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Ich romantisiere: del amor cortés a la sublimación.


por Maximiliano Fabi


Oh princesa y señora universal del Toboso, ¿cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la columna y sustento de la andante caballería?”

Sancho.


Como muchos de ustedes ya sabrán, es en el Seminario 7 donde Lacan enuncia esa famosa fórmula general de la sublimación que la define como “elevar el objeto a la dignidad de la Cosa”. Ese seminario tuvo lugar entre los años 1959 y 1960, y la fórmula en cuestión corresponde a la clase del 20 de enero de 1960, titulada “El objeto y la cosa”. Quienes hayan estado presentes en la clase que Myriam Soae dictó el 5 de octubre del año pasado, quizás recuerden que allí ella comentaba que en el equipo temático, nosotros hemos trabajado rastreando las referencias que aparecen en ese seminario en relación a la sublimación, y así -por ejemplo- dimos con esta expresión bastante curiosa que Heidegger enuncia en una famosa conferencia de 1950: “cuando lo derramado-y-vaciado -dice Heidegger- es para la consagración, entonces no calma ninguna sed. Calma la solemnidad de la fiesta elevándola a lo alto”.1

Por supuesto, no pretendo aquí ponerme a desglosar la conferencia de Heidegger ni a interpretar fragmentos de la misma, ya que creo que eso -en relación al problema que nos convoca- ha quedado bastante claro en la dicha clase de Soae, además de en algunos escritos internos que acaso en algún momento pongamos en circulación. Lo que sí pretendo es comentarles que yo he seguido rastreando la genealogía de aquella fórmula enunciada por Lacan, y es así como he hallado que hacia fines del siglo XVIII, más específicamente, hacia los años 1797 y 1798, un poeta alemán llamado Georg Philipp Friedrich von Hardenberg (Novalis), cuya obra Heidegger -por cierto- no ignoraba2, escribió una serie de fragmentos -especie de aforismos- sobre estética, política y filosofía, entre los cuales podemos leer lo siguiente:

“En cuanto doy a lo ordinario sentido elevado, a lo conocido dignidad de desconocido, y apariencia infinita a lo finito, yo romantizo (so romantisiere ich es)”.

Quizás no esté de más aclarar que esa sentencia, en las anotaciones de Novalis, aparece bajo el siguiente título: “El mundo debe volverse romántico”. Pero por supuesto aquí “romántico” no significa lo que usualmente queremos decir con esa palabra, sino que más bien Novalis reclama para ella una interpretación un tanto más, digamos, etimológica… Al respecto, entonces, pueda acaso venirnos bien algo que Ricardo Piglia -en un seminario dictado en la Universidad de Buenos Aires en 1990 y que fuera compilado bajo el título de Las tres vanguardias- señalaba sobre la obra del filólogo alemán Ernst Curtius: En aquellas clases Piglia decía que siempre le había llamado la atención que Curtius, en uno de sus libros, explicase que “romanzar -la palabra que define la traducción del latín a las lenguas vulgares- es el origen de romance, una versión de novela en inglés, y de roman, el nombre francés del género. La palabra romance que designa al género -proseguía Piglia- deriva de la técnica de traducir (romanzar, enromancier) y alude así al origen histórico del género, es decir, a la tensión entre las lenguas vernáculas y el latín escrito”.3

Por lo tanto, no sólo resulta interesante notar que ya desde el siglo XVIII la idea de elevar algo a ciertas dignidades implicase la noción de transmutación (esto es lo notable), sino además que en este caso específico se trate nada más y nada menos que de una transmutación lingüística, literaria, es decir, de una traducción. Volver romántico al mundo, traducirlo, es elevarlo a la dignidad de lo desconocido; escanciarlo -diría Heidegger- en la nada del cuenco, es decir, en das Ding. Pero se trata, de todos modos, de una elevación paradójica: desde las cimas del latín clásico, la palabra cae en las lenguas vulgares, así como el acto de escanciar hace que el líquido llegue a una copa desde lo alto.

