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La función del diagnóstico (2da parte)

El debate Freud / Lacan, clase del 17/05/07

por Elena Levy Yeyatin

La atenuación de los síntomas que observamos en la actualidad, si bien dificulta reconocer síntomas típicos, no lo impide. Un reconocimiento tal nos orientará en la localización de la angustia y por lo tanto en el reconocimiento de modos de deseo.

La distinción entre el diagnóstico psiquiátrico y el analítico, en lo que respecta a los tipos de síntomas, configurará dos campos: 1- en el primero hay que remitir un caso a la clase (o trastorno) a la que pertenece, para poder tomar una decisión práctica de tipo binaria (medicar o no; internar o no; declarar a alguien imputable o no; etc.) 2- para la tarea del psicoanalista, la función diagnóstica permite configurar un campo de deseo (que se dirá que es a la manera histérica, fóbica u obsesiva). En esta oportunidad hablaré de esto último, tomando como ejemplo lo que puede enseñar un detalle del diagnóstico en la fobia.

La histeria de angustia, si bien constituye un antiguo nombre de la nosología freudiana, puede ser de utilidad para designar varias cosas:

a- histeria con angustia (a diferencia de la belle indifférence)

b- se trata del caso que no alcanza el estatuto de fobia, es decir de la cristalización del miedo alrededor de un objeto del mundo, y sin embargo podemos decir de él que se trata de un fóbico, en tanto sujeto de un deseo fóbico, o que se trata de un modo fóbico de responder a la incidencia del deseo del Otro;

c- en esos casos el síntoma es la angustia (y no el síntoma está en el lugar de la angustia);

d- en la atemperación a la que me refiero, la angustia, fenomenológicamente hablando, puede adoptar la forma de una expectativa ansiosa; una inquietud pesimista y referida al futuro que puede articularse en enunciados del estilo “no tengo claridad sobre el futuro” o “siempre llego tarde” (cuando se refiere a un objetivo);

e- si se trata de una histeria de angustia o de un deseo prevenido no tardaremos en poder reconocer el lugar de la amenaza de la imagen de sí, típica del fóbico.

En el seminario La Transferencia Lacan indica que la angustia- especialmente en la fobia- es un modo límite (en el sentido del límite de sus posibilidades) de desear, ya que los dispositivos simbólicos (Ideal del yo) que posibilitan la investidura del campo del Otro no estarían bien constituidos. Así, dice Lacan refiriéndose a Juanito (y el familiarismo freudiano), el “Pacífico del amor materno” es siempre una amenaza para el yo.

El Ideal del yo en la fobia provee al sujeto de un repertorio estrecho para nombrar la diversidad del mundo en lo que atañe a su deseo: el sujeto organiza un mundo donde todo comparte el mismo rasgo (es el “caballo” de Juanito en tanto significante).

Sin detenerme en ello señalo de paso el privilegio de lo simbólico en la explicación a esta altura del Seminario (1961). Me interesa, hoy, tomar el tratamiento de la fobia que hace allí Lacan en su dimensión descriptiva, el que, como al pasar, pone en un pie de igualdad lo imaginario (la amenaza de la imagen de sí) con lo simbólico (la restricción de la nominación) y lo real (la angustia).

Lo principal es siempre la disposición a la angustia en el fóbico. En “Inhibición, síntoma y angustia” Freud afirma que “...En las fobias lo primero es siempre la disposición del yo a la angustia y el impulso a la represión”. Esta cuestión sigue siendo válida desde el punto de vista descriptivo, más que explicativo, que ahora subrayo.

Todo esto, entonces, se reconoce en la necesidad del fóbico de preservar la i(a), la imagen de sí de algún modo, incluso “mediante cualquier artificio”, indica Lacan. Es lo que enseña el temor de Juanito a ser mordido en los genitales.

Voy a poner un ejemplo: Una mujer se lamenta del paso del tiempo y de la poca suerte que tiene para encontrar un hombre. Ella, sin embargo, preserva su imagen en tanto constantemente erótica, en una eterna relación con un amante, del que nunca querrá otra cosa (por ejemplo, que deje a su esposa). Invención particular para tratar la preservación de la imagen de sí.

Podemos ver que la imagen de sí no debe entenderse como el supuesto esquema corporal de aquél que tenemos frente a nosotros (miedo a ser mordido en una parte del cuerpo). Esta rectificación permite reconocer una de las diferencias topológicas de Lacan respecto de Freud. El yo freudiano parece inmerso en la imagen del cuerpo propio; el i(a) de Lacan es la imagen del yo idealizado pero que no equivale necesariamente a la imagen del cuerpo propio o a la imagen del esquema corporal.

En la descripción clínica que utilicé se muestra más un “como funciona eso”, y no tanto una interpretación de un “eso quiere decir”. No se trata de hacerle tragar a esta mujer que su relación de amante con un hombre casado es como una versión de la otra mujer para el padre sino que nosotros podemos percibir ya que, en este caso, eso funciona como un lugar de reaseguro de una imagen idealizada de sí. Que pueda ser legítima la interpretación edípica para el caso, llegado el caso, no impide el reconocimiento, la identificación de un tipo de funcionamiento, más cercano a la cuestión del goce. Es así como puedo entender lo que se dice un pragmatismo del parlêtre. Es como una respuesta a la pregunta ¿para qué funciona eso así?

