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Lenguaje y autorreferencia

por Alicia Alonso

El tema de la autorreferencia –por demás complejo– nos ubica en el campo del signo, la significación y sus deslizamientos. En tanto estas jornadas constituyen un anticipo del curso El debate Freud / Lacan –que este año estará dedicado a los temas de la transferencia–, en esta pequeña indagación que escribí voy a situar mis observaciones en el contexto de las clases dictadas por Jacques Lacan el 31 de mayo y 7 de junio de 1961.

***

No existe ninguna relación –explica Recanati– entre la concepción saussuriana del signo en tanto elemento semiótico y la concepción clásica que hace del signo “una cosa que representa a otra cosa”. Las dos teorías no tienen el mismo dominio de aplicación. El signo semiótico y el signo semántico promueven problemas diferentes. Hay en esto algo paradojal que alude a efectos de presencia y ausencia: el signo posee un carácter doble, descubre y oculta a la vez.

Cuando el signo y lo que este significa y representa son tomados en consideración simultáneamente, surge eso que Russell denominó “paradojas de la reflexividad”. De esto se sigue, a partir de la oposición generalmente admitida entre uso y mención, que el signo no puede autorrepresentarse. Para aquellos que conciben “un lenguaje transparente” –explica Recanati–, lo que el signo es en tanto hecho no cuenta, no aparece: “el signo es como el ojo, que permite ver las cosas, sin pertenecer él mismo al dominio de lo visible”.

En el sentido más global, escribe Mounin, un signo es todo objeto, forma o fenómeno que representa algo distinto de sí mismo.

De ahí que, la reflexividad, profuzca efectos paradojales en relación a la verdad y la referencia. Un ejemplo es el modo en que la paradoja del mentiroso –o de lo no verdadero de sí, como plantea Quine–, hace surgir en un uso riguroso del lenguaje el punto en el que el sistema no puede dar cuenta de sí mismo. Si el enunciado se refiriera al hecho, por ejemplo, de que es una afirmación, tendría la misma estructura paradójica que el miento.

De esta manera, la paradoja produce un sin sentido ahí donde en el tejido mismo del lenguaje, en la hiancia enunciado / enunciación, aparece un valor imposible de reabsorber. Es esto, precisamente, lo que confiere a las paradojas su interés clínico, en tanto permiten poner en evidencia un impasse en la trama del discurso. En términos de Russell –describe Laurent–, se trata de totalidades en las que se atribuye a un plano lo que es de otro. Totalidades ilegítimas en las que, paradojalmente, lo que está fuera del sistema garantiza las proposiciones enunciadas en el sistema. Dicha topología permite apreciar eso que Lacan va a describir –en las clases citadas–, como una diferenciación producida, en el interior de cierto campo tópico, por una operación particular llamada identificación”.

Es un observable que el cogito ilustra: Descartes conduce progresivamente su duda hiperbólica operando una reflexión y desplazando en esa reflexión la consideración de la cosa significada al signo. Esta conciencia que Arnauld, en el contexto de la lógica de Port Royal, descripta por Berrendoner, denomina reflexión virtual necesita prefijarse con el pienso implícito en cada uno de los pensamientos.

Ahora bien, una proposición que comienza con pienso es una construcción de actitud proposicional que instala eso que Recanati denomina un contexto opaco. Esta insinuación, sin duda, tiene algo desconcertante, sin embargo, no es absurda si calificamos de opaco a todo contexto en el que las palabras no son utilizadas de un modo transparente y no desaparecen completamente delante de lo que representan. En palabras de Germán García, el lenguaje en tanto vehiculiza en su enunciado al sujeto de la enunciación, no puede reducirse a un código donde un signo tiene una correspondencia unívoca con una cosa.

El cogito, en su formulación, introduce una hiancia entre el soy y el pienso. El primer “Soy” –explica Eric Laurent –, en tanto tomado en la cadena significante, en tanto suposición, adquiere el valor de un referente que no se reabsorbe en un saber. En la serie identificatoria el saber acumulado por esos significantes no llega a formar un conjunto consistente. Algo escapa a la descripción. Este punto de interrogación específico introduce una separación entre lo que existe y su definición. Evanescente, este sujeto, distinto de su representación y de su índice, va a ser desarrollado por Lacan.

“¿Qué puede significar, ahora, castración? Que no se dispone de la totalidad del lenguaje, que puede usarse la paradoja de conjunto de Russell como metáfora, que no existe el metalenguaje, etcétera. (...) Si el sujeto es certeza de lo imposible, el sexo será lo imposible de saber: se habita el lenguaje, pero no puede habitarse la falta que lo constituye.”

En las clases citadas, clases que pertenecen al seminario sobre la transferencia, la afirmación no hay metalenguaje pone en cuestión las expresiones denominadas puramente designativas, para hacer explícito que la significación: “no se realiza sino a partir de un asimiento en el que un sujeto se compromete en el lenguaje”. Hacer consistir la suposición de un saber, tomado en su significación, es la manera en que Jacques Lacan va a dar cuenta de la implicación subjetiva.

