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Aprender a narrar la clínica


Alicia Alonso

Coordinación de enseñanzas de la clínica


Acerca de la Coordinación

Por Dirección de Enseñanza de la Fundación Descartes, Asesora: Graciela Avram

Integrantes: Alicia Alonso, Liliana Goya, Mónica Sevilla, Eduardo Romero, Emilio Vaschetto

Enseñanzas de la clínica es una actividad regular cerrada que consiste en una reunión mensual en la que participan los miembros del Centro Descartes y los alumnos de segundo y tercer año del Programa estudios analíticos integrales que así lo soliciten y sean aceptados.

El ingreso como miembro del Centro Descartes no implica la entrada automática a las actividades desarrolladas en Enseñanzas de la clínica, quienes deseen hacerlo deberán solicitarlo a la Coordinación y tendrán como condición, a excepción de los alumnos, el compromiso de presentar un caso que forme parte de su práctica clínica y la asistencia (como mínimo) al 70% de las reuniones de la actividad (la secretaria del Centro Descartes llevará el listado). Los alumnos de 2º y 3º año que participen en Enseñanzas de la Clínica recibirán un certificado específico por su concurrencia. Una vez finalizado el tercer año no podrán seguir participando. Para seguir haciéndolo tendrán que solicitar su condición de miembros del Centro Descartes.

Aprender a narrar la clínica

Comenzaré señalando que una de las cuestiones que nos formulamos en relación a las distintas presentaciones que se realizan en este espacio –en tanto se trata de extraer, como ocurre a menudo, de cada presentación una enseñanza–, es que consideramos fundamental que el relato esté estructurado siguiendo una secuencia que explicite el interés psicoanalítico en torno a la presentación, demostrando los efectos del encuentro con un analista en aquel que consulta. Por ejemplo, a partir de las rectificaciones subjetivas, las variaciones del síntoma, las particularidades de la transferencia, o las consecuencias del acto analítico.

En esta orientación, observamos que las argumentaciones que se apoyan en citas de autoridad, y no en la elaboración de quien presenta, no parecen ser lo más indicado para organizar el relato en relación a una hipótesis diagnóstica que dé cuenta de la dirección de la cura.

La pretensión es aislar enseñanzas relativas al saber hacer del analista circunscribiendo de cerca lo que ocurre con los fenómenos que se producen en la experiencia analítica. Para que esto sea posible, es conveniente que los datos que se exponen estén en función de demostrar qué práctica está en juego desde una determinada perspectiva teórica.

Un relato clínico no es una historia de vida, así como tampoco la ejemplificación de lo general, sino el producto de una dialéctica entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis –organizados como estructura del discurso analítico–, y lo que forma parte de la contingencia.

Esta praxis conlleva necesariamente a la disyunción entre la excepción y el modelo, ya que el psicoanálisis de orientación lacaniana está advertido de que las nominaciones –clases y tipos clínicos– son semblantes. Un relato siempre introduce lo que del caso no se agota en la clase representable, poniendo en evidencia, por el ordenamiento que realiza, hasta qué punto son parciales los aspectos que surgen en un recorrido analítico. De hecho, la intención de esta actividad es transmitir el valor que da el psicoanálisis a la singularidad del relato, para ir de lo particular del síntoma a lo singular de cada uno.

Investigación y clínica no son actividades adquiridas de una vez y para siempre, sino motores fundamentales –en la tensión dialéctica que establecen– de la transmisión del psicoanálisis. Así planteada, esta observación nos conduce – retroactivamente–, a lo que se puede llamar la educación del analista, expresión quizás preferible a formación del analista, porque si hay un dominio donde la pedagogía general no cabe, es éste. El analista no está eximido de intentar esclarecer su relación con la clínica que practica, y seguir aprendiendo. Es una lección de humildad, la otra vía sería la infatuación.

Sobre esta base, me veo interesada en señalar que algunos de los obstáculos que encontramos en muchos relatos son los que derivan de la prisa por comprender sin dificultad alguna, y hasta podríamos decir, demasiado rápido, lo que dice el analizante, o el modo de operar que establece el psicoanálisis.