Y sin embargo, se eleva… Curioso, entonces, que toda esta técnica haya terminado por dar nombre -en aquellas mismas lenguas vulgares- a la novela, quiero decir, a ese género al que Piglia define como “la posibilidad que tiene un héroe de ir más allá de lo real”4, de pedir lo imposible, y fracasar…

Por eso pienso que quizás no sea tampoco ocioso volver a visitar a nuestro viejo amigo, el ingenioso hidalgo; en definitiva, a esa primera novela -traducción del mundo que debemos a Cervantes-, pues en principio, ahí parece estar ya todo: el español (esa lengua romance), la traducción (de un original de Cide Hamete Benengeli), el caballero, la dama, el amor cortés, el fracaso… Y sin embargo, también, no todo; pues como dice Auerbach en su libro Mimesis, “encontramos en Cervantes algo, un «algo» que se encarga de ordenar y ensamblar los elementos para formar con ellos un todo y para derramar sobre él una luz auténticamente «cervantina»”.5 Semejante tautología no por ello resulta menos valiosa: hay algo en Cervantes, una cosa, que constituye un todo (una forma, un cuenco, un recipiente) y que luego se derrama (se escancia, diría Heidegger) sobre ese todo como algo ajeno a sí mismo; como un no-todo, es decir, como un baño de nada.

Y yo creo que está bien entonces llamar a eso “luz cervantina”; otros podrán decirle “romantización”, o “traducción”, o también “sublimación”… Pero en definitiva no son sino modos de repetir el mundo, de imitarlo, y por lo tanto, de hacerlo otro; pues aunque digamos las mismas cosas y acaso usemos las mismas palabras, nunca se oye lo mismo estando arriba que estando abajo:

D’ailleurs vos mots à vous, descendent: ils vont vite.

Les miens montent, Madame: il leur faut plus de temps!6

Existe, pues, un esfuerzo, al cual estoy tentado llamar "de poesía"... y entonces puede que a eso se refiriese el romántico Heine en 1837, cuando en un prólogo que le había sido encargado para una -por entonces- nueva edición alemana del Quijote, escribía lo siguiente:

“El carácter del habla de Don Quijote y Sancho Panza lo resumiremos con las siguientes palabras: el primero, cuando habla, parece siempre montado en su alto caballo; el otro habla como si estuviese sobre su asno bajito”.7

No olvidemos que El Quijote, ante todo, es la historia de la conversación entre Quijote y Sancho. De abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, se eleva el objeto y se lo vuelca, sobre el lecho y subsuelo del jarro. Dulcinea es ese subir y bajar de la palabra: la dama, y también la otra…


Buenos Aires, 9 de febrero de 2018

1 Martin Heidegger, La Cosa, en: Conferencias y artículos, ed. del Serbal, Barcelona, 1994, p. 150.
2 Su tesis de habilitación [La doctrina de las categorías y del significado en Duns Escoto (1916)] concluye precisamente con la cita de uno de estos fragmentos de Novalis a los cuales me estoy refiriendo; el mismo, de manera casi notable, reza así: "En todas partes buscamos lo incondicionado, y lo único que encontramos son siempre cosas (Dinge)."
3 Ricardo Piglia, Las tres vanguardias, ed. Eterna Cadencia, Bs. As., 2016, p. 69.
4 Ibid., p. 123.
5 Erich Auerbach, Mimesis, ed. Fondo de Cultura Económica, Bs. As., 2014, p. 335.
6 Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac, troisième acte, scène VII. ¿Y no hallamos acaso otro elocuente ejemplo (invertido, como todo lo elocuente) al final de Rayuela, de Julio Cortázar?
7 Heinrich Heine, Prólogo a «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», en: Los dioses en el exilio, ed. Bruguera, Barcelona, 1983, p. 301.

 

 
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