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Síntoma e inhibición

por Beatriz Gez

 

En 1926, cuando Freud publica “Inhibición, síntoma y angustia”, está en juego la polémica entre Viena y Londres acerca de en qué casos conviene emprender un análisis infantil.
En la primera de las cuatro conferencias que pronunciara Anna Freud en 1926, en el Instituto de Enseñanza de la Asociación psicoanalítica Vienesa, sobre el psicoanálisis del niño, comienza: “No es posible abrir juicio sobre la técnica del análisis del niño, sin haber establecido antes en qué casos conviene emprenderlo, y en cuáles es mejor desistir de tal empresa. Como ustedes saben, la señora Melanie Klein, de Berlín, se ha ocupado detenidamente de este problema, tanto en sus trabajos como en sus últimos informes a los congresos. Sostiene que toda perturbación del desarrollo anímico o mental del niño podría ser eliminada o, al menos, mejorada por el análisis. Va aún más lejos, pues opina que también tiene grandes ventajas para el desarrollo normal y que con el tiempo llegará a convertirse en un complemento indispensable de la educación moderna. Al discutirse esta cuestión del año último, en una de las sesiones científicas de nuestra sociedad, comprobamos que, por el contrario, la mayoría de los analistas vieneses defienden otro punto de vista, opinando que el análisis del niño sólo se justifica frente a una verdadera neurosis infantil.”
Los analistas vieneses opinan “que el análisis del niño sólo se justifica frente a una verdadera neurosis infantil”, mientras que los analistas ingleses consideran al análisis infantil como preventivo de todas las neurosis. En el “Simposium sobre análisis infantil”, leído ante la Sociedad psicoanalítica Británica en mayo de 1927, M. Klein le responde punto a punto a las conferencias de Anna Freud publicadas en 1926 en Viena y antes de concluir dice: “Resulta claro por todo lo que he dicho que mi posición con respecto a la conveniencia del análisis en distintos casos es completamente diferente a la de Anna Freud. Considero que el análisis es útil no sólo en todos los casos con perturbaciones mentales evidentes y desarrollo insuficiente, sino como medio para disminuir las dificultades de niños normales”
S. Freud no está de acuerdo con esta pretensión de extender el análisis más allá del campo del síntoma.
Comienza el texto, entonces, precisando la distinción entre inhibición y síntoma para, una vez sacado de juego el problema de la inhibición, focalizar sus observaciones en localizar la formación de síntomas pertinentes al análisis.
En el primer capítulo, como dijimos, distingue los campos que corresponden a cada concepto. La inhibición presenta una relación especial con la función y no significa necesariamente algo patológico; el síntoma, por el contrario, es signo de un proceso patológico.
Concluye en la primera parte: “las inhibiciones son restricciones de las funciones del yo, bien como medida de precaución (ante un posible conflicto con el ello o el superyó), bien a consecuencia de un empobrecimiento de energía (por ej. debido a un proceso de duelo).” Y lo que diferencia, entonces, “a la inhibición del síntoma es que este último no puede ser ya descrito como un proceso que ocurra dentro o actúe sobre el yo”.
Germán García, en El curso de las pasiones y más extensamente en, La clínica y el lenguaje de las pasiones, estudia el problema de la inhibición, al que considera compatible con la cuestión del carácter. En el desarrollo de ambos cursos, señala claramente que las funciones del yo freudiano, esa superficie corporal, dependen más de la retórica que de la biología. Y que son los mecanismos de defensa quienes dan cuerpo a esa “red / tórica” que es el yo lacaniano. En esta vía un niño (o un adulto) con un carácter obsesivo, histérico o fóbico realiza una serie de restricciones y acomodaciones que organizan su percepción del mundo. Si este carácter no se vuelve parasitario para el sujeto (sujeto de ese carácter) no hay nada que hacer. Este carácter le resulta inadecuado al mismo sujeto del carácter. Hay que considerar que este problema se extiende al Análisis del carácter que emprende W. Reich y que Freud aborda en este texto cuando, por ejemplo, trata el problema de la satisfacción del síntoma en la neurosis obsesiva.
Entonces, Freud en este apartado del texto, a diferencia de Klein, realza la vertiente del síntoma localizado como única posibilidad del análisis.