Aún estando advertidos de que es en primer lugar para el sujeto para quien su palabra es un mensaje, a fuerza de comprender demasiado, como ocurre a menudo, se imagina que comprender lleva su fin en sí –dejando de lado, en lo que se expone, que vale más renunciar a la satisfacción intrínseca a lo que llamamos comprender, tomando distancia de la identificación en juego, para preservar un recorrido que permita extraer una enseñanza de la clínica que se practica–. Es ciertamente una especie de retorno de lo reprimido, lo que surge cuando el enunciado de saber se impone donde la demostración falta, rechazando toda interrogación.

Se lo puede experimentar en distintos niveles. Por ejemplo, a través de cosas de las que se habla como si cayesen por su propio peso, planteadas bajo la forma de consignas que paradojalmente, sirven de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista, justo en el punto de consecuencia a que han llegado para él.

De hecho, en algunas ocasiones, se alega una nueva clínica que se desprendería de la última enseñanza de Lacan, y sobrepasaría la antigua. Sería la clínica borromea en oposición a la clínica estructural. Sin embargo, la oposición entre lo antiguo y lo nuevo requiere alguna dialéctica, pues la clínica llamada antigua se mantiene en la nueva.

Es imposible entender la estructura que Freud dejó planteada si se desconoce dicha dialéctica. Así como si se desconoce el hecho de que ciertos elementos desempeñan el papel de brújula a la hora de narrar una clínica que se distingue de otras. No sólo por los operadores que introduce, sino por los efectos que quiere producir al ampliar el concepto de síntoma hasta incluir en él lo incurable, o al socavar la referencia a la normalidad y relativizar los efectos terapéuticos planteando la inadecuación entre lo real y lo mental.

Tomando en cuenta estas observaciones, podemos decir que en el momento de narrar la dinámica de un análisis es necesario ubicar lo que la experiencia analítica modificó, dilucidando el efecto que cada intervención produjo, haciendo explícito un antes y un después para marcar la incidencia de lo que está en juego en la conducción de una cura.

Precisando, por ejemplo, los movimientos que van de la demanda inicial a la implicación subjetiva. Ubicando el motivo de consulta, así como la modulación de la queja, sus transformaciones e insistencias.

Estas precisiones son las que nos permiten cernir dos cuestiones muy importantes –en función de lo que se quiere demostrar de la posición del sujeto–, cómo responde el que consulta a las vicisitudes que describe –teniendo en cuenta qué tipo de dramática configura–, y cuáles son sus hipótesis acerca de lo que le sucede.

Un análisis tiene pasos necesarios para hacer emerger un saber que progresa en el reconocimiento de la posición de un sujeto, y no un lugar ideal a dónde se debería ir. Se trata de un saber del cual el sujeto no es el amo ni el propietario.

¿Cómo se modula entonces un recorrido que requiere pasar por distintas etapas de razonamiento, para que aquel que consulta pueda acceder al saber inconsciente acerca de sus condiciones de satisfacción ignoradas?

El analista interviene para ir cercando un núcleo. Pero hace falta tiempo. Porque el acceso a ese saber –para el sujeto–, tarda en revelarse. No es algo dado. Los discursos son modos de tratamiento de lo real, velan el núcleo inamovible desde el que se produce una historización.

Así planteada, esta operación tiene el mérito de indicar la dirección de una práctica. No es el analizante sino el analista con su hipótesis el que va a hacer surgir algo que perturbe la defensa.

A eso denominamos operación del analista. Una intervención que no se dirige al yo sino a otra escena –la escena de lo que efectivamente se realiza– para poder entender en cada caso cuál es el dilema en que está situado el que concurre. Operar de esta manera va a generar una dinámica que haga posible que el malestar deje de funcionar como una queja para transformarse en un saber donde el sujeto pueda reconocerse formando parte de una elección.

En las reuniones mensuales que esta Coordinación lleva hace ya varios años, elaborar la puesta a punto, en las modalidades del relato, que mejor permita extraer una enseñanza, es la finalidad que nos anima en la dirección de esclarecer, cada vez, lo que se juega en cada uno.


Bibliografía

García, Germán, Fundamentos de la clínica analítica, Otiumediciones, 2007

Lacan, Jacques, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos, Siglo XXI

Miller, Jacques–Alain, Sutilezas analíticas, Paidós, 2014


 
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