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Perversión y educación

por Alicia Dellepiane

 

La conocida y popular expresión “la letra con sangre entra” parece haber regido durante siglos los preceptos educativos de generaciones y generaciones. Y estos preceptos dieron lugar a variadas manifestaciones de conductas de los maestros. Algunas, podríamos decir desde la concepción vulgar del término, decididamente sádicas sobre sus alumnos: castigos corporales (arrodillarse en granos de maíz o de trigo, pegarles con el puntero en las manos, en la cabeza, en las nalgas, etc.) y castigos espirituales (encierros, humillaciones de múltiples formas, etc.).
Todas estas conductas fueron históricamente apoyadas y aplaudidas por padres y otros estamentos sociales que las consideraron medidas pertinentes para la “buena formación del espíritu”. Muy ligadas todas estas prácticas a los distintos credos que animaban las greyes occidentales.
Los jesuitas, que se destacaron en el poniente por su dedicación y proyección en educación, fueron liderados por la figura de Juan Bautista de La Salle, en lo que a esto respecta.
Su obra, escrita en 1703 Las reglas del decoro y de la urbanidad cristianas, es una ilustración práctica de cómo debe realizarse la formación de maestros: ¿Cuáles son las condiciones de un buen maestro cristiano? Sobre todo no destacarse en nada de los demás.
“No hay que ofrecer ocasión ninguna de ser mirado, y en particular no hay que mirar, para no ser mirado como a alguien que mira; eso es modestia cristiana.” (...) “Pues mirarse, como tocarse, es gozar de una belleza de la que sólo Dios es dueño.”
Las referencias a las distintas partes del cuerpo, que no deben ser resaltadas de ninguna forma sino pasar por la más impersonal y uniforme medida, son múltiples: ni ojos ni boca “horrorosamente abiertos”, ni nariz que estornude estrepitosamente, ni orejas con más ornamentos que la limpieza; llegamos a las mejillas que tienen permiso de ruborizarse como único goce permitido.
La palabra controlada para que no sea ni taciturno ni locuaz. Pero la lengua tropieza con el habla: el acento de la cada región ¿cómo evitar esta diferencia? Surge el signo cuyo instrumento será la señal. “Es un pedazo de madera dura y elástica, de unas diez pulgadas de largo, de 6 líneas de ancho, de 7 líneas de alto en su grosor medio y de 18 líneas en su grosor mayor, aserrado horizontalmente 2 líneas por encima de su base, en una longitud de 6 pulgadas. La parte superior, que se encuentra en mitad de la longitud, será aserrada además en sentido inverso, con una escotadura, de manera que, apretando encima con el pulgar, el instrumento se abrirá como un pico de pájaro, y producirá, al cerrarse de nuevo, un ruido sensible, y que será tanto más sonoro cuanto más fuerte y más activa haya sido la presión. (...) La primera y principal utilidad de la señal consiste en llamar de una sola vez la atención de todas las miradas de los alumnos hacia el Maestro, y en hacerles atender a lo que quiere darles a conocer...” (II, cap. II)
Es curioso pensar las consecuencias indeseadas de la persecución pulsional del genial Santo Pedagogo, tan intuitivo para reprimirlas, al advertir que “Y, lejos de decirles a los niños cuya dirección tienen que si no hacen tal y tal cosa serán reprobados, que no se les tendrá estima, que serán ridiculizados, - cosas que sólo son buenas para inspirarles un espíritu mundano- [...] tendrán muy buen cuidado de incitarles a ello por el único motivo de la presencia de Dios, de la que San Pablo se sirve con el mismo objeto...”
Tendremos que investigar si en otros credos los preceptos han tenido las indicaciones y consecuencias que aparecen con éste.
Sin embargo, la conducta no determina el destino de la pulsión, lo que permite establecer una diferencia entre impedimento –donde alguien puede escapar a la presión externa- y prohibición –donde no hay escape porque se ha internalizado la interdicción al goce.
Esto nos permite constatar que la conducta del otro no determina la estructura psíquica del sujeto. ¿Cómo alguien, con esta educación pervertida, se vuelve neurótico, psicótico o perverso? Es necesario un encuentro, una tyche, para que se produzca un goce suplementario.
La perversión puede pensarse también en su vertiente de corrupción, depravación, degeneración. Sostenido esto sobre la supuesta inocencia de los niños y jóvenes que serían sometidos a ella.