En los dos primeros párrafos del capítulo tercero, valiéndose del caso Juanito, que es uno de los casos de neurosis infantil que pone bajo la lupa, distingue el síntoma de la inhibición. Cito: “el miedo incomprensible al caballo sería el síntoma, y la incapacidad de salir a la calle un fenómeno de inhibición.” Esta última es, entonces una restricción impuesta al yo para no despertar el síntoma. A partir de esta distinción deja de lado el problema de la inhibición. Y centrará la observación tanto en Juanito como en el caso del hombre de los lobos en delimitar, focalizar la formación sintomática pertinente a un psicoanálisis y que justifica, a su vez, el diagnóstico de fobia.
En todo este capítulo es bastante claro el uso intencionado de los casos de neurosis infantil para situar su posición con respecto a los planteos de Melanie Klein apoyados por Jones.
¿Qué justifica el diagnóstico de neurosis en el caso Juanito? Que el impulso hostil contra el padre queda reprimido por el proceso de transformación en su contrario. “Pues en lugar de la agresión contra el padre surge la agresión -la venganza- del padre contra la persona del sujeto.” Y a diferencia de la escuela inglesa agrega: “pero no hubiéramos diagnosticado su caso como una neurosis si la represión no hubiera modificado la tendencia del impulso agresivo, es decir si el impulso agresivo se hubiera descargado sobre el caballo.” Evidentemente, para Freud, el carácter sádico del impulso agresivo no determina una neurosis.
A Freud le resulta una “gran simplificación teórica” por parte de algunos analistas que siguen a M. Klein reducir al impulso agresivo o a la represión el antagonismo irreconciliable entre los impulsos humanos y las exigencias de la civilización. Por cierto, es un defecto que se sigue observando en algunos análisis de psicoanalistas respecto de la cultura. La culpa es siempre de la pulsión de muerte, que parece explicar en sí misma todos los horrores de la humanidad. Y sino, de la represión.
Entonces, en el texto de referencia, antes de embarcarse a establecer la causa del síntoma comenta, a mi modo de entender, con ironía: “Son éstas complicaciones indeseadas por nosotros, que no queríamos estudiar sino casos sencillos de formación de síntomas a consecuencia de la represión, y nos habíamos orientado con tal intención hacia las más tempranas neurosis de la infancia, transparentes en apariencia.” Cuando había concluido el capítulo segundo proponiendo comenzar por estos casos ya que considera a los síntomas que crea la neurosis histérica más sencillos que la formación de síntomas en la neurosis obsesiva, en la paranoia y en otras patologías.
La pregunta acerca de ¿en qué casos conviene emprender un análisis infantil? es actual en los análisis con niños. Pues un niño que le pega a los hermanitos, o le tira de las orejas al perro o le arranca los ojos a los muñecos o hace lío en el colegio desde la perspectiva freudiana no presenta un síntoma de neurosis por lo cual no se justifica un análisis, sin embargo desde la perspectiva kleiniana, cito a Klein “el análisis infantil nos hace posible, en una época en que este desarrollo está aún en marcha, influir en su dirección en forma fundamental” y dice aún más “porque puede en gran proporción sustituir la represión por la sublimación y así trocar el camino hacia la neurosis por el que conduce al desarrollo de talentos.”
Puesto que no es el impulso el objeto de análisis, sino su transformación sintomática entonces convendría retomar esta polémica para, por ejemplo, estudiar las diferencias entre un caso de neurosis infantil y casos de inhibiciones, siendo el caso paradigmático freudiano la inhibición del saber, o de perversiones o psicosis. Como en reiteradas oportunidades ha observado Germán García, la represión dejó de ser un concepto fundamental en la enseñanza de Lacan. Y cierta revisión histórica nos permite poner en valor algunos desarrollos y argumentos de la teoría freudiana. Y considerar, si no es por la vía del análisis con niños, en cualquiera de sus versiones, que se producen los desvíos de la política del psicoanálisis hacia una política de la salud mental.
En 1926, la polémica sobre en qué casos es pertinente emprender un análisis con niños, es la punta del iceberg, de las diferencias teóricas con Londres que se extienden sobre la teoría de la angustia y de la sexualidad femenina, entre otras.