La teoría que liga la representatividad del acto psíquico a su reflexividad es explicitada por el filósofo alemán Karl Otto Apel en su conferencia “Intersubjetividad, lenguaje y autorreferencia”, conferencia dictada en el mes de setiembre del año 2000, en el Centro Descartes. De la misma extraigo algunas observaciones. Para Apel, es a partir de la dimensión pragmática del lenguaje donde ha de buscarse la posibilidad de todo conocimiento lingüísticamente formulado. En ese sentido, pone de relieve la relación entre lo que se dice y el hecho de decirlo para subrayar la orientación performativa del cogito. En sus palabras, el cogito es una acción realizativa que, en acto de habla, enlaza acción y saber. Es este saber performativo de la acción –explica– el que permite superar el concepto de reflexión propio de la auto objetivación. El sujeto debe ser entendido como miembro de una comunidad de discurso, su autoconciencia reflexiva –subraya– está mediada lingüísticamente, por lo tanto, no puede ser tomada en el sentido de la relación sujeto / objeto. El intermediario reflexivo no puede ser tomado a través de un intento de auto objetivación.

Esta paradoja de la reflexividad puede leerse en la metáfora de naturaleza óptica que Jacques Lacan describe bajo la forma de un florero invertido. Dicho esquema pone de relieve una pregunta que Lacan formula al desarrollarlo nuevamente en las clases citadas: “¿Cuál es el punto de reflexividad en el que el sujeto se captaría, por ejemplo, como deseante?”

La relación entre el sujeto, en lo que tiene de particular, y el universal, en tanto debe aplicarse a todos, es ese lazo que el miento pone de relieve de manera decisiva. “A diferencia de la teoría de los juegos –escribe Germán García en 1983, Barcelona–, este sujeto se resta en la estrategia cuando en la cuenta se designa dos veces.” Esta discusión, a proseguir sobre la línea enunciado-enunciación, “sitúa el pasaje de la lingüística a la lingüistería, de la lengua como institución a lalengua como instituyente.”

S i suponemos, dice Lacan, que el ojo del observador está vinculado por condiciones topológicas, espaciales (al estar incluido en el campo espacial alrededor del punto donde la producción de esta ilusión es posible) –este montaje–, “nos permite presentificar los puntos encrucijada... y concebir la renovación de esta posibilidad siempre abierta para el sujeto de un autoquebramiento, un autodesgarramiento, una automordedura, frente a lo que es al mismo tiempo él y otro.”

Lacan había anticipado parte de esta fenomenología en su tesis a través de la referencia al bovarismo, acuñado por Gaultier para designar esa “ficción de identidad del yo”. Dicho concepto tiene el mérito de poner en evidencia el poder del ideal, anticipando la intuición de un desdoblamiento del yo que Lacan desarrollará en el estadio del espejo. En su tesis, el bovarismo es una de las funciones esenciales de la personalidad, su relación con el desconocimiento narcisista le permite referirlo a la paranoia y reformular el concepto de autopunición. El concepto de ideal, en la tesis, no establece una distinción entre ideal del yo y yo ideal. Esto es lo que las clases del seminario sobre la transferencia explicitan.

En las mismas, al referirse al ideal del yo, Lacan dirá que su función es “una necesidad del pensamiento” que pone en cuestión la pura transparencia del pensamiento para sí mismo. La posición del sujeto en el campo que desarrolla el Otro mediante su presencia, como campo de reflexión, sólo es localizable en un punto I, en tanto que es distinto del lugar donde se proyecta el yo ideal.

Lacan es explícito cuando señala que el orden tópico no representa nada del orden de lo orgánico. Muy por el contrario –subraya– se trata de una operación que supone la estructura del lenguaje. A través de la identificación, cuestiona toda concepción de un sujeto unificado y, simultáneamente, describe una topología fundada en el hecho de que a partir del momento en que hay palabra y lenguaje la síntesis es imposible.

El principio de distribución –explica en estas clases–, principio que es el único que regula la función de los elementos de la lengua en sus diferentes niveles, “desde la pareja de oposición fonemática hasta las locuciones compuestas”, ilustra la forma fragmentada del sujeto.

En su curso “La clínica y el lenguaje de las pasiones” (2000), Germán García da cuenta de este observable. A través de los efectos de sugestión de la palabra –explica– la cadena de enunciación adquiere un espesor notorio y, con este, un efecto de interioridad que el sujeto describe como una voz de la conciencia. El sujeto que se escucha está dividido –el reflexivo tiene valor clínico–. En tanto acontecimiento discursivo, la reflexividad añade una determinación semántica suplementaria.

Notas

Mounin, Georges, Diccionario deLlingüística, Barcelona, Labor, 1982; página 165.

Las paradojas surgen cuando una proposición habla de sí misma; cuando un predicado se aplica a él mismo; cuando una clase se contiene a sí misma.

