señala Germán García en la misma oportunidad. Debemos ubicar las estrategias de una política de la comunidad analítica en el espectro autoridad-exclusión. Esta dimensión problemática, sabemos, la comparte con otras prácticas. Este es el enfoque que, a mi juicio, da marco en la actualidad al texto reseñado y puede ser aportado, a modo de complemento, para entablar una conversación con el Dr. Rivas- él en Madrid, nosotros aquí.

 

 
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