El educador como, inevitablemente, pederasta es la tesis de René Schérer, quien ejemplifica ampliamente a lo largo de la historia y de la antropología, la imposibilidad de salirse de este lugar. Tesis relativizada por Germán García, en el prólogo del libro, cuando dice que Schérer pretender sacudir “ese conjunto de doctrinas sobre el acto de transmisión del conocimiento y formación de los sujetos según lo que cada época y cada sociedad cree necesario [...] lo que Schérer muestra es que la sexualidad no puede ser una materia, no puede introducirse en un programa. La educación sexual en la escuela es una respuesta, en nombre de los intereses de la familia, a fenómenos que escapan a su control: masturbación, prostitución, pornografía, perversión”.
En la educación contemporánea observamos otro tipo de conductas de los educadores. El niño de hoy debe ser la promesa del adulto del mañana como aquel al que no le falte nada; para ello se demanda que sea feliz, ya no es un modelo recortado según los cánones de una época sino que consiga ser feliz. Se conseguiría tamaña hazaña “gracias a la observancia de un programa natural de socialización” . Esta tentativa reitera otra forma de borrar las diferencias subjetivas que están en la base de todo proceso identificatorio.
En el estadio del espejo es el reconocimiento en el Otro primordial donde el sujeto encontrará su unidad identificatoria. Así será como se identifica allí donde no es, lo que, paradójicamente, le permitirá entrar en el circuito del deseo a través del reconocimiento en el deseo del Otro.
En el seminario de La Identificación Lacan comenta que “lo cierto es que por su respuesta el Otro va a dar la dimensión del deseo al grito de la necesidad y que ese deseo con que el niño es investido siempre es al comienzo el resultado de una interpretación subjetiva, función del sólo deseo materno, de su propio fantasma. [....] Es por el sesgo del inconsciente del Otro que el sujeto hace su entrada en el mundo del deseo, tendrá ante todo que constituir su propio deseo en tanto respuesta, en tanto aceptación o rechazo de tomar el lugar que el inconsciente del Otro le asigna. [ ...] el goce que no espera la organización fálica para entrar en juego, tomará ese lado de la revelación – el descubrimiento de lo que oculta la demanda- que conservará siempre; pues si la frustración es lo que significa al sujeto la diferencia existente entre necesidad y deseo, el goce, por el camino inverso, le devela, respondiendo a lo que no estaba formulado, lo que está más allá de la demanda, es decir, el deseo. [ ...] La respuesta perversa lleva siempre en ella una negación del Otro en tanto sujeto, la identificación perversa se hace siempre en función de un objeto fuente de goce para un falo tan potente como fantasmático. [ ... ] La perversión es al nivel del goce, poco importa la parte corporal puesta en juego para obtenerla”.
Hay una estricta relación entre la perversión, el amor y el saber. En el acto sádico no es el amor, como caricia o como castigo, sino el saber sobre el goce en el otro lo que lo desencadena.
Si puede hablarse de perversión en educación es en la medida que alguien supone la posibilidad de realizar la armonía imposible de la reducción total: no habiendo nada irreductible todo puede llegar a emparejarse (hacerse par). Por lo que se renegaría lo irreductible de la identificación, adjudicándose el poder impar del falo. Si todo pudiera emparejarse todo sería reductible. Lo reductible es reductible al símbolo y lo irreductible es falta en lo real, es privación. El perverso convierte en falta simbólica lo que es falta en lo real.
Que no haya discurso que no sea del semblante es la frontera entre lo simbólico y lo real. Lo que demuestra que la verdad tiene estructura de ficción, en tanto fuera de discurso, lo que diferencia lenguaje de discurso, por esa irredutibilidad de la falta en lo real.

 

Bibliografía

1 Tomo estas referencias son tomadas del artículo de Alain Grosrichard, (1981) “El Santo Pedagogo”, revista Ornicar? El saber del psicoanálisis/2, publicación periódica del Champ Freudien, Barcelona.
2 Op. cit. p. 163.
3 Op. cit. p. 164.
4 Op. cit. p. 173.
5 Op. cit. p. 163.
6 García, Germán “Prólogo a la edición española” de La educación pervertida, de René Schérer, Laertes, 1974, Barcelona, p. 5.
7 De Lajonquière Leandro (2000) Infancia e ilusión (psico) pedagógica. Escritos de psicoanálisis y educación. Buenos Aires, Nueva Visión, p. 98.
8 Lacan, Jacques (1961-1962) Seminario de La Identificación, clase XVIII del 2 de mayo de 1962, pp. 8, 9 y 12, (versión inédita, mimeografiada).

 

 
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