● Novedades
● Programa
● Círculos
● Coloquios
● Amigos de la Fundación Descartes - Archivo
● e-texts
● Biblioteca
● Librería
● Publicaciones
● Invitados
● Trayectoria
● Consejo de Administración
● Enlaces

 
Centro
Descartes
● Agenda
● Jornadas
● Curso de Germán García
● Enseñanzas de la Clínica
● Lacan-Freud, idas y vueltas
● Lecturas Críticas
● Cursos Breves
● Conferencias y debates
● La demanda institucional. Ateneo
● Actividades anteriores
● Consejo de Gestión



 
 
 

Un análisis con Dios

por Carolina Caballero

Un análisis con Dios. La cita de Lacan y de Kierkegaard, es el nombre que Ives Depelsenaire dio a su libro publicado a fin del 2004. Se trata de una serie de textos que constituyen una lectura de kierkegaard pero orientada por la enseñanza de Lacan. Mientras trabajábamos sobre categorías como la angustia y la repetición, Germán García lo acerco al equipo. A partir de entonces nos orienta en esta tarea. Es un texto editado en francés cuya traducción es realizada por Claudia Castillo.

Otras obras kierkegaardeanas que analiza Depelsenaire, y por supuesto Lacan, son las que versan sobre el amor y las más conocidas como Temor y temblor, El concepto de ironía…, Migajas filosóficas, etc. Hacia allá iremos próximamente.

 

Kierkegaard habló y escribió, sólo que en otros términos, quizás más poéticamente, sobre las mismas cosas de las que luego lo hicieron Freud y Lacan, quien dice en el seminario XI “Freud encuentra la solución del problema que, para el más agudo de los interrogadores del alma antes de él Kierkegaard, ya se había centrado en la repetición.”, tal como se aprecia en El concepto de la angustia y La repetición. Para este trabajo me centre en los conceptos de inocencia, angustia, salto cualitativo, instante y repetición.

 

Para esclarecer la angustia kierkegaard recurre al mito, en tanto exterioriza lo que es interior; y hace un recorrido en el sentido de su origen. Origen que funda y esclarece el pecado original. A diferencia de la teología y para dar una explicación racional, Kierkegaard considera a Adán el primer individuo de la especie. Individuo entendido como culpable y como siendo sí mismo y la especie, implicándose y explicándose mutuamente.

Adán estaba tranquilo en el Edén, en estado de inocencia, es decir de ignorancia; en un no saber donde reina la paz y el reposo, pero también la ¡nada! Y ella engendra angustia. “Este es el misterio de la inocencia, que es al mismo tiempo la angustia.” El primer hombre fue tentado y peco, sobrevino la caída, el Salto cualitativo que cambio y sigue cambiando todo con cada salto cualitativo del resto de la especie.

Con el acto, quedo puesta la cualidad; con el pecado vino la pecaminosidad y con ella la sexualidad, inseparables desde entonces. En ese instante comienza la historia de la especie humana y tanto la angustia como la pecaminosidad progresan sólo según determinaciones cuantitativas dentro de la especie. Ahora bien, en el individuo dichas cualidades son puestas por su propio salto, es decir que se hace culpable por sí mismo.

 

En términos de Kierkegaard el hombre es una síntesis de alma y cuerpo unidos por un tercero, el espíritu, que hasta ese momento está como algo soñado. Es un poder ambiguo ya que por un lado, quiere la síntesis y por otro, perturba constantemente la relación del cuerpo y el alma. En la inocencia el hombre sólo se relaciona a través de su naturalidad; la inocencia es ignorancia de la diferencia sexual. La síntesis provoca un saber sobre dicha diferencia pero no implica, de entrada, una relación con esa diferencia sexual sino hasta que el impulso haga acto de presencia (concepto de pudor).

Entonces, la prohibición, de comer del árbol de la sabiduría, no despierta el deseo ya que habría un saber y no una ignorancia. La prohibición angustia porque despierta la posibilidad de la libertad, que no es elegir entre el bien y el mal sino que implica un “poder”, poder algo que es enigmático.

 

Esto lleva a diferenciar entre la angustia ante el mal y la angustia ante el bien. El BIEN es reintegración de la libertad, es abertura y comunicación. El MAL es no libertad, es clausura y no comunicación.

La angustia ante el mal es la del pecado, el hombre esta en el bien y se angustia ante el mal. El pecado en tanto ya cometido es una posibilidad abolida pero angustia porque es una realidad injustificada que se trata de negar y porque trae una consecuencia y la posibilidad de un nuevo pecado. (Por ejemplo en la bebida, el libertinaje, la ira, el odio, la venganza)

La libertad trata sin éxito de aliviar la angustia de diversos modos: incorporando el pecado como natural de la personalidad, incorporándolo a la esfera de los remordimientos, con el arrepentimiento, o, desalojándolo del todo con las reglas de la prudencia.

 

La angustia ante el bien viene como consecuencia del pecado que instaura la realidad. Se ha perdido la libertad, se está en el mal, en el ensimismamiento en una relación forzada con el bien, la apertura. Se trata de lo demoníaco, un estado cuyo contenido es lo reservado y la continuidad infinita. Entra en el individuo súbitamente con el propio salto cualitativo que establece la posibilidad y la diferencia entre el bien y el mal. Ahora la nada de la angustia es algo, es un complejo de presentimientos, una predisposición que acecha y desde la cual el individuo se remonta más allá de sí mismo

Dado que lo demoníaco pertenece a las tres esferas de la síntesis la desorganización de una de ellas repercute en las otras dos. Se observan huellas del fenómeno en todos los hombres, incluso en los que la estudian.