“¿Por qué Roman Jakobson pone entre comillas –escribe Germán García– la palabra metalenguaje? Es obvio que la cita de otros trabajos donde las relaciones entre código y mensaje permiten definir la operación metalingüística: ¿Un mensaje que remite al código se llama en lógica un modo de discurso autónimo (...). Toda interpretación explicativa de palabras y oraciones –ya sea intralingüística (circunlocuciones, sinónimos) o interlingüística (traducción)– es un mensaje que remite al código. Semejante hipóstasis –como señaló Bloomfield– está en estrecha relación con la citación, la repetición del discurso, y desempeña una función vital en la adquisición y empleo del lenguaje. (...) Adición y sustracción implican que existen equivalencias entre las lenguas, pero que la identidad entre ellas es imposible. (...) el deseo de producir algún correlato entre elementos heterogéneos (...) ... lo que llamamos deseo no es otra cosa que esa metonimia que enlaza, en la contigüidad, elementos heterogéneos. (...) La inconsistencia lógica de cualquier ‘universo’ de discurso.” García, Germán, “Psicoanálisis y traducción”, publicado en Psicoanálisis dicho de otra manera; páginas 102 y 103.

Eric Laurent lo indica a partir de una observación que extrae del escrito “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” (Jacques Lacan, Escritos): “para identificarse hace falta una topología”.

Pero al explicitar el pienso que estos contienen, Descartes no sólo transforma la reflexión en expresa sino que encuentra el problema de la duda bajo la forma de lo que esa reflexión no garantiza.

En ésta, se ubican el sujeto del inconsciente y el yo constituido en su núcleo por una serie de identificaciones.

Laurent, Eric, Las paradojas de la identificación , Buenos Aires, EOL / Paidós, 1999.

Una cita de “El oxímoron”, escrito por Germán García en Barcelona, 1980, amplia la referencia: “Pero si el cero es neutro en la adición, el uno es neutro en la multiplicación: entre el cero de un origen perdido y el uno de una multiplicación que no progresa, se llama barroco al discurso de la neutralizacion de la identidad. Esta neutralización de la identidad se realiza, por el oxímoron, como límite matemático del concepto. Si cada término se define por otro y siempre hay uno que no puede definirse... ¿por qué decir axioma y no oxímoron?”, publicado en su libro Psicoanálisis dicho de otra manera, Barcelona, Pretextos, 1983.

García, Germán, D’escolar, Buenos Aires, Atuel Anáfora; página 124 y 166.

Lacan, Jacques, El Seminario. Libro 8, Buenos Aires, Paidós, 2004; p ágina 375. “Se puede hablar de la palabra, sin duda, y ustedes ven que yo lo estoy haciendo, pero, cuando lo hago, implico todos los efectos de la palabra, de ahí que se les diga que en el plano de la palabra no hay metalenguaje. O, si ustedes quieren, que no hay metadiscurso.”

La organización estuvo a cargo del Círculo de Actualización en Filosofía de la Fundación Descartes y la Asociación Argentina de Investigaciónes Éticas.

García, Germán, Psicoanálisis dicho de otra manera; página 79. “De esta manera, excluido el sujeto de la representación la hipótesis se reduce a esa remisión significante que es fading del parletre. (...) Pasaje de la lingüística a la lingüistería, de la lengua como institución a lalengua como instituyente. El sujeto de enunciación no será el supuesto por el shifter de Jakobson, sino aquél del algoritmo del fantasma.”

P ágina 385 del seminario ya citado.

P ágina 392 del seminario ya citado. “ La función del Otro, en la medida en que esta función “debe estar implicada en las elaboraciones del narcisismo respectivamente connotadas como ideal del yo y como yo ideal. (...) En mi vieja temática del estadio del espejo, en la que veo una referencia ejemplar... nos permite presentificar los puntos encrucijada... y concebir la renovación de esta posibilidad siempre abierta para el sujeto de un autoquebramiento, un autodesgarramiento, una automordedura, frente a lo que es al mismo tiempo él y otro. Hay una cierta dimensión de conflicto, que no tiene más solución que un o bien..., o bien... Es preciso, o bien tolerar al otro como una imagen insoportable que lo enajena de sí mismo, o bien quebrarla inmediatamente, derribarla, anular esa posición de ahí enfrente con el fin de conservar lo que es en este momento centro y pulsión de su ser, evocado por la imagen del otro, ya sea especular o encarnada. El vínculo de la imagen con la agresividad es aquí completamente articulable.”

Tendlarz, Silvia, Aimée con Lacan, Buenos Aires, Lugar, 1999.

P ágina 386 del seminario ya citado. “ Una forma que por el hecho de estar organizada a imagen de otra cosas, se presenta como aquello que da su soporte y su fundamento a la idea de identificación.

Página 390 del seminario ya citado.

Página 397 del seminario ya citado.

 

 
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