Sólo señalaré, entonces, que para finalizar el análisis de la formación de síntomas, Freud abordará el miedo a la castración como causa de la represión y, determinará “que el afecto angustioso de la fobia que constituye por entero la esencia de la misma; no procede del proceso de represión ni de las cargas de libido de los impulsos reprimidos, sino de la instancia represora misma. El miedo angustioso de la zoofobia es el miedo a la castración, sin modificación alguna, esto es, un miedo real; miedo a un peligro verdaderamente inminente o juzgado real. La angustia causa aquí la represión, y no, como antes afirmábamos, la represión causa la angustia.” Por ejemplo, esta afirmación freudiana será retomada por M. Klein, en un pequeño texto de 1929 “Situaciones infantiles de angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso creador” (Principios del análisis infantil. Pág.155), pero para demostrar que el miedo a la castración, lejos de ser un miedo real, es una modificación de una situación de peligro más temprana que estará en concordancia con el sádico temprano superyó que ella ha probado en su trabajo.
En la conferencia N° XXXII (1933) sobre La angustia y la vida instintiva Freud desarrolla enfáticamente que: “La angustia neurótica se ha transformado en nuestras manos en angustia real, en angustia ante determinadas situaciones de peligro exteriores. (…) Nos preguntamos qué es realmente lo peligroso, lo temido en tal situación de peligro. No, desde luego, el daño de la persona, el cual ha de ser juzgado objetivamente, y puede muy bien carecer de toda significación psicológica, sino lo que tal daño puede producir en la vida anímica. (…) Lo esencial en el nacimiento, como en toda situación de peligro, es que provoca en la vida anímica un estado de gran excitación, que es sentido como displacer y que el sujeto no puede dominar con su descarga. Si a tal estado, en el que fracasan los esfuerzos del principio del placer, le damos el nombre de instante traumático, habremos llegado a través de la serie angustia neurótica, angustia real, situación de peligro, a la sencilla conclusión siguiente: Lo temido, el objeto de la angustia, es cada vez la aparición de un instante traumático que no puede ser tratado, según las normas del principio del placer. (…) La experiencia clínica nos dice abiertamente que así es, en efecto. Sólo las represiones secundarias muestran el mecanismo que antes describimos, en el que la angustia es despertada como señal de una situación de peligro anterior; las represiones primarias y más tempranas nacen directamente de instantes traumáticos en el choque del yo con una exigencia libidinosa de primera magnitud y producen su angustia de por sí, aunque conforme al prototipo del nacimiento”
Para concluir, entonces, pongo el énfasis en: “pero no hubiéramos diagnosticado su caso como una neurosis si la represión no hubiera modificado la tendencia del impulso agresivo, es decir si el impulso agresivo se hubiera descargado sobre el caballo.” Pues, allí se sitúa el quiebre con el programa de la Ilustración. Haya o no sublimación lo más humano que reconoce Freud es la castración. Entonces, la crítica central es reducir al psicoanálisis a una técnica civilizadora de niños. Pues como Freud pasa del optimismo Ilustrado que opone civilización a barbarie, no cree que las neurosis sean bárbaras y que haya que civilizarlas por medios analíticos sofisticados. Sino que al modo de los griegos (que eran del gusto de Freud) a la civilización opone la política. Y en lugar de degradar el síntoma se ocupa de él. Y así, como en este texto, realza la formación del síntoma localizable para su pertinencia analítica y su inercia; en la Psicopatología de la vida cotidiana generalizó el trabajo de formación de síntomas a los lapsus, actos fallidos, como lo hizo con los sueños y el Witz. Jacques Lacan anuda ambas formulaciones en una de sus fórmulas sobre el síntoma que escribe: [$ <s(A)> a]. Donde las exigencias de la civilización, el Otro de la cultura, produce una mediación entre el sujeto y el goce.
En 1935, le escribe Freud a Jones: “No considero leves nuestras diferencias teóricas pero, en la medida en que no esconden malos sentimientos, no pueden acarrear resultados molestos. (…) Ciertamente soy de la opinión de que su Sociedad ha seguido a Frau Klein equivocadamente, pero la esfera de la que ella ha extraído sus observaciones me es enteramente extraña, así que no tengo derecho a mantener una opinión al respecto. (…) y concluye “Con paciencia y dedicación superaremos sin duda nuestras diferencias teóricas actuales. Nosotros –Londres y Viena- debemos mantenernos juntos, pues el resto de sociedades europeas apenas desempeñan un papel y las tendencias centrífugas son, en este momento muy fuertes en nuestra asociación internacional. Sería una gran lástima si no sobreviviesen a mi existencia personal”.