Dos señalamientos para pasar a un asunto sobre el contexto en que se da la enseñanza de Lacan de los ’70 y los debates de la psiquiatría moderna, que importan a la cuestión del diagnóstico y de los modos de clasificar:

1- A partir del seminario (inédito en español) De un otro al Otro (’68 -’69) Lacan dice que no hay que tomar a la fobia como una entidad clínica, como neurosis estructurada, sino como plataforma giratoria que puede virar hacia las dos neurosis restantes o la perversión.

2- Un año después, en El reverso del psicoanálisis la histeria habrá pasado a la categoría de discurso, abandonando la anterior concepción de la llamada estructura histérica.

A nivel del modo de entender los síntomas en psiquiatría, y notablemente desde el DSM III (1979), también se producen desplazamientos y cambios. Estos desplazamientos están motivado por el background cultural que en cierto modo comparte Lacan con los autores de los manuales (siguiendo, en parte, a Miller en “El ruiseñor de Lacan”, voy a puntualizarlos muy escuetamente)

- los efectos del historicismo que muestra cómo las entidades clínicas caducan;

- un fuerte distanciamiento de la idea de entidades psicopatológicas entendidas como estructuras;

- la crítica a las estructuras tomadas como esencias (la crítica al esencialismo es contemporánea del nacimiento del darwinismo, pero se hizo más patente después);

- el antiesencialismo del giro pragmático (que busca decir no lo que algo es sino qué acciones prescribe eso);

- el antiesencialismo que invita al nominalismo (que dice ¡ojo! a los universales lingüísticos, no hay entes platónicos como una estructura histérica), por eso nominalismo y pragmatismo pueden ir juntos bien;

- el rechazo individualista de las etiquetas.

Como puede leerse en abundantes trabajos de filosofía de las ciencias de esa época, en los ’70 Lacan y los psiquiatras americanos comparten un background cultural. Podemos oponer sinthome a trastorno, pero debemos entender que son respuestas a malestares culturales similares, como señala el mismísimo Miller.

Lacan entonces orienta su enseñanza por la clínica borromea y el estudio de los modos en que algo funciona sin desanudar R S I, o sin desanudarse.

En esta perspectiva decir histeria, fobia u obsesión (o deseo histérico, fóbico u obsesivo) adquiere un nuevo sentido. Hay una nueva manera de entender las clases que en Los nombres indistintos J. C. Milner llamó “clases paradojales”. Estas clases ya no son clases en el sentido tradicional. La forma tradicional de entender una clase es de tipo representacional e imaginaria. Se trata de caracterizarla por una propiedad necesaria y suficiente para que se diga si un caso forma parte de ella. Pero “las clases paradojales”se sostienen de la idea de una clase que no se funda por una propiedad asimilante. Se trata más bien de un conjunto inconsistente (cuyas partes no pueden actualizarse como ya allí cuando se lo nombra, no se lo conoce por deducción) y cuyos signos nos orientan hacia lo que puede advenir (como en el juicio kantiano, donde el concepto es regulativo, supuesto o propuesto, no necesario, no deducido sino heurístico). El diagnóstico que maneja el psicoanálisis, aunque herede nombres homónimos, a diferencia de la psiquiatría, ya no se refiere a propiedades caracterizantes o meramente representables, como dice Milner es más bien “Algo que dice, no lo que los neuróticos tienen de mutuamente sustituible, sino lo que cada uno de ellos tiene de insustituible; porque el lazo que está construido por el nombre común no tiene por sustancia sino lo que separa a los enlazados para siempre”...“Así el signo del deseo sería el desvanecimiento de todo Universo formal”. Es una orientación de lo que aún no está (y por eso, cuando Miller, en “El ruiseñor...” habla del funcionamiento del concepto en el juicio kantiano, dirá que finalmente, será la práctica la que tenga la última palabra. Y esto es más hegeliano, dice).

En la práctica decimos “esto parece que va en dirección de la fobia o de un deseo prevenido”, pero eso no es lo mismo que meter al sujeto en una clase sino que es como usar un signo (angustia, prevenciones, preservación de la imagen de sí) o una marca que va a ir a parar a alguna parte que no está predeterminada.

Así como decimos que obsesión, histeria, etc son “clases paradojales”, otro tanto podría decirse del universal negativo del “no hay relación sexual”. Es como crear un campo que orienta sin permitirnos cerrar o encapsular. Es una forma de conceptuar que no permite la imaginarización o la idealización simbólica. Por eso, y a partir de esta inconsistencia, la práctica analítica ya no puede -como bien explica S. Cottet- poner el acento en el “eso quiere decir”, la manía interpretativa psicoanalítica, sino en el eso funciona así.

Este es el arreglo pragmatista de la orientación lacaniana.

 

Bibliografía

- Cottet, S. “Deleuze, por y contra el psicoanálisis”. En Filosofía y psicoanálisis. Tres Haches, 2005

- Lacan, J. El Seminario La Transferencia (clase 28/06/61). Paidós, 2003

- Miller, J.A “El ruiseñor de Lacan” Conferencia inaugural del Icba. 1998

- Milner, J.C. Los nombres indistintos (cap. XI), Ed. Manantial, 1999

 

 

 

 
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