La salvación hacia la apertura es la palabra “romper a hablar con disgusto y a la fuerza”.

La apertura puede ser involuntaria, puede desearse pasivamente que se opere desde afuera, puede hacerse parcialmente para volver a ensimismarse cuando le plazca, puede hacerse de incógnito como el poeta, o en el momento del triunfo de la apertura convertirla en una farsa.

Aquí introduce los conceptos de verdad y de interioridad. La verdad es el contenido de la libertad, es lo que hace libre al hombre, pero sólo existe para él en cuanto él mismo la produce actuando. Cuando el individuo la evita tenemos lo demoníaco.

La interioridad es la subjetividad. Dice Kierkegaard “la interioridad es un entender. Pero de qué tipo?. Entender un discurso es una cosa, y otra muy distinta es entender aquello en que el discurso hace hincapié; entender lo que uno dice es una cosa y entenderse a sí mismo en lo dicho es otra bien distinta.”

Cuando la interioridad no responde a la conciencia de sí mismo es una forma de lo demoníaco que se expresa en angustia.

Cuando sí hay una síntesis es la seriedad, que es la originalidad adquirida por la subjetividad, donde se manifiesta lo eterno en ella que permite la repetición. Dice Constantius en La repetición “La repetición es la seriedad de la existencia.”, “La eternidad es la auténtica repetición”, es la que mantiene al espíritu en lo eterno evitando que caiga en lo finito; se siente angustia y se buscan cien escapatorias, esto es lo demoníaco.

 

En el último capítulo de El concepto de la angustia Kierkegaard nos da la solución.

Es la angustia junto con la fe el medio de la salvación. La angustia es la posibilidad de la libertad. La fe es la certeza interior que anticipa la infinitud, y cómo se alcanza; no engañando a la posibilidad, y una vez en medio de ella siendo honrado consigo mismo;

porque la posibilidad “…no es la dicha, el éxito, etc. Sino una invención fraudulenta para camuflar la perversión humana y así tener motivos para lamentarse de la vida y la Providencia; a la par que se tiene la oportunidad de darse uno mismo importancia”.

Ahora bien, para formarse en la fe y alcanzar el “Saber Supremo”, la espiritualidad; hay que angustiarse de la debida forma. No se trata de no angustiarse o hundirse en la angustia; sino de seguir “íntegro el curso que la posibilidad nos da en la asignatura de las desgracias” hasta perderlo todo absolutamente, para luego recobrarlo todo y alcanzar la infinitud.

El que no le rehuye a la angustia, ésta lo conduce, mal que le pese a donde él quiere. Lugar donde no llegará el discípulo de la finitud. Así lo dice Kierkegaard.

 

Profundicemos un poco en el concepto de INSTANTE. “La angustia es un instante en la vida del individuo.” El instante es el tercer término que produce la segunda síntesis de lo temporal –sucesión infinita- y lo eterno –presente en cuanto sucesión abolida-.

“Es un átomo de lo eternidad que se refleja en el tiempo y los pone en contacto.” Queda puesta la temporalidad – pasado, presente, futuro-. Ahora lo eterno es el espíritu y el futuro; cosas que angustian.

El hombre sin espiritualidad es sólo una máquina parlante, feliz, no siente angustia pues se rige por el destino (casualidad + necesidad). Cuando el espíritu es puesto el individuo puede educarse en la angustia, o eliminarla con la culpa, que trae el arrepentimiento y el sacrificio.

La REPETICION es la categoría mediante la cual se ingresa en la eternidad en sentido progresivo. Kierkegaard escribió un texto muy lindo sobre el tema, firmado con el pseudónimo Constantin Constantius. Consideró que era una categoría de suma importancia para la filosofía moderna.

El sentido habitual del término danés gjentagelse es repetición, pero en su pura literalidad significa retoma, recuperación.

Constantin diferencia dos modos de existencia. La REMINISCENCIA de los griegos, que es una repetición hacia atrás. Lo que se conoce, lo que hoy existe, es el recuerdo de lo que ya había sido antes; por lo tanto hay perfecta adecuación.

El otro modo es la REPETICION. Para comprobar de qué se trata y si es posible, Kierkegaard repite con exactitud situaciones que le habían sido placenteras (un viaje a Berlín, y el orden monótono de su hogar) Su experimento fracasa, esos mismos goces no se vuelven a encontrar. “Lo que se repite es la imposibilidad de la repetición”. La única repetición posible es la de los bienes espirituales, que progresa con esfuerzo hacia delante con su carácter de novedad, y conduce a la interioridad. La auténtica repetición se da en la eternidad, es trascendental.

 

Kierkegaard se consideraba un servidor, ocupado en desengañar a los hombres y orientarlos hacia su constitución como individuos al alcanzar el “Saber Supremo”. Saber Supremo que no viene de afuera sino del interior. Idea que lo diferencia de Hegel.

Saber es saber sobre uno mismo.

 

 
Billinghurst 901 (1174) Ciudad de Buenos Aires. Tel.: 4861-6152 / Fax: 48637574 / descartes@descartes.org.ar