Bibliografía
Freud, Sigmund. Inhibición, síntoma y angustia. 1926. O.C.
Klein, Melanie. Principios del análisis infantil. Contribuciones al psicoanálisis. Ed. Horme. Bs. As. 1971.
Freud, Anna. Psicoanálisis del niño. Ed. Horme, 1981. Argentina.
Germán García. Psicoanálisis una política del síntoma. “¿Existe un psicoanálisis del infans?” Alcrudo editor. Zaragoza, 1980.
Germán García. Psicoanálisis dicho de otra manera. Pre-textos, 1983, Valencia, España.
Germán García. La clínica y el lenguaje de las pasiones. Curso anual del Centro Descartes. Año 2000. Publicado en ficha.
Germán García. El curso de las pasiones. Curso de verano del Centro Descartes. Enero 2000. Publicado en ficha.
J.A.Miller. La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica. Clase V del 16/12/1998 La intención y el obstáculo. Pág 78. apartado El síntoma sintótico. Ed. Paidós)
Grosskurth, Phyllis. Melanie Klein. Su mundo y su obra. Tercera parte. 1926-1939 Londres. Capítulo dos. Gallito del lugar. Ed. Paidós. 1990

Post scriptum: Al final de la exposición Germán García observó que la distinción entre inhibición y síntoma, en el marco histórico del psicoanálisis internacional, tocaba el conflicto con el conductismo de Pavlov, la particular situación del psicoanálisis en Rusia y sus repercusiones en Europa (por ejemplo, el freudo-marxismo). Y sugirió como aproximación a este tema las referencias que se encuentran en La batalla de cien años de Elisabeth Roudinesco, tomo I y II.
Esta observación amplía el horizonte de la presente exposición –que resulta parcial- a la compleja trama histórica con la que se debatía Freud y de la que formaba parte. Y además, es relevante respecto a la entrada del psicoanálisis (alemán) en la Argentina a principios del siglo XX y su posterior institucionalización (inglesa) en la década del 40. (Ver. La entrada del psicoanálisis en la Argentina. Obstáculos y perspectivas. En los capítulos sobre Los buenos oficios de la psicología y La peste, la dispersión.)
Transcribo algunas citas de E. Roudinesco en directa relación con la exposición hecha en las Jornadas:
En el Tomo II. Capítulo II titulado Marxismo, psicoanálisis y psicología en el apartado I Pavlovismo y freudo-marxismo Pág. 53 Cito: “En 1924 Vera Schmidt, que no es médico ni psicoanalista, publica un balance de su experiencia en un folleto titulado Educación Psicoanalítica en Rusia. Naturalmente la creación del Hogar suscita desconfianza no sólo en las autoridades locales sino sobre todo en el movimiento psicoanalítico internacional, que no quiere a ningún precio mezclar el “trapo de cocina” del bolchevismo con las “toallas” del freudismo. Sabemos que en esta época surge, a propósito de la situación del psicoanálisis de niños, un conflicto que va a durar varios años y que opone las tesis de Anna Freud a las de Melanie Klein. En el interior de este debate, la experiencia del Hogar eslavo no puede más que molestar a los notables del psicoanálisis. (…) La dirección de la IPA desconfía tanto del Hogar como del movimiento psicoanalítico soviético. (…) En el Congreso de Berlín, celebrado en 1922, Freud apoya la adhesión del grupo moscovita a la IPA, pero Jones usa “razones administrativas” como pretexto para que eso se retrase. En realidad, él “juega” Kazan contra Moscú para que prevalezca un equilibrio entre los médicos y los no médicos por un lado, y los marxistas y los no marxistas por el otro.”

 